El caso de Agostina Vega volvió a sacudir a la Argentina. Su nombre se sumó a una lista demasiado larga de mujeres y niñas cuya historia terminó convirtiéndose en noticia, en debate público y en una nueva expresión de dolor colectivo. Más allá de las particularidades de la investigación judicial, hay una pregunta que reaparece cada vez que ocurre un crimen de estas características: ¿por qué seguimos llegando tarde?
La pregunta no nace después de una condena ni de un fallo judicial. Nace mucho antes. Nace cuando una mujer dice que tiene miedo. Cuando denuncia. Cuando pide ayuda. Cuando advierte que alguien la persigue, la amenaza o la hostiga. Nace en esos momentos en los que todavía existe la posibilidad de prevenir una tragedia.
Sin embargo, la mayoría de las veces la respuesta institucional llega cuando ya no hay nada que prevenir.
Conciencia social
Argentina ha construido en las últimas décadas una enorme conciencia social sobre la violencia de género. Las marchas, las campañas de concientización y el trabajo de organizaciones sociales lograron que muchas realidades que antes permanecían ocultas fueran visibilizadas. Pero existe una diferencia enorme entre reconocer un problema y resolverlo.
Porque las mujeres siguen viviendo con miedo.
Miedo al volver de noche.
Miedo al ex que no acepta una separación.
Miedo al desconocido que insiste.
Miedo a no ser escuchadas.
Miedo a denunciar y que nada ocurra.
Y lo más doloroso es que ese miedo no surge de la imaginación. Surge de una realidad concreta, repetida una y otra vez por historias que terminan de la peor manera.
La pregunta no suele ser únicamente quién cometió el crimen. La pregunta también es qué señales se ignoraron.
Qué advertencias no fueron escuchadas.
Qué oportunidades existieron para intervenir antes.
Qué mecanismos fallaron y por qué.
Cada vez que una mujer es asesinada, el país asiste a un ritual conocido. Aparecen las declaraciones de repudio, las promesas de justicia y los compromisos para que no vuelva a ocurrir. Pero mientras esas palabras se repiten, miles de mujeres siguen organizando su vida alrededor del miedo.
Comparten su ubicación en tiempo real.
Avisan cuando llegan a destino.
Modifican recorridos.
Evitan determinados lugares.
Aprenden estrategias de supervivencia que ningún ciudadano debería necesitar incorporar para vivir en libertad.
Ese cansancio también merece ser nombrado.
Porque existe un cansancio de vivir alerta.
De mirar por encima del hombro.
De sentir que la seguridad depende más de la precaución individual que de la protección colectiva.
De escuchar recomendaciones para cuidarse mientras quienes ejercen violencia encuentran una y otra vez espacios para actuar.
No debería ser normal vivir así.
No debería ser normal que tantas mujeres conozcan de memoria protocolos de emergencia.
No debería ser normal que una madre sienta miedo cada vez que su hija tarda en volver.
No debería ser normal que una adolescente tenga que pensar en su seguridad antes que en sus sueños.
Y, sin embargo, para muchas personas esa es la realidad cotidiana.
Por eso la pregunta sigue resonando con fuerza.
¿Por qué no nos creen?
¿Por qué la palabra de una mujer todavía necesita demostrar una y otra vez que el peligro es real?
¿Por qué tantas veces la reacción llega después de la tragedia y no antes?
¿Por qué seguimos discutiendo las consecuencias cuando deberíamos estar trabajando sobre las causas?
Verdad incómoda
El caso de Agostina Vega nos enfrenta nuevamente con esas preguntas. Y también con una verdad incómoda: la justicia más importante no es la que llega después del crimen. La justicia más importante es la que logra evitarlo.
Porque ninguna mujer debería convertirse en una noticia para que finalmente la escuchen.
Porque ninguna familia debería descubrir demasiado tarde que el miedo era fundado.
Y porque una sociedad que escucha a sus mujeres solamente cuando ya no están sigue teniendo una deuda enorme con la vida.
Fuente: Agencia DIB