Rodolfo D'Onofrio, acaso el presidente más exitoso de sus 125 años de historia, solía utilizar una frase que bastaba para explicar la grandeza del club. "River es River", manifestaba en cada entrevista. Se refería a la opulencia deportiva, al vigor institucional, a un ejemplo de conducción y el avance de un estadio a la altura de Europa.
Eso era River, claro. Pero cuando "la pelotita no entra", oración que se expande en tiempos de triunfos flacos, nada importa. Ni el Monumental de última generación, ni el atildado manejo del despacho presidencial, ni el resto de los deportes o actividades. Porque el fútbol, en definitiva, guía el estado de ánimo de sus hinchas. Es la realidad, le guste a quien le guste.
Qué le pasa a River
Entonces, la pregunta que cabe es qué le pasa a River. Porque hace dos años y medio que no gana un título. La última vez fue el 13 de marzo de 2024 en ocasión de la Supercopa Argentina de 2023. Venció 2 a 1 a Estudiantes en Córdoba y el técnico era Martín Demichelis. Luego, volvió Marcelo Gallardo, el hombre de la estatua, el entrenador más laureado con dos Copas Libertadores en su haber. Fracasó rotundamente dando lugar a otra cita popular, esa de que "segundas partes nunca fueron buenas". Llegó Eduardo Coudet, hubo una reacción que lo llevo a la final del Torneo Apertura y una derrota que todavía pesa con Belgrano, que le dio vuelta el partido en 3 minutos.
El receso buscó ser un reseteo. El joven presidente Stéfano Di Carlo tomó una drástica decisión: separar a 15 jugadores que puso a la venta. Entre ellos, Germán Pezzella, un ex campeón del mundo, y Maximiliano Salas, quien ejecutó la cláusula de rescisión de 11 millones de dólares para salir de Racing. Algunos se fueron a otros clubes, como el caso de Paulo Díaz, recientemente transferido al Atlanta United. Otros permanecen en el predio de Cantilo, como kelpers de banda roja. Uno de los colgados es Matías Galarza Fonda, figura de Paraguay en el Mundial.
Completan la lista Franco Armani (tomó la decisión de jugar en Atlético Nacional de Colombia), Maximiliano Meza (se fue a Independiente) Fabricio Bustos, Alex Woiski, Giuliano Galoppo, Ian Subiabre, Santiago Lencina, Kevin Castaño, Kendry Páez, Cristian Jaime, Elián Giménez y Matías Viña.
Con la imagen de algunos de los apartados viralizados a partir de una visita de Alejandro Montenegro, campeón de la Libertadores, la Intercontinental, la Interamericana y Primera División en el inolvidable 1986, hubo críticas. Y todo cae peor, lógicamente, porque la caída libre de River no se detiene. A la derrota con Belgrano, hace dos meses en el Mario Alberto Kempes, se sumó la caída y eliminación de la Copa Argentina a manos de Aldosivi y el traspié en el bautismo del Torneo Clausura con Barracas Central en el Monumental, nada menos.
El Chacho ya lleva cuatro impactos negativos; además de las mencionadas derrotas, también perdió el Superclásico con Boca, aquel del penal de Leandro Paredes. Los hinchas lo miran de reojo y los próximos partidos serán clave.
Todo esto sucede mientras desde la tesorería de Udaondo y Figueroa Alcorta se sigue invirtiendo fuerte en cada mercado de pases. En el último año, se gastaron 100 millones de dólares en refuerzos y el equipo cada vez está peor. Solo en esta ventana de invierno se dispusieron de 32.500.000 dólares para incorporaciones, la mitad en Ángel Correa, quien llegó el viernes de México y el sábado debutó en el segundo tiempo. Señal de desesperación, está claro.
Además del ex jugador de Rosario Central, San Lorenzo, Atlético de Madrid y Tigres llegaron los uruguayos Giovanni González, del Krasnodar ruso por 500 mil dólares, y Mauro Arambarri, volante por el que se invirtieron 6 millones de dólares que se repartirán Getafe y Boston River; el colombiano Rafael Santos Borré, un viejo conocido por el que se le pagaron 2.500.000 dólares al Inter de Porto Alegre; y Lucas Beltrán, otro de los repatriados a préstamo por 500 mil dólares. Y ya estaba Nicolás Otamendi, quien firmó antes de su última Copa del Mundo con la Selección Argentina. Tan huérfano de liderazgo estaba el vestuario de River, que le dieron la cinta de capitán. Una semana después de disputar la final con España, estaba jugando en el fútbol argentino.
Según cuentan en Núñez, podría haber más compras.
Sin margen para Coudet
El problema no parece ser la billetera sino el funcionamiento. Hay una responsabilidad mayor con tanto dinero para invertir. A fin de cuentas, te da mayores recursos. Sin embargo, el juego es de bajo vuelo. Todo es previsible, lento, con demasiados pases y poca explosión en ataque. Es cierto que no le dieron un penal contra Barracas Central -sí, el equipo de Claudio Tapia-, pero no es justificativo para tan flojo rendimiento. Lo más cerca que estuvo del empate fue a partir de un tiro libre de Facundo Colidio en el travesaño.
Coudet sabe que no tiene mucho margen. Se vienen Gimnasia, el martes en La Plata; Rosario Central, el domingo en el Monumental; Tigre, el siguiente fin de semana en Victoria; y el primer mano a mano de los octavos de final de la Sudamericana contra Santa Fe o Caracas. Ese parecería ser el límite para el Chacho, que no puede darse el lujo de seguir dejando puntos y broncas por el camino.