“Yo también tenía ganas de revisar mi propia historia”, admite María Victoria Granatto. “A veces estoy contando algo y me preguntan: ‘¿En serio hiciste tal cosa?’”. Lo hizo.
Victoria Granatto: "Ni la peor ni la mejor carrera, es la mía, la que fui creando, siempre intentando ser fiel a lo que me estaba pasando"
Una extensa charla con una de las referentes de Las Leonas, desde su infancia en Florencio Varela y los comienzos en el hockey, hasta su presente, dentro y fuera del campo de juego. En el medio: la familia; La Plata y Santa Bárbara; idas y venidas con la Selección; Italia, Brasil, Rusia, Bélgica, España; la UNLP, militancia y estudio.
Victoria, la más grande de cuatro hermanas, tiene 35 años. Juega al hockey sobre césped, al igual que Mariquena, María José y Delfina. Con Majo, la tercera, comparte la selección argentina, Las Leonas.
Se autopercibe platense pero Florencio Varela tira y mucho: el barrio, el jugar a la maestra con las hermanas, o al fútbol con los primos; las bolsas de nylon en los pies, los sachets de leche del comedor, los pocos días con TV por cable o las golosinas que llegaban de vez en cuando.
Después, el hockey: los comienzos en un club popular y el difícil salto a otro club totalmente diferente, ya en La Plata. Más acá en el tiempo, el darle prioridad a la militancia durante las elecciones estudiantiles de la Facultad y la espina que pudo haber quedado clavada para siempre. Un clic en 2016, cuando creía que entre ella y el hockey ya estaba todo dado, o el aniversario de la Revolución Rusa jugando en la mismísima Rusia. La medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Tokio, “mezcla de caótico y hermoso”, y otra vez el no querer saber nada con el hockey.
Un poco por ahí pasa esta revisión de su propia historia, hasta su presente, a días de una Copa del Mundo.
Ser de Florencio Varela
“Me autopercibo platense porque La Plata me dio todo: mis amigos, la posibilidad de estudiar, el hockey”, le cuenta Victoria a la Agencia DIB. “Pero hay algo que para mí es único, que es no ser de La Plata, sino de Varela. Siento que tengo otra visión del mundo, la de la gente que vive en el Conurbano. Lo digo como algo positivo, lo revalorizo”. Y desarrolla: “En La Plata tenés la Universidad cerca, o el club cerca. Y para mí vivir en Varela fue como todo lo difícil de vivir en... Sí, como todo lo difícil. Y no porque tuviese conciencia de que era difícil, era chica. Pero hay un montón de cosas que tengo hoy, que veo en mi mamá, que es de Varela, o en mi viejo, de Remedios de Escalada... Siento otra subjetividad. Sin pretender subestimar al platense, pero la vida es un poco más fácil en La Plata. Por ejemplo, tenés el 273, que de la esquina de tu casa te deja en la puerta de la Facultad. Y yo veía a mis primos, que se tomaban dos, tres bondis, el TALP… Es estar en el ‘medio’, entre Capital y La Plata, una vida de mayores esfuerzos. Y tengo esas dos cosas: muchos recuerdos de Varela, hermosos, y otros más duros en términos económicos, porque mi familia la peleó un montón”.
Victoria nació el 9 de abril de 1991 y vivió en Varela once años. “Al tener otro presente, esas cosas parecen lejanas, pasaron treinta años. Pero no: me constituyen, y también hacen que a todo lo que me pasa le dé otro valor. Si bien hoy digo que soy de La Plata, una de las cosas más lindas para mí es tener mi familia en Varela; volver, ser de Varela”.
Por eso, cuando le propusieron realizar clínicas de hockey en la Provincia, “de mil opciones”, eligió Varela: “Es una parte de mí, no sé si la mitad, pero más o menos”.
La hermana mayor
Victoria es la hija mayor de Evangelina y Marcelo, dos estudiantes de Sociología de la UBA que se conocieron en un viaje de estudio, o de militancia, o de ambas cosas.
En Varela, Vicky vivió en una casa de la calle Tinogasta. De aquel barrio, tiene imágenes y las comparte: “Las cuadras de barro para ir a la escuela, con la bolsita atada en los pies para no ensuciarnos; me lo acuerdo patente. Después, mil cosas más: mi vieja haciéndonos la leche, o nosotras yendo a retirar los sachetcitos que repartían para la gente del barrio”. Y más recuerdos: “Mis primos, mis abuelos, abuelas; mucha familia”.
La familia materna es de allá, y numerosa. “Con ellos seguimos pasando las Fiestas y las primas hacemos salidas. En nuestra infancia me veo a nosotras con mis primos, en los cumpleaños, jugando”. Y hay imágenes de las otras: “Pero también veo miseria. Nunca nos faltó nada, aunque eso es muy subjetivo. Fuimos una de esas tantas familias de laburantes golpeadas en los 90, 2001, Neoliberalismo… Años muy duros para mis viejos”.
A propósito, Victoria suma momentos: “Mis viejos trabajaban en el peaje de Hudson, en la autopista. Una vez por mes les habilitaban una tarjeta para sacar equis cantidad de golosinas de una máquina. Ese día nos traían la bolsa llena y comíamos todas las golosinas que no comíamos nunca”. O la tele: “Contrataban el cable, pero después no lo podían pagar y le daban de baja. Los días que teníamos cable, nos quedábamos 24 horas mirando dibujitos, maratónico. Y ya sin cable, volvíamos a El Zorro, Los Simpsons, lo que había”.
