Cada verano Chubut se quema, y repetimos el mismo ritual: sorpresa, dolor, promesas y olvido. Los incendios vuelven a arrasar bosques, casas y proyectos de vida, y los tratamos como si fueran una fatalidad climática, un capricho del viento o una mala racha del calor. Pero no lo son. Lo que pasa en Chubut no es una tragedia natural: es una tragedia política.
Porque el fuego no empieza cuando se ve el humo. Empieza mucho antes, con presupuestos recortados, rescatistas mal pagos, equipamiento insuficiente y una planificación territorial que mira para otro lado. Empieza cuando el Estado llega tarde, mal o directamente no llega. Y termina, si es que termina, con vecinos organizándose como pueden, arriesgando la vida mientras esperan una ayuda que suele aparecer cuando ya es demasiado tarde.
La respuesta al fuego llega tarde
Además, no se trata de un episodio aislado ni excepcional. Chubut arrastra una historia reciente marcada por grandes incendios que se repiten con una regularidad alarmante. Pasó en El Hoyo en 2012, volvió a ocurrir en la zona de Cholila en 2015, se profundizó de manera dramática en la Comarca Andina en 2021 y se repite ahora, otra vez, con nuevos focos y nuevas pérdidas. Cambian los nombres de los parajes y la magnitud del daño, pero el patrón es el mismo: el fuego avanza y la respuesta llega tarde.
El discurso oficial insiste en buscar culpables inmediatos: el pirómano, el descuido humano, el “factor climático”. Todo eso puede existir, pero funciona como una coartada perfecta para no hablar de lo estructural, porque aun cuando un incendio sea intencional, la pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué avanza sin control?, ¿por qué siempre encuentra territorios desprotegidos?, ¿por qué la respuesta es tan lenta?
Se quema por abandono
Chubut no se quema solo por el fuego. Se quema por el abandono, por años de desinversión en prevención, por la precarización de quienes combaten las llamas, por la falta de políticas ambientales sostenidas que no dependan del humor del gobierno de turno. Se quema porque seguimos pensando la Patagonia como paisaje y no como territorio habitado.
Hay algo especialmente cruel en estos incendios: no destruyen solo árboles, destruyen memoria. Casas construidas durante décadas, chacras familiares, animales, historias. Y, sin embargo, después del humo viene el silencio. Las cámaras se van, la agenda rota y el fuego deja de ser noticia. Hasta el próximo verano.
Especulación inmobiliaria
También está lo que casi no se dice: el negocio que suele llegar después. La especulación inmobiliaria, el cambio de uso del suelo, las excepciones legales que aparecen como por arte de magia. Cuando el bosque se quema, algunos pierden todo; otros hacen cuentas. Y esa sospecha permanente, esa falta de confianza, es otro incendio más: el que quema el vínculo social.
Hablar de Chubut hoy no es solo hablar de incendios, es hablar de decisiones, de presupuestos que se asignan o se recortan, de políticas que se sostienen o se abandonan, de responsabilidades que se diluyen cada vez que el fuego se explica como un fenómeno inevitable. Mientras no haya prevención sostenida, control efectivo del uso del suelo y una presencia estatal que llegue antes del desastre, no habrá sorpresa que valga.
El fuego arrasa rápido, pero no actúa solo. Avanza porque encuentra desprotección, desidia y silencio, y mientras ese entramado siga intacto, Chubut va a seguir ardiendo.