Hay momentos históricos que se viven de cerca. El reciente secuestro del presidente Nicolás Maduro y su traslado a Estados Unidos para enfrentar cargos criminales, una operación militar que ha sido llamada “captura” por unos y “secuestro” por otros, marcó un antes y un después en la historia contemporánea de Venezuela.
De pronto, la crisis política se convierte en un latido colectivo de incertidumbre. Y para quienes ya habían emigrado, en especial a Argentina, ese latido resuena como un eco interno: ¿qué significa pertenecer a un país que parece no tener ya un “aquí” estable? ¿Qué es vivir sin certezas cuando la única certeza, la patria, parece haber quedado suspendida entre tribunales en Nueva York y debates diplomáticos globales?
Hay países que no se abandonan, sino que se los lleva encima. Venezuela es uno de ellos. Quienes hoy caminan las calles de Buenos Aires, Rosario o Córdoba con acento caribeño y mate aprendido no dejaron atrás una geografía, sino una forma de mirar el mundo. Emigrar no fue un gesto de valentía romántica, sino una decisión ética tomada a la intemperie: elegir vivir cuando quedarse se volvió una forma lenta de desaparecer.
Argentina aparece entonces como puerto y espejo: puerto porque recibe; espejo porque obliga a preguntarse quién se es cuando todo lo familiar fue desmontado. El venezolano en Argentina no solo busca trabajo o papeles: busca sentido. ¿Qué queda de uno cuando la historia personal es interrumpida por la historia grande? ¿Cómo se habita un presente que no fue elegido, pero que ahora es el único posible?
La situación de Venezuela suele narrarse en cifras sobre inflación, migración y carencias, pero la vida no se cuantifica. Cada venezolano en Argentina es una biblioteca en movimiento: ingenieros que ahora sirven café, médicos que esperan con paciencia el reconocimiento de un título, artistas que ensayan su voz en un idioma que suena igual, pero no dice lo mismo. No es fracaso: es metamorfosis. Y toda metamorfosis, a veces, duele.
Hay una pregunta que late bajo la rutina: ¿qué es el hogar? ¿Un territorio, una lengua, una memoria compartida? Para muchos venezolanos, el hogar se volvió portátil. Es quizás, una práctica y no un lugar.
Argentina, con su tradición de exilios y retornos, reconoce ese gesto. También sabe de crisis, de empezar de nuevo, de discutirlo todo. En ese diálogo se cruzan dos historias que se reconocen en la herida. ¿Qué puede aprender una sociedad que recibe a quienes llegan con urgencia y dignidad? ¿Qué puede ofrecer sin pedir que el otro se diluya?
Migrar suele desnudar una verdad incómoda: la identidad no es esencia, es relación. Somos con otros. El venezolano en Argentina no es solo “el que viene”, es alguien que transforma el lugar al llegar. Introduce preguntas nuevas: sobre el trabajo, la espera, la paciencia, la esperanza. Y también devuelve una vieja pregunta argentina: ¿qué hacemos con quienes llaman a la puerta cuando la casa también cruje?
Probablemente, la respuesta no esté en grandes discursos, sino en la ética cotidiana. En reconocer al otro no como problema, sino como pregunta. En aceptar que la hospitalidad no es caridad, sino justicia en movimiento. Y en admitir que nadie emigra por gusto cuando lo que deja atrás sigue doliendo.
Al final, Venezuela no está solo allá. Está en la forma de decir “gracias”, en la risa que resiste, en la voluntad de empezar otra vez. Y Argentina no es solo destino: es conversación abierta. La pregunta queda flotando, como toda pregunta honesta: ¿qué clase de comunidad queremos ser cuando el mundo nos pone frente al dolor ajeno? Y, más inquietante aún, ¿qué parte de nosotros migra cada vez que elegimos mirar, o no, al otro?