En la casa, las cuatro hermanas “éramos un quilombo”, admite. “En el fondo teníamos una casita de madera, nos la pasábamos ahí. Jugábamos a la maestra: yo era la maestra y les daba clases. Y también jugábamos a hacer pozos, o al fútbol”, sigue Victoria. Eso sí: “Cinco minutos antes de que llegaran mis viejos, limpiábamos y acomodábamos todo. Y las peleas, porque nos agarrábamos a trompadas mal, era: ‘Nadie dice nada, esto queda acá’”.
Después llegó un momento en que Victoria dejó de jugar. “Pasé a ser la hermana que las cuidaba y las defendía”. La hermana mayor: “Siempre tuve esa suerte de mandato familiar. Por ejemplo, a Maru un compañero la peleaba o le hacía algo y en mi casa era: ‘Andá a decirle tal cosa’, y yo iba y lo apuraba. Y creo que también a partir de eso se fue forjando una personalidad fuerte, de tener que defender, como defendí siempre a mis hermanas”.
Los primeros años de primaria los hizo en el Instituto Nuestra Señora del Sagrado Corazón, en el centro de Varela. “Mi abuela vivía a dos cuadras, a esa misma escuela había ido mi mamá”, explica. Victoria estudió allí hasta quinto grado: “Llegó un momento en que no se pudo pagar la cuota y decidieron cambiarnos al CEM 2000 [Comunidad Educativa Modelo 2000], que era una escuela ‘más moderna’. Ahí hice dos años”.
Además de jugar con las hermanas e ir al colegio, iba a gimnasia acrobática en el Club Varela Junior. “Me encantaba hacer actividad física, era insoportable, tenía mucha potencia”. Fue su primera pasión: “Era espectacular saltar en las plataformas, en las colchonetas, dar vueltas, y yo, cero miedo. Pero la actividad se mudó, se fueron lejos, dejé. Si no hubiese existido esa mudanza…”, reflexiona hoy. ¿Quién sabe?
También jugó handball en el Sagrado Corazón, le “encantaba”. Y anticipa: “Más adelante, en un momento era: ‘Quiero hacer las dos cosas, handball y hockey’. Pero la vida me fue llevando siempre a jugar hockey, se encargó de que fuera hockey”.
Porque tampoco fue fútbol. Si bien lo practicaba, nunca terminó de cerrarle. “Creo que quería hacer deporte y no conocía otra cosa. Y supongo que también tiene que ver con algo más de mi casa: en mi casa, fútbol. Hoy no me gusta: de hecho a veces jugamos con la Selección y ni me prendo”.
Además, ahí los padres no acompañaban. “Hay una revisión de ese hecho, de esa negación. Mi mamá se arrepiente de lo que nos dijo, de que el fútbol no era para mujeres. Era otra época”.
El hockey
Año 2000, el fútbol no era para mujeres. Y fue así que surgió un deporte desconocido para la familia, el hockey. Lo sugirió una compañera de sus padres en el peaje. Esta compañera jugaba en el Círculo Universitario de Quilmes (CUQ), en Ranelagh. “Así llegamos al CUQ”. El “llegamos” es ella, Mariquena y María José; Delfina todavía era muy chica.
“El CUQ era un club popular, me sentí cómoda enseguida”, describe Victoria. “Mis compañeras eran todas hijas de laburantes y por eso mis viejos también se sintieron a gusto”. Y reflexiona: “Pienso: qué afortunados de haber caído en el CUQ. Mis viejos iban a ver los entrenamientos, los partidos en el bondi con los otros padres, llevaban sanguchitos, galletitas… E hicieron comunidad, muy familiar. Fue un ambiente muy ameno para insertarnos en el deporte”.
Victoria tiene claro qué representó el CUQ para ella y su familia. Pero los recuerdos de momentos puntuales no son tantos. “Yendo a entrenar, o tomando la leche en el auto, que no queríamos tomarla porque mi papá le ponía poco chocolate, era horrible. O de comprarme los botines en la feria: en esa época se usaban los Total 90”.
En ese repaso aparece su primer partido. “Empecé a entrenar una semana y ese sábado ya tuve que ir a jugar, porque éramos pocas. Era mi segundo día agarrando un palo, no sabía cuál era mi arco. Me acuerdo que iba corriendo con la bocha y me decían: ‘Para el otro lado, para el otro lado’. No entendía nada, tenía 9, 10 años”.
Y otra anécdota, “muy bizarra”, la califica. “Creo que no se la conté a nadie: jugábamos contra River, en Ciudad Universitaria, y a una amiga y a mí, fanáticas de Boca, se nos ocurrió hacer algo. Y cuando hice un gol, me saqué la camiseta de CUQ y tenía la de Boca abajo, ingenuidad total”.
Por aquellos años, surgían Las Leonas. La historia es más larga, pero la medalla de plata en Sídney 2000 quedó registrado como el momento fundacional. “Recién habíamos empezado a jugar y recuerdo a mis viejos despertándonos, tipo 4 o 6 de la mañana, para ver los partidos”. Y reflexión de la Victoria de hoy: “Siempre encuentro mucho estímulo de parte de mis padres, porque si hubiese sido por mí, no sé si hubiese sido tan disciplinada, o fanática. En cada momento de mi historia encuentro ese acompañamiento. Yo ni de casualidad me hubiese levantado a las 5, 6 de la mañana para un partido. Pero ellos nos despertaban”.
