En la mañana de Ginebra -exactamente, a las 7,45-, el sábado 14 de junio de 1986 moría Jorge Luis Borges, probablemente, el máximo exponente de las letras argentinas. Ocurrió en su departamento del casco histórico, sobre la Grand-Rue N° 28, y estaba acompañado por su amada María Kodama.
Aquel día, como ahora, se disputaba el Mundial de Fútbol en México. Es más, ese mismo 14 de junio, la selección argentina le ganaba 1 a 0 a Uruguay, para pasar a cuartos de final, donde nos enfrentaríamos a Inglaterra. Por eso, el triunfo del equipo de Bilardo tuvo mucho más repercusión que la muerte del escritor.
A cuatro décadas de su muerte, cabe recordar el vínculo de Borges con la provincia de Buenos Aires quien, pese a haber nacido en pleno centro porteño y criado en Palermo, Adrogué, entre otras localidades bonaerenses, fue parte importantísima de su vida.
Adrogué: El paraíso de la infancia y los veranos de Borges
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“En cualquier parte del mundo en que me encuentre, cuando siento el olor de los eucaliptos, estoy en Adrogué”.
Así sintetizó Jorge Luis su devoción por esa localidad del partido de Almirante Brown. Fue a fines de 1977, cuando el municipio organizó la primera Semana de la Cultura, en la que un casi octogenario Borges fue invitado para dar la charla "Adrogué en mis libros".
Empezó a rememorar los veranos de su infancia -el niño Borges aprendió a andar en bicicleta en Adrogué-, el Hotel La Delicia -él la pluralizaba, “Las Delicias”- y las caminatas nocturnas con sus padres. “Adrogué era eso: un largo laberinto tranquilo de calles arboladas, de verjas y de quintas..."
Embed - El día que Borges encarnó a Juan Dalhmann
Durante los veranos de la infancia del escritor, los Borges alquilaban la quinta La Rosalinda; viajaban en tren desde Constitución a Adrogué. Luego siguieron las estadías en el hotel La Delicia hasta que en 1944, Leonor Acevedo, la madre, compró un típico chalet de aquellos años para pasar el verano con sus hijos, Norah y Jorge Luis. Leonor recién había enviudado y esa casa sin lujos pero cerca la plaza principal -en Diagonal Brown 301- pasó una década, hasta venderla en 1953. De todos modos, el nuevo propietario -admirador de Borges- le abría las puertas del chalet cada vez que el escritor volvía a Adrogué.
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Tan importante fue Adrogué para él que varias veces invitó a ése, su rincón en el mundo a la escritora Estela Canto, el gran amor de su vida. Cuando se conocieron, el escritor tenía 45 años y ella, 28. A Estela le dedicó el “El Aleph”, quizás el más famoso de sus cuentos (escrito en el Hotel La Delicia). Precisamente allí paraban ambos cuando iban de visita.
Ya en el siglo XXI, el municipio de Almirante Brown compró la propiedad, la restauró, y en 2014 se inauguró Casa Borges, el único espacio dedicado al genial escritor y en el que también vivió.
Después de estar cerrado en la pandemia, el lugar fue nuevamente puesto en valor por el Instituto de Estudios Históricos y Patrimonio Cultural de Almirante Brown. Desde entonces tiene una de las agendas culturales más importantes del conurbano bonaerense.
Cómo es Casa Borges
A diferencia de los palacios señoriales o las enormes quintas de veraneo de la zona, la casa destaca por su profunda austeridad. No es casual que unos años antes que el Indio Solari sentenciara que “el lujo es vulgaridad” en la letra de “Un poco de amor francés”, el propio Borges esgrimió esa frase que, según cuentan, fue dirigida a un oligárquico Mario Vargas Llosa.
El chalet tiene unos 150 metros cuadrados cubiertos, jardín y un pequeño parte de 8 x 12. Es de una sola planta, con paredes de ladrillos a la vista y tejas coloniales. Originalmente, constaba de living-comedor, tres dormitorios, una cocina y un baño. Al convertirse en museo y centro de estudios borgeanos, esos ambientes originales fueron adaptados manteniendo la estructura de la vivienda.
