En la Argentina de hoy, donde la urgencia económica parece devorarlo todo, una pregunta empieza a circular en voz baja: ¿el feminismo entró en pausa?
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En la Argentina de hoy, donde la urgencia económica parece devorarlo todo, una pregunta empieza a circular en voz baja: ¿el feminismo entró en pausa?
Después de una década de masividad y conquistas históricas, la marea verde que nació con Ni Una Menos y que logró la sanción de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) en 2020, parece menos visible. Ya no hay multitudes permanentes frente al Congreso ni pañuelos atados a cada mochila adolescente. La agenda pública está copada por la inflación, el ajuste y la supervivencia cotidiana. Pero ¿eso implica retroceso? ¿O estamos ante un cambio de fase?
Los datos obligan a evitar cualquier lectura complaciente. Según el Registro Nacional de Femicidios de la Justicia Argentina, en 2023 se registraron alrededor de 250 víctimas directas de femicidio, un incremento del 10,6% respecto a 2022: una mujer asesinada cada 35 horas. Informes de observatorios independientes señalaron además que en los primeros meses de 2025 algunas mediciones mostraron un aumento cercano al 15% en los casos informados en comparación con el mismo período del año anterior.
Estos números desmienten la narrativa de que el fenómeno está en retirada: la violencia de género sigue siendo estructuralmente letal.
La Ley Micaela, uno de los hitos institucionales más significativos del feminismo reciente, también forma parte de este escenario complejo. Sancionada en 2019 tras el femicidio de Micaela García, estableció la capacitación obligatoria en perspectiva de género para quienes integran los tres poderes del Estado. Hasta 2023, cientos de miles de funcionarios habían sido alcanzados por estas instancias formativas. Sin embargo, la reducción presupuestaria y la eliminación del Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad reconfiguraron el marco institucional que sostenía su implementación.
Algo similar ocurre en el plano educativo con la Ley de Educación Sexual Integral. vigente desde 2006, la norma establece la obligatoriedad de brindar Educación Sexual Integral en todas las escuelas del país, públicas y privadas, abordando la sexualidad desde una perspectiva biológica, emocional, social y de derechos. Durante los años de mayor impulso de la agenda de género, la ESI se consolidó como una herramienta clave para prevenir violencias, promover vínculos respetuosos y ampliar la autonomía de niñas, niños y adolescentes.
En el contexto político actual, su implementación atraviesa tensiones: La reducción de partidas destinadas a programas de género y la reformulación de áreas estatales impactan indirectamente en la capacitación docente y en la producción de materiales. Además, desde el discurso oficial se cuestiona la llamada “ideología de género”, instalando una narrativa que pone bajo sospecha políticas que durante años fueron concebidas como instrumentos de prevención y ampliación de derechos. Sin necesidad de derogaciones formales, el efecto puede ser más silencioso: menor prioridad, menor presupuesto, menor alcance efectivo.
La llegada de Javier Milei marcó un cambio explícito en ese clima cultural. El corrimiento institucional y el cuestionamiento discursivo no suprimen las leyes vigentes, pero sí modifican el entorno en el que se aplican. Y eso también es una forma de disputa.
En este contexto, la menor visibilidad del movimiento feminista no necesariamente indica debilidad. Puede leerse como un repliegue defensivo frente a un escenario político adverso, pero también como un cambio de prioridades: de la expansión de derechos a la defensa de lo conquistado.
Existe, además, una dimensión cultural que no conviene ignorar. Parte de la sociedad, en especial algunos sectores jóvenes, expresa fatiga frente a lo que perciben como un discurso moralizante o punitivo. El auge de voces libertarias con impronta antifeminista en redes sociales no es marginal y forma parte de una reacción que acompaña los ciclos de avance social.
Sin embargo, reducir el momento actual a un simple retroceso sería simplista. El feminismo argentino dejó marcas profundas. Cambió el lenguaje público, la manera de narrar la violencia, la discusión sobre consentimiento y cuidados. Las adolescentes de hoy crecieron con debates que hace dos décadas eran impensables. Lo que antes era tabú, hoy es conversación cotidiana.
¿Es una pausa? Puede ser. ¿Es un final? Difícilmente. Los movimientos que producen transformaciones legales y culturales profundas no desaparecen: se transforman, se fragmentan, se reconfiguran.
Los ciclos de movilización no son lineales. La etapa épica de la plaza llena y el pañuelo en alto dio paso a una fase menos espectacular y más silenciosa. La etapa épica de la plaza llena, el pañuelo en alto y la votación histórica, dio paso a una etapa menos espectacular y más silenciosa, donde se juega la disputa cultural de largo plazo. Pero si algo enseñó la historia reciente es que cuando las condiciones vuelven a alinearse, lo que parecía pausa era apenas respiración.
Fuente: Agencia DIB