La Plata, la opción
A fines de 2002, Círculo Universitario de Quilmes discontinuó la práctica del hockey. Sin embargo, Victoria tiene el recuerdo de que ella y sus hermanas se fueron antes de CUQ.
Pone en contexto: “Nos había agarrado el 2001 y se me vienen un montón de recuerdos, fuimos una de las típicas familias golpeadas por esa crisis. Si bien mis viejos tenían laburo, la plata no alcanzaba. Y con cuatro pibas… la sufrimos”.
Según Victoria, coletazo de la crisis, “había una decisión de mudarse”. “Mis viejos quisieron empezar de cero, en otro lugar. Las cosas no estaban fáciles en el barrio y ellos pensaban mucho en nosotras, sus nenas, y esa situación les pesaba un montón”.
La Plata fue la opción. Los padres habían militado allí, “tenían lindos recuerdos de la ciudad”. “La Plata tiene todo: la Universidad, podíamos hacer deporte… Apostaron”.
En CUQ los Granatto habían conocido a Nacho López, ligado al hockey platense. Y con la mudanza en el horizonte, fue la fuente de consulta para saber dónde jugar en la nueva ciudad. La recomendación fue Santa Bárbara Hockey Club. Así, después de “dos años y monedas”, Victoria, Mariquena y María José dejaron CUQ, se fueron a Santa Bárbara, de Manuel B. Gonnet.
Santa Bárbara Hockey Club
En agosto o septiembre de ese 2002 llegaron a Santa Bárbara -Victoria tenía 11 años-, cuando todavía vivían en Florencio Varela. Y no fue fácil: “Lo que conté del CUQ, Santa Bárbara era todo lo contrario”, anticipa.
Sin tiempo de aclimatarse, viajó a Tandil con las jugadoras de Octava. “Del A en CUQ, pasé a estar en una Promoción, una categoría que no existía: estaban el A, el B, el C, el D, y después metieron Promoción”. Y recuerda: “Fue mi primer viaje sola. A las de Promoción nos dieron la peor habitación, y encima yo era nueva: había cuchetas de cuatro camas y mi cama estaba a quince centímetros del techo. Me sentía postergada”. Eso sí, en ese viaje Victoria conoció a sus amigas de hoy, “a las de toda la vida”. “Las conocí peleándome”, admite.
Los Granatto viajaban desde Varela. Y a propósito, “hay una historia muy desquiciada”, cuenta de aquellos meses: “Entrenábamos en horarios distintos, hasta las 8 y media, 9 de la noche. El auto, como siempre con poco gas, y mi mamá dice: ‘Creo podemos ir y volver’. No sé si se largó a llover o qué, pero también tengo presente ese condimento de la lluvia. Cuando estábamos volviendo, en la mitad del Camino Centenario, a la altura de la Escuela Vucetich, el auto se paró. Se quedó sin gas, o sin nafta, o se rompió. En ese momento yo tenía 11 años y mis hermanas, 5, 7 y 9, unos gnomos. Mi mamá paró un TALP [colectivo de media distancia], ni para el boleto tenía. El chabón nos subió, nos bajamos en el Cruce Varela y caminamos hasta casa. Pero mi mamá no quiso que faltemos al entrenamiento; Majo estaba en Décima y Mariquela y yo, en Promoción. Por eso siempre digo, si no hubiese sido por mis viejos, la historia hubiese sido otra, sin duda”.
Un llegar difícil
Victoria estuvo unos pocos meses en la Promoción de Octava. Al año siguiente saltó al A, en Séptima. Cumplía 12 años.
“Me sumé a un equipo que venía armado. Y lo que estuvo bueno es que había dos grupos: por un lado estaban como las ‘divinas’ y por otro, las ‘populares’, literal. Y las ‘populares’ me adoptaron, me hice muy amiga de ese grupo con el que después llegamos juntas a Primera”.
Eso ayudó porque, cuenta Victoria, “fue difícil llegar a Santa, a esa A. Tenía compañeras millonarias, que se vestían divino, y yo no tenía un mango, ni sentido de la moda. Y como era la más grande de las hermanas, mis padres estaban aprendiendo conmigo”.
Y algunos recuerdos: “Por ahí tenía un cumpleaños, mis compañeras se vestían con Levis, Rapsodia, todo de marca, y yo no tenía ropa. Y mi papá: ‘¿Cómo que no tenés zapatos? Tenés los botines’. E iba con los botines. Después, cuando me fui haciendo amiga, las chicas me prestaban: las All Star, las Converse… Pero sí, Santa fue un cambio abrupto”.
Porque además, entraba en la adolescencia: “De ser una nena que se ponía los zapatos del colegio para ir a los cumpleaños, pasé a ser una adolescente y las chicas se ponen todo, te importa cómo te vestís”. Pero vuelve: “Si mis viejos me lo podían comprar, me lo compraban. Si no, no. Tengo grabado, a los 14 más o menos, hubo una matiné y mi mamá me dijo: ‘Vamos a Aldea Blanca’, que estaba de moda. Me compré una camisita, un jean y una chaquetita, y yo chocha, nunca me había comprado ropa de moda”.
Así como los padres se sintieron cómodos en CUQ, también se adaptaron a Santa. “Creo que esto de que a mí no me importaba cómo me vestía, no estar a la moda, tiene que ver con cómo lo llevaban ellos. Siempre los vi pararse frente al mundo con lo que había, siendo ellos. Y además, así como entre las chicas estaban esos dos grupos de ‘divinas’ y ‘populares’, pasaba lo mismo con los padres, y mis viejos hicieron grupo ahí”.
Derrotero platense
Victoria ubica en junio su salida de CUQ, en agosto o septiembre la llegada a Santa y hacia fines de ese 2002 la mudanza a La Plata. Primero se instalaron en City Bell, en la zona del Parque Ecológico; después en la calle 495, de Gonnet, y vuelta a City Bell, cerca del Country de Estudiantes.
“Cuando llegamos, no había vacante en ninguna escuela. Mi vieja hacía fila en la puerta de la Escuela 12, porque queríamos ir a escuela pública, y no, nunca pude entrar”. Por eso fueron a La Anunciación de Ringuelet, donde Victoria hizo octavo y noveno año. Después, el Polimodal lo cursó en el Colegio Padre José Dardi, de City Bell, “una escuela parroquial, chiquita, familiar”.
De selección
En 2003, en Séptima del A, Victoria tuvo su primer año completo en Santa Bárbara. Y al año siguiente, las primeras concentraciones con los seleccionados de Buenos Aires. “No entendía mucho qué significaba ser parte de un seleccionado”, admite. Con 13 años, era de las más chicas en las convocatorias Sub 15. “En la primera concentración regional, en Quilmes, primer entrenamiento, estaba haciendo pases con una chica y se la pasé mal: ‘Ay, perdón’, le digo. Y me responde: ‘No me pidas perdón. Acá competimos, no somos amigas’. Y fue como: ‘Ah, claro, acá competimos’. Ahí entendí”.
En esos pasos iniciales, “nunca fui consciente de que era buena”, cuenta. “Sí era muy competitiva. Lo que me gustaba, y me sigue gustando, no es ser buena, ser mejor que. Me gusta ganar: en los partidos, en los entrenamientos, en lo que sea”. Y recuerda: “En Séptima, en los clásicos contra La U, no quería eludir a diez y hacer un gol; quería ganar, que mi equipo gane”. O en los seven internos: “No quería ser la mejor ni hacer todos los goles, quería ganar el torneo”.
Y un salto al presente: “Tengo 35 años y hace poco, entrenando con Las Leonas, volví a casa recaliente. Le decía a Majo: ‘Estoy harta de perder’. Jugando entre nosotras, en los entrenamientos, me tocan equipos en los que pierdo. Hay otros problemas en la vida, pero... Siento que lo que siempre me mantuvo vinculada con el hockey fue la competencia”.
De regreso al Sub 15, Victoria jugó también en los Sub 16 y Sub 18 de Buenos Aires. “Siempre quedaba en las listas, era titular. Pero en ese Sub 18 me tocó compartir con una camada buena: todas 1990, solo tres éramos ‘91, y quedé afuera. Fue mi primer baldazo de agua fría”.
Momentos incómodos
Victoria en 2008 ya formaba parte del plantel superior de Santa Bárbara, aunque su debut en Primera, según ella, fue en 2009, con el equipo en la A. “Ascendimos en mi primer año de Quinta. Tengo mi remera del ascenso, estuve en el ‘trencito de la alegría’, pero no fui parte; si jugué, habré jugado un par de minutos algún partido”.
Por eso marca 2009 como el año de su llegada al equipo mayor. “Fui titular todo ese año, que descendimos. Lo tengo grabado en mi cabeza, estar perdiendo 3-1 contra Mitre, sabiendo que nos íbamos a la B. Traumático”.
De esa temporada, los recuerdos son más desde lo colectivo. “Estaban las Maiztegui, Mecha Salesi, Chula Dufourc, Tati Marcovecchio. También estaba mi entrenadora de Quinta y formadora, Camila Mainetti. Yo tenía la mitad de edad que algunas de ellas, era la única que venía de Quinta. Cuando subías, era normal que te hicieran el ‘bautismo’, que te cortaran el flequillo. Pero no me hicieron nada, me sentí muy cuidada”.
Aunque todo lo bueno se opacó por el rápido descenso. “Teníamos que ganar, estábamos perdiendo, nos íbamos a la B, me largué a llorar. Ese descenso lo sufrí un montón: no sé si me sentía responsable, creo que sí, era titular; era chica pero dimensionaba lo que estaba pasando”.
El de 2009 fue el último descenso de Santa Bárbara. Con la pérdida de categoría, el plantel empezó a atravesar una renovación. Las más experimentadas se fueron yendo, quedaron las más jóvenes y subió una nueva camada, aunque mayores que Victoria. “Quedó un grupo heterogéneo en el que era de las más chicas y no importaba si ya había debutado en Primera”.
Cambió mucho la mano: “Esos años, 2010 y 2011, fueron duros. Era más un equipo de amigas, no se buscaba el rendimiento: era pasarla bien, fumarse un pucho antes del partido... Venía de compartir equipo con una camada de jugadoras muy profesionales y cuando se fueron quedó un vacío de liderazgo y yo chocaba con todo el mundo. Pendeja, tenía un juego mucho más individual, me creía la mejor -por ahí lo era, por ahí no-, y del otro lado encontraba eso, no lo sentía mi equipo”.
Leoncita, leona
Aquellos años de Santa Bárbara “fueron de transición. Pero también, en 2010, tuve mi llamado a la Selección, empecé a entrenar con Las Leonas”, introduce Victoria.
En realidad, fue convocada para formar parte del plantel de Las Leoncitas que al año siguiente jugaban el Panamericano. En 2009 había sido el Mundial Junior, pero en aquel equipo estaban varias de las jugadoras 89, 90 y 91 que dejaron a Victoria fuera del Sub 18 de Buenos Aires. “Esa camada era muy buena: Delfina Merino, Carla Dupuy, Jose Sruoga, Pili Campoy… Y para el siguiente Mundial ya me pasaba de edad, por eso solo podía jugar el Panamericano de 2011”.
Victoria se entrenaba con Las Leoncitas pero un día en el Cenard estaba Carlos Chapa Retegui, DT de la selección mayor, y… “¿Viste cuando tenés suerte, que te salen todas? Estábamos haciendo uno contra uno en mitad de cancha, siempre fui potente, pero no le pegaba bien al arco. Y Chapa me dice: ‘Pegale arriba’, y yo fui, eludí uno, dos, tres y le pegué. ‘La próxima pegale así’, y eludí, eludí y le pegué donde me pidió. ‘Dos tablas de revés’: pum, pum, eludí, de revés, dos tablas. Ese día me salieron todas. Terminó el entrenamiento y Santi Capurro, DT del Junior, me dijo: ‘Venite la semana que viene, empezás a entrenar con Leonas’. Ahí se terminó mi proceso junior. Fue después de la Copa del Mundo, cuando Las Leonas campeonas en Rosario estaban licenciadas”.
Al poco tiempo, un “seleccionado B”, jugadoras que se entrenaban con el plantel mayor y juniors, viajaron a Italia, entre ellas Victoria. Al regreso, otra convocatoria, ahora para ir a Sudáfrica, ya con algunas de las campeonas del mundo. “Esa experiencia fue espectacular. No entendía dónde estaba, no me acuerdo si jugaba bien, o mal. Me acuerdo que quería quedar en esa lista que iba a Sudáfrica”.
La militancia
Victoria cerró 2010 con un par de giras con el seleccionado. Pero el año anterior había empezado a estudiar Sociología en la Universidad de La Plata. Sus padres se conocieron estudiando esa misma carrera, aunque ninguno de los dos la terminó: la madre se fue para el lado de la Geografía, el padre, para Historia.
“Quería una carrera social, quería hablar de política. Tenía esa idea de la Facultad: estar en el Centro de Estudiantes, militar, discutir. Quería cursar en la Facultad de Humanidades: leer a Marx, entender por qué pensaba lo que pensaba. Pero la carrera no me dio lo que esperaba: leí Durkheim, Weber, buenísimo, pero no me enamoró”.
Entonces, en 2010 se inclinó por Educación Física. “Licenciatura, más para el lado de la investigación; no me veo dando clases”, reconoce. Y fue en ese mismo 2010 que llegó la posibilidad de sumarse a los entrenamientos de Las Leoncitas, primero, y de Las Leonas, después.
“Ese año había empezado a militar en la Facultad. Pero cuando arranqué con el Cenard, me tenía que ir a las 6 de la mañana para estar a las 8 en Núñez. Esto no lo sabe mucha gente, lo hice una vez sola porque me engancharon: mi viejo me dejó en la parada de la Costera, cuando se fue crucé el Camino Centenario y tomé el bondi para el otro lado. Me fui a militar, no sé ni qué excusa puse en el seleccionado. Pero mi viejo me enganchó: me vio en la parada y me dijo: ‘Cuando vuelvas, vamos a hablar’. Eran las elecciones, quería militar”.
Pasaron más de quince años y la Victoria de hoy opina: “Habiendo tenido la oportunidad otra vez, estando donde estoy, digo: ‘Es parte del camino que transité para llegar hasta acá’, no me arrepiento. Pero si no hubiese tenido la posibilidad de volver a la Selección, me hubiese quedado una espina para toda la vida”.
Encima, al año siguiente, ya en 2011, se conformó una lista para jugar un Champions Trophy. Victoria formaba parte de la convocatoria como una de las jugadoras de reserva. La “información oficial”, aclara ella, dice que se lastimó en su casa. Detalles al margen, se cortó un tendón de una de sus manos. “Me llevaron mis papás al Cenard para que dé la cara, pero terminaron dando la cara ellos; quedé afuera”.
Pasó esa “lesión, o accidente, llamalo como quieras, y dan dos nuevas listas: Lista Leonas y Lista Proyección Olímpica, y quedé en la lista de Proyección. Para mí, para mi ego, fue: ‘¿Yo en Proyección?’. Me comparaba con tal, y con tal otra… Muy pendeja, muy pendeja de mierda”.
Italia: hacer la experiencia
Victoria conoció Italia en la gira con el “seleccionado B”, a finales de 2010. Excepto a Uruguay con la familia, nunca había viajado al exterior. “Me acuerdo que en esa gira le dije al Chapa: ‘¡Debe de ser lindo vivir acá!’. Y él, que había vivido allá muchos años, me dijo algo así como: ‘Ya lo vas a poder hacer’. Ahí se metió un poco el bicho de viajar”.
El entrenador de arqueras del seleccionado era Juan Pablo Tisera, un histórico de Quilmes que se había hecho cargo de un club en Italia. “‘Vicky, ¿te querés venir, estoy buscando una jugadora?’. Cuando me dijo de irme a Cerdeña, que estaban él, su hermano y varios argentinos, ‘ya está, voy a hacer la experiencia, a ver qué onda’. Porque aparte, había empezado Educación Física, sí, pero no estaba muy enganchada. Me fui”.
En aquel segundo año de carrera universitaria, “iba a la Facultad a militar: mucha militancia de base, me pasaba ocho, nueve horas en la mesa, o en reuniones. Era estar ahí, poner el cuerpo, pasar por las cursadas, pensar actividades, pintar carteles. Me gustaba eso, era habitar la Facultad”.
