Hay temas que no generan grietas televisivas ni discusiones encendidas en redes, pero moldean de manera persistente la forma en que vivimos, nos vinculamos y proyectamos futuro. Uno de esos temas, cada vez más evidente en la Argentina, es la soledad.
No la soledad elegida, la que a veces se busca como refugio o pausa, sino esa otra: la que se instala sin permiso, la que crece incluso en medio del ruido, la que convive con la hiperconectividad y la desmiente. En un país donde el encuentro fue históricamente una marca cultural, la sobremesa larga después de un asado, el mate compartido, el saludo efusivo, empieza a asomar una pregunta incómoda: ¿nos estamos quedando solos?
La lógica de la inmediatez
Las transformaciones responden a múltiples causas. Cambiaron los ritmos de trabajo, se fragmentaron las rutinas, se encareció el tiempo libre. Los vínculos, atravesados por la lógica de la inmediatez, muchas veces se vuelven más frágiles, más descartables. La tecnología, que prometía acercarnos, nos deja frente a una paradoja: estamos “en línea” la mayor parte del tiempo, pero profundamente desconectados.
En paralelo, crece una forma de individualismo que ya no se presenta como elección, sino como inercia. No es tanto el viejo ideal de autonomía, sino una lógica más silenciosa: la de arreglárselas solo, no molestar, no depender. Se vuelve casi un mandato afectivo. En ese esquema, los vínculos empiezan a medirse en términos de costo y beneficio, de tiempo disponible, de energía invertida. Lo colectivo deja de ser un punto de partida y pasa a ser, en el mejor de los casos, una excepción. Y así, casi sin darnos cuenta, se instala una contradicción: cuanto más nos protegemos del otro, más nos exponemos a esa intemperie que decimos querer evitar.
La salud mental, una preocupación central
En ese contexto, la salud mental dejó de ser un tema periférico para convertirse en una preocupación casi central. Los números empiezan a ponerle dimensión a esa sensación difusa: desde la pandemia, las consultas en salud mental aumentaron exponencialmente como también las atenciones virtuales. A su vez, distintos relevamientos coinciden en que más de la mitad de quienes consultan hoy tienen menos de 35 años, y que los motivos más frecuentes ya no son solo crisis puntuales sino cuadros persistentes de ansiedad, estrés y dificultades para vincularse. No se trata sólo en este caso, de más personas yendo al psicólogo, sino de una demanda que desborda, que busca ser escuchada y que pocas veces puede esperar.
Ese crecimiento en la demanda también deja al descubierto una desigualdad: no todos pueden acceder a la ayuda que necesitan. En la Argentina, donde la atención en salud mental convive entre el sistema público, las obras sociales y el ámbito privado, el acceso a un psicólogo sigue estando, muchas veces, condicionado por la capacidad de pago, la cobertura o la disponibilidad de turnos. Para muchos, iniciar un tratamiento implica no solo reconocer el malestar, sino también poder sostener un costo que no siempre es posible. Así, en un contexto donde el malestar psíquico se expande, el acompañamiento sigue siendo, en parte, un privilegio.
En ese mismo marco, también aparecen señales que exceden lo individual y se proyectan sobre lo colectivo. La decisión de la Argentina de retirarse de la Organización Mundial de la Salud (OMS) es un dato relevante. El país, miembro desde 1948, formalizó su salida tras plantear “profundas diferencias” con el organismo.
Más allá de los argumentos oficiales, la medida implica un corrimiento respecto de los espacios de coordinación internacional en salud: la OMS además de articular respuestas ante emergencias sanitarias, también provee asistencia técnica, redes de vigilancia epidemiológica y acceso a programas e insumos compartidos.
En un contexto donde la demanda en salud mental crece de forma sostenida y donde los problemas sanitarios trascienden fronteras, la salida no es solo administrativa, también funciona como un gesto simbólico. Un indicio de época en el que lo común pierde peso frente a lo individual, incluso en terrenos donde lo colectivo no era una opción, sino una necesidad.
La soledad, un factor de riesgo
La soledad, en ese marco, no es solo una experiencia emocional, sino también un factor de riesgo. Diversos estudios la vinculan con el deterioro del bienestar psíquico, el aumento del estrés y una sensación persistente de desamparo. Pero lo más inquietante es su carácter silencioso: no siempre se ve, no siempre se dice, y muchas veces se disfraza de rutina.
En ese clima de época, también se vuelve más visible otro fenómeno: la depresión invisible. Personas que siguen con su rutina, trabajan, estudian y socializan, mientras por dentro cargan con un malestar constante. La exigencia diaria, la incertidumbre y el estigma hacen que muchos minimicen lo que sienten y no pidan ayuda. Así, no se ve ni se nombra, pero está.
Reconstruir el tejido vincular
La Argentina, que tantas veces se pensó a sí misma desde lo colectivo, enfrenta un desafío menos visible pero igual de importante: reconstruir el tejido vincular en tiempos de dispersión. No se trata de idealizar el pasado ni de demonizar el presente, sino de preguntarnos qué tipo de sociedad queremos ser cuando nadie está mirando. Porque, al final, una comunidad no se define solo por sus instituciones o sus debates públicos, sino por algo más íntimo y más difícil de medir: la capacidad de sus integrantes de sentirse parte.
Y tal vez ahí esté la incomodidad que evitamos: que mientras seguimos hablando de todo, hay algo esencial que dejamos de decirnos. Que la soledad no siempre irrumpe: a veces se instala. Y cuando deja de doler, el problema ya no es cuántos somos, sino cuánto dejamos de encontrarnos.
Fuente: Agencia DIB