El lunes 24 de noviembre de 2025, a los 84 años, falleció el intendente de Berazategui, Juan José Mussi, mientras cursaba su sexto mandato. Estaba internado desde el viernes anterior en el Hospital de Alta Complejidad El Cruce – Néstor Kirchner, en Florencio Varela, por un severo cuadro pulmonar que se agravó en los últimos días.
Sus restos fueron velados al día siguiente, en el Centro Municipal de Actividades “Roberto De Vicenzo”, en un homenaje abierto a la comunidad.
Juan José Mussi, fue médico y dirigente peronista de larga trayectoria, ejercía su sexto mandato al frente del municipio y era considerado uno de los referentes más influyentes del Conurbano bonaerense.
Su muerte generó amplio pesar en la dirigencia política, que destacó su compromiso y su rol central en el peronismo. Mussi fue, para muchos, un modo particular de estar en la política: cercano, táctil, casi artesanal.
Su influencia en Berazategui -y por extensión, en esa vasta geografía que llamamos “el conurbano”- no se explica únicamente por obras o programas. Se entiende en la persistencia de un gesto: el del funcionario que escucha, que se detiene, que no mira el territorio desde arriba sino desde el costado. Mussi encarnó, para bien o para mal según quién lo mire, la continuidad de un liderazgo que se construyó a fuerza de presencia.
Pero más allá del nombre propio, que cada uno podrá celebrar, criticar o repensar, su figura sirve hoy como un espejo para interpelarnos. ¿Qué esperamos realmente de nuestros referentes? ¿Tecnócratas brillantes o vecinos comprometidos? ¿Gestores silenciosos o líderes que sepan poner el cuerpo? ¿Modernidad pura o tradición comunitaria? El conurbano, con su complejidad infinita, no admite respuestas simples; solo relatos, búsquedas, dudas que se superponen.
La política como acto humano
Quizás allí radica el valor simbólico de ciertos dirigentes: en recordarnos que la política no es solo planificación urbana o administración de recursos, sino también piel, tiempo, escucha, vínculo. En un momento donde abundan las figuras mediáticas pero escasean las miradas que abracen la totalidad del territorio, su legado -con sus luces y sombras- invita a una reflexión más profunda: la de recuperar la política como acto humano.
Hoy, cuando el ruido es más fuerte que la palabra y la desconfianza más veloz que el encuentro, vale detenernos y preguntarnos qué referentes necesitamos para los próximos años. No se trata de idealizar a nadie, sino de reconocer que ninguna transformación es posible sin un sentido común que se construya cerca del otro.
El país y la idea del cambio
La Argentina vive atrapada en una conversación permanente sobre el cambio, pero pocas veces se detiene a pensar qué significa cambiar. ¿Es transformar estructuras o alterar humores? ¿Es modificar sistemas o reinventar vínculos? La política actual, con sus disputas intensas y sus relatos contrapuestos, parece enseñarnos que ninguna reforma puede prosperar si no esté sostenida por una ética común, por una idea compartida de futuro.
Quizás el desafío más profundo no sea económico ni institucional, sino existencial: decidir qué tipo de comunidad queremos ser. En un país donde la memoria pesa y el deseo tira, la política se vuelve un territorio donde chocan identidades, dolores, esperanzas y frustraciones. Y sin embargo, en ese choque también late la posibilidad de un sentido: la posibilidad de reconciliar lo que somos con lo que aspiramos a ser.