Pero a los 20, Victoria se fue a Italia por tres meses, a jugar al hockey. “Fue la experiencia, y fue también la posibilidad de vivir de esto. Me pagaban bien, vivía sola... Ahí fue una de las primeras veces que dije: ‘Che, qué bueno esto’, se me abrió un poco la mente”.
“Era pendeja pero me adapté muy bien”, afirma. “Estaba conociendo lugares que nunca imaginé que iba a poder conocer. De repente me sentía grande, de 0 a 100, porque me fui a vivir sola, tenía plata, vivía del hockey, viajaba adonde quería... Un salto tremendo”.
Y a todo esto, Las Leonas… “No sé si le avisé a alguien que me iba. Imagino que sí, porque el mismo que estaba en la Selección [Retegui] me volvió a llamar en 2019. Pero no tengo recuerdos de haber dicho algo, de haberme sentado a hablar. Adolescente total”.
“A este club no vuelvo nunca más”
Victoria estuvo en Italia -cree- hasta febrero de 2013. Es que además del hockey, también había proyectos personales que extendieron la estadía.
Pero en el receso de 2012, volvió a Argentina y jugó para Santa Bárbara. En esos momentos, Marcelo Garraffo llevaba unos meses en el club como coordinador del hockey femenino; ahí se conocieron.
Al poco tiempo, y después del regreso de Santa Bárbara a Primera, en diciembre de 2012 Garraffo fue nombrado DT de Las Leonas. “Nos escribimos por correo. Le puse algo así como que me encantaría volver a la Selección, y él me dijo: ‘Tenés que estar en Argentina’. Yo estaba mal en Italia, quería pegar la vuelta, me volví. Pero a Marcelo lo sacaron de la Selección”. Garraffo había sido designado por las autoridades salientes y un par de meses después debió dejar el cargo.
Victoria se reincorporó a Santa Bárbara en 2013 y allí vivió “una situación muy particular”. “En el A estábamos Majo -que jugaba poquito- y yo. Nos estaba yendo mal y mi familia siempre con problemas para pagar la cuota. En el club estaban al tanto, no es que nos hacíamos los tontos. Mis viejos iban y decían: ‘Che, no puedo pagar, te pago dos meses el mes que viene’, y todo bien. Y en el último partido, que nos jugábamos la permanencia, arranqué en mitad de cancha e hice un gol. Ganamos, primera permanencia en la historia del club”.
Objetivo cumplido en el Metropolitano, al fin de semana siguiente se jugaba otro torneo, quizá la Copa Buenos Aires. “Y nos dijeron que no podíamos jugar. O sea, después de que nos salvamos del descenso, no podíamos jugar porque no habíamos pagado la cuota. ‘Es la política del club’. Corté el teléfono, ‘yo a este club no vuelvo nunca más’. Había dado todo, nos habíamos salvado en parte porque estábamos nosotras, y al toque me dicen que no puedo jugar. ‘Esta gente no se merece nada’. No volví más, dejé de jugar al hockey”.
Everton La Plata
En 2014, Victoria prácticamente no pisó Santa Bárbara; fue solo a un par de partidos, ya sobre el cierre de la temporada. Ese año lo dedicó al estudio y a la militancia “a full”. Hasta que volvió al hockey, pero en otro club.
Llegó a Everton de la mano de Marcelo Negro Fortes. “Lo quiero mucho”, dice sobre el reconocido dirigente que falleció en 2023. “Me propuso sumarme a la Sexta y a la Séptima. Me había ido a vivir sola, era laburo, agarré: martes y jueves, sin jugar”, aclara.
“Al tiempo, terminaba el torneo y se venían los play-off. Y me dicen: ‘¿No querés jugar?’. ‘Bueno, pero no entreno’, no tenía ni ganas. Al final entrené algunas veces, las chicas eran divinas, la pasaba bien. Así, terminé jugando para Everton: play-off y también la Liga de la Cuenca del Salado; he ido a Lobos, a General Belgrano…. Era como cuando tenía 10 años, una locura”.
A todo esto, tras su salida de la Selección, Garraffo siguió en Santa Bárbara. “Y lo que hizo fue revolucionario”, opina Victoria. Al año siguiente, ya en 2015, se comunicó con ella y le propuso juntarse a tomar un café: “Quiero que vuelvas, que te sientas cómoda”. “Se dieron varias cosas”, explica: Garraffo, Raúl Arrarás en la presidencia, cambios en los planteles, un club más competitivo, un trabajo más cercano al alto rendimiento. “Volví y me sentí muy cómoda. Con todas mis hermanas, ese año jugamos los primeros play-off del club”.
Londrina Hockey Club
Se terminaba el año pero a Victoria todavía le quedaría una experiencia muy curiosa por vivir en ese 2015.
Ignacio López, el entrenador de CUQ que en 2002 recomendó Santa Bárbara a los Granatto, se había sumado al cuerpo técnico del seleccionado brasileño de hockey masculino, que se preparaba para los Juegos Olímpicos. En cambio, con mucho menor desarrollo, el seleccionado femenino de Brasil no tenía plaza para Río 2016.
“Un día, de la nada, me escribe Nacho y me dice: ‘Hay un club de Londrina que recién incorporó hockey femenino y va a jugar la Liga de Brasil. ¿Querés venirte?’”, la sorprendió. Y cuenta Victoria: “Solo una de las chicas jugaba al hockey. Era la arquera de la Selección, que había vivido en Italia y había jugado en un club de allá. Con su esposo, profesor de Educación Física, investigador y no sé qué más, se habían vuelto a Brasil y él quería demostrar que si se entrenaba bien y se ponía plata en equipos de mujeres, podían competir”. Sigue el relato: “Agarraron un equipo de chicas que jugaban al fútbol en la Universidad de Londrina: les enseñaron cómo era el hockey y las empezaron a entrenar, obviamente en canchas de fútbol 5. Y al tiempo las hicieron competir”.
Y entra en escena Victoria, que recibió una invitación: “Me preguntaron si quería sumarme para jugar la liga, entre finales de noviembre y diciembre. Obviamente no me podían pagar, pero me costeaban los pasajes y la estadía. Y también había una semana libre como para poder ir, por ejemplo, a Río de Janeiro”.
Ella no conocía Brasil. “¿Por qué no?”, se preguntó, y consultó si podía sumar a su hermana. “Así, nos fuimos con Delfina a jugar esa liga de Brasil. Delfi tenía 18 años y nunca había viajado al exterior”.
De aquel equipo, “las chicas no tenían técnica, no. Pero sabían cómo se jugaba el deporte: habían aprendido a pegarle de derecha y de revés, a pasar la bocha, se paraban bien en la cancha y físicamente eran muy buenas. Entonces con eso, más el plus que aportábamos con mi hermana, terminamos jugando la final y perdimos 1 a 0, nada más”.
Aunque en el medio de esa competencia, en Buenos Aires, el cuerpo técnico de Las Leonas había organizado una concentración con jugadoras de la camada de Victoria que en ese momento no estaban en la Selección. “Yo estaba en esa lista y no quería perderme la oportunidad. Me acuerdo que con vergüenza lo encaré al entrenador: ‘Necesito volverme a Argentina’. Me pagaron el pasaje ida y vuelta, entrené dos días en Buenos Aires, Delfina se quedó allá sola, y el fin de semana volví a Brasil para jugar”.
Ese campeonato nacional “fue una experiencia espectacular”, sintetiza Victoria, que va recordando detalles, momentos. Por ejemplo, la cancha del torneo: “A la única cancha de agua de Brasil, la habían levantado para construir el estadio para los Juegos, no había otra. Entonces jugábamos en una cancha de fútbol, con caucho, otro hockey”. Subcampeonas, “salí mejor jugadora y Delfi fue la goleadora. La verdad que la pasamos muy bien, es más una anécdota que un logro deportivo”.
2016: el clic
El 2015 del regreso a Santa Bárbara fue también el año en que su hermana María José fue convocada por primera vez a Las Leonas. “Majo siempre me generó mucha admiración: muy chiquita y mucha cabeza”, resume la mayor.
En realidad, el primer torneo de Majo con la Selección había sido un Sudamericano en 2013, en el que Argentina llevó un “equipo B”. “Fuimos con mi familia, pero yo en ningún momento me decía: ‘Uy, qué ganas de estar ahí’. Para nada: estaba muy contenta por ella, disfrutando ese torneo”.
Lo mismo le pasó a Victoria en 2015, cuando Majo debutó con Las Leonas, o en los Juegos Olímpicos de 2016, con toda la familia en Río. “Lo viví con naturalidad, admiración. Pude vivir su propio sueño, como su hermana, como alguien que la quería. Cuando debutó en los Juegos, me emocioné un montón, porque conocía su carrera, desde que empezó, todo su devenir. Y poder verla en esa cancha, con 21 años, increíble”.
Pero, cuenta Victoria, hubo un momento en que sí se dio un clic, “muy personal, mío”. “Entrenamiento, cancha de arena, 2016, Garraffo ya se había ido del club, le digo a Sebastián Zocchi, nuestro DT: ‘No sé para qué sigo entrenando, si no voy a mejorar. Ya está, llegué a mi techo’, algo así. A los pocos días, Pedro Arbelaiz, nuestro preparador físico, me propuso juntarnos a hablar. Vino a mi casa, vivía sola, no tenía un mango, tomamos unos mates. Él trabajaba en el centro de entrenamiento ATP y me dijo: ‘Quiero que vengas a entrenar, te vamos a becar. Pero vas a tener que tener mucha responsabilidad y compromiso’. Me lo exigió: ‘Tenés que venir a entrenar, tenés que comer bien, tenés que…’; un montón de premisas. Y ahí fue mi clic: cuando empecé a entrenar, me empecé a sentir mejor, a tener más hambre, más ambición, sueños. Me empezó a cambiar la cabeza, del todo”.
Antes de ese clic, “quería seguir jugando, pero no tenía desafíos”, explica Victoria. “Con 25 años, creía que no podía mejorar en nada. Tenía otras prioridades, me interesaban otras cosas. Veía al deporte solo como hacer deporte, me alcanzaba con ser buena con el palo y la bocha. Era una buena jugadora pero no una buena deportista. Estaba negada”.
Después de la salida de Garraffo de la Selección, Victoria había recibido algunas otras invitaciones para sumarse a los entrenamientos de Las Leonas. “Mi respuesta era: ‘Vivo sola, trabajo, no puedo ir de sparring, o como invitada’. Pero después de haber entrenado en ATP, ahora lo deseaba un montón, quería estar ahí”.
