En la Argentina hay frases que duran más que los hechos. Frases que, en cuestión de horas, se desprenden de quien las pronunció y empiezan a circular solas, como pequeñas cápsulas de sentido. Esta semana ocurrió con una: “vengo a deslomarme a Nueva York”, dijo Manuel Adorni, vocero presidencial de la Argentina.
El episodio, en sí mismo, podría haber sido apenas una polémica más de la política argentina. Una discusión sobre viajes oficiales, gestos de austeridad y coherencia entre el discurso y las prácticas. Pero lo que verdaderamente detonó el debate fue la palabra elegida: deslomarse.
Un peso particular de la palabra
Porque en Argentina esa palabra tiene un peso particular. No describe simplemente trabajar.
Según la Real Academia Española, deslomarse significa “fatigarse excesivamente, por lo común en trabajos duros”. La definición es breve, pero alcanza para entender la carga que lleva.
En nuestro país, deslomarse no es una metáfora elegante. Es una experiencia social bastante concreta.
Por eso la frase generó un ruido extraño en el oído colectivo. Tal vez haya sido solo una forma coloquial de decir “trabajar mucho”. Pero las palabras, en política, rara vez son inocentes.
Distancia
Lo que apareció en el fondo de esa reacción fue algo más profundo: la distancia simbólica.
La distancia simbólica no tiene que ver solamente con el dinero o con los privilegios materiales. Tiene que ver con la percepción de mundo, con la sensación de que quienes gobiernan habitan una realidad distinta a la de quienes los escuchan.
No es un fenómeno nuevo en la Argentina. A lo largo de la historia política del país, muchas crisis de legitimidad empezaron así: con pequeñas frases, gestos o escenas que de repente revelan que hay dos experiencias de vida que ya no se tocan.
La política habla desde un escenario y la sociedad escucha desde otro.
La distancia simbólica aparece cuando las palabras dejan de coincidir con la experiencia cotidiana de la gente. Cuando el lenguaje del poder empieza a sonar ajeno. Cuando términos que nacieron en la vida común como trabajo, esfuerzo o sacrificio, pasan a circular en contextos que los vuelven irreconocibles.
En un país atravesado por crisis recurrentes, inflación persistente y una sensación generalizada de desgaste social, el trabajo adquirió un valor casi moral. Trabajar no es solamente producir: es resistir. Es sostener la dignidad cuando todo alrededor parece inestable.
Por eso el verbo deslomarse está cargado de biografía social. Cada argentino conoce a alguien que vive así o se siente que vive así, y cuando ese mismo verbo aparece pronunciado desde otro escenario se produce una fricción invisible. No necesariamente una indignación ideológica, más bien algo más sutil: una sensación de extrañeza.
Frases que quedan
Una donde el trabajo es agenda, discurso y gestión y otra donde el trabajo es cansancio real, espalda cansada y fin de mes.
Las frases políticas suelen durar poco pero algunas quedan porque revelan algo más profundo que la intención de quien las dijo.
Tal vez esta quede flotando un tiempo más en el aire argentino. Porque en el fondo vuelve a recordarnos algo incómodo: que las sociedades no se fracturan solamente por la economía o por la ideología. A veces se fracturan cuando las palabras dejan de significar lo mismo para todos.
Y ahí aparece la verdadera importancia del lenguaje. Las palabras no solo describen la realidad: también la organizan, la ordenan, le dan un sentido compartido. Cuando ese sentido común se rompe, cuando cada sector empieza a usar las mismas palabras para nombrar experiencias completamente distintas, algo en el tejido social empieza a aflojarse.
Por eso, en política, el lenguaje nunca es un detalle menor. Es el puente invisible que conecta o separa a quienes gobiernan de quienes viven, cada día, las consecuencias de esas decisiones.
Fuente: Agencia DIB