Qué ver en Casa Borges
Este Museo ofrece un recorrido cercano y humano, pensado para conectarse con la vida cotidiana del escritor, además de su literatura. Cuenta con murales inspirados en la obra de Borges, fotos históricas de la familia, objetos personales, documentos y ediciones que permiten reconstruir su universo intelectual. También es un espacio de lectura y actividades culturales, como charlas, talleres y visitas guiadas.
Junín y los antepasados borgeanos
Su abuelo fue el Coronel Francisco Borges Lafinur, un militar clave en la consolidación de la frontera bonaerense en el siglo XIX. Fue jefe de las fronteras Norte y Oeste de la provincia de Buenos Aires y comandó la comandancia de Junín. Francisco Borges murió en la batalla de La Verde (partido de 25 de Mayo) en 1874, avanzando a caballo, vestido con un poncho blanco, hacia las líneas enemigas.
Para Jorge Luis Borges, esa muerte era el arquetipo del destino sudamericano. Por eso, Junín, los fortines y la llanura pampeana aparecen constantemente en sus poemas y cuentos. Además, en aquellos años de malones y fortines, en 1874, Leonor Suárez dio a luz a su hija, Leonor Acevedo Suárez, la madre del escritor.
El Paraíso, donde el joven Borges fue bibliotecario
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La majestuosa mansión de La Rivera, donde Borges fue bibliotecario.
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La estancia y el palacio La Rivera, de la pintora María Obligado y su esposo, el escritor Francisco Soto y Calvo, era centro de reuniones de intelectuales de Buenos Aires. Allí, en El Paraíso -partido de Ramallo-,a poco más de 200 kilómetros de la Capital Federal, Borges dio sus primeros pasos como bibliotecario.
El gran escritor viajaba en tren desde Retiro hasta la estación El Paraíso -la anterior a Ramallo- donde un carruaje lo llevaba a la estancia. La Rivera tenía una biblioteca fantástica, como casi no había en la ciudad de Buenos Aires. El joven Borges se quedaba en el Palacio -así lo llamaban- para participar de las tertulias literarias y musicales que allí se realizaban.
Hasta que el dueño de casa -Soto y Calvo- lo invitó a retirarse al encontrarlo departiendo con una señorita en un cuarto oscuro, supuestamente revelando unos rollos fotográficos. Se dice que llamó al conductor de su carruaje quien de inmediato llevó a Jorge Luis a la estación El Paraíso que, en realidad, se transformó en infierno.
Pardo, el búnker creativo de Bustos Domecq
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Los amigos Jorge Luis y Adofito, en la estancia de Pardo.
Archivo. Imagen mejorada con IA
En este pequeño pueblo de la cuenca del Salado, en el partido de Las Flores, está la Estancia El Rincón, que pertenecía a la familia de Bioy Casares.
En los años 30 y 40, para escapar del ruido de Buenos Aires y de las obligaciones sociales, Adolfo Bioy Casares visitaba con frecuencia El Rincón, procurando tranquilidad e inspiración. Su gran amigo, Jorge Luis Borges, se sumaba a esos viajes.
Fue justamente en Pardo donde Borges y Bioy descubrieron que, al escribir de a dos, nacía una voz completamente diferente a las de ellos. El resultado fue la obra de Honorio Bustos Domecq -el nombre ficticio que acordaron basándose en los apellidos de sus bisabuelos-, cuatro libros de cuentos policiales, como el hermoso “Seis problemas para don Isidro Parodi”.
En definitiva, la provincia de Buenos Aires siempre marcó a Borges. Junín fue su memoria histórica; Adrogué, el idilio familiar de la infancia; mientras que El Paraíso y Pardo fueron sus laboratorios literarios.
Fuente: Agencia DIB
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Las actividades de la Casa Borges en el mes del aniversario.