Pasados los Juegos de Río, se dio a conocer una nueva convocatoria de Las Leonas. Pero en la lista no estaba Victoria. “Para mí fue la peor tragedia. Me había preparado, me sentía bien, sentía que había dado un salto en un montón de cosas. Había entrenado tres, cuatro meses, varias veces a la semana, dedicándome, sin ver un peso. Mi viejo me empezó a bancar el departamento... Bueno, el departamento: el departamento era de una amiga que se fue a vivir al Sur y yo pagaba las expensas, pero ni para eso tenía”.
El momento era complicado. “Macrismo, económicamente estaba mal. Vendía sándwiches en un negocio de 5 y 44: tomaba los pedidos y los repartía. Antes había tenido una pasantía en el consulado italiano: nueve meses, trabajo formal, seis horas, divino, pero se acabó. Y un día estábamos con mi vieja en una feria gastronómica, en la República de los Niños, yo quería comer algo y no me alcanzaba ni para un pancho. Ahí dije: ‘¿Qué estoy haciendo acá? Me quiero ir a jugar afuera’. Fue como decir: ‘Acá no puedo vivir del hockey’. No conseguía laburo, tampoco creía tener ningún tipo de capacidad, ni conocimiento, ni título, estaba vendiendo sándwiches. ‘Me tengo que ir a jugar afuera, tengo que hacer plata’. Ni siquiera plata para ser millonaria, pero por lo menos, ‘si quiero comerme algo en un puestito de feria’, que me lo pueda comer”. Y se va unos años atrás: “Tenía el recuerdo de cuando me había ido a Italia, que había estado bien, había podido hacer lo que quería hacer”.
El año de la Revolución Rusa
Victoria tenía un contacto… En Rusia. “Fanática de la Revolución, 2017 es el centenario, qué mejor que estar en Rusia”. Y se mandó. Jugó en el HC Metrostroy de San Petersburgo. “Fue la mejor experiencia de mi vida”, dice. “San Petersburgo es una ciudad increíble. El club era muy profesional y la gente, espectacular. Todo de primera: te daban departamento, pagaban taxis, plata por mes y por partido ganado, las chicas vivían de eso. El hockey estaba muy bien, el torneo era televisado y se jugaba en todo el país: Moscú, Volgodonsk… Y Rusia es impresionante: la cultura, la comida, la gente, el hockey. Fue una experiencia que tuvo todo”.
Fueron buenos los resultados del equipo y los individuales. “Me fue muy bien y estaba cómoda. El nivel no era malo: eran técnicas, estratégicas, pero sin mucha habilidad. Y yo rompía un poco con eso: tiraba dos dribbling y era ‘guau’, porque no son de hacer esas cosas. Cuando me fui, íbamos primeras como a seis puntos del segundo, algo que al club nunca le había pasado”.
Victoria viajó por tres meses. “Nada más, no sabía qué tipo de experiencia iba a ser”. Y casi en simultáneo, se puso en contacto con un club de Bélgica, su nuevo destino. “Gantoise ya era un club importante, pero no tanto como ahora, que es el más grande de Bélgica: tiene un estadio, creo que ganaron siete ligas seguidas en mujeres... En ese momento era Top 3, ahora es el 1”, grafica.
Allí estuvo la segunda mitad de 2017 y todo 2018 [y volverá este 2026, después del Mundial, confirmó hace poco]. Pero durante el receso europeo, jugando para Santa Bárbara, se volvió a cruzar con Retegui, ahora en un partido del Metropolitano: “Qué bien que estás jugando”, me dijo. “‘Sí, Chapa, ya voy a volver’, respondí como un chiste, teníamos buena onda”.
En diciembre de 2018, Retegui fue nombrado nuevamente DT de Las Leonas. “Cuando agarra, me vuelve a convocar. Me enteré estando de vacaciones con mis hermanas, en un tren, en Tailandia”. Así, en enero de 2019 Victoria se sumó a los entrenamientos de la Selección.
Después de aquella frustración de 2016, cuando no fue citada, no tiene del todo claro cuán latente estaba el deseo de regresar al seleccionado. “Sí sentía que me quería dedicar al hockey. Todo el tiempo pensaba de qué manera podía ser mejor, cómo podía entrenarme más, cómo estar mejor física, mental, técnica y tácticamente; quería entender el deporte. Yo antes no tenía esas sensaciones”.
Y sigue: “Esa ‘crisis’ de 2016, la charla con Peter Arbelaiz, el entrenamiento en ATP, no quedar en la lista, fue una sumatoria de cosas que hizo que yo empezara a amar al deporte, que lo hiciera por mí misma y no por algún objetivo mayor. Que si quería vivir de esto, lo podía hacer. O sea, me había ido de vacaciones a Tailandia, y antes, cuando estaba en esa ‘crisis’, no me podía comprar ni un pancho en un puestito. De repente, me cambió la vida, y quería valorar todo eso. Quería jugar en los mejores clubes, hacerlo bien, salir a la cancha y sentirme reconocida, sumar al equipo…”.
Victoria vivió aquella frustración de la no convocatoria pero se fue a jugar a Rusia y después a Bélgica. “Y Bélgica fue un poco el corolario, porque jugué en un equipo muy bueno, con muchas individualidades pero con un gran entrenador; fue un salto de calidad. Entrenaba a distancia con ATP y en el club entrenábamos otro montón, con mucho sistema, videos. Al principio no entendía nada, pero terminé aprendiendo un montón de cómo se juega a este deporte, cómo se presiona, todas las cosas que hacen a la totalidad. Y cuando llegué a la Selección, llegué con una madurez que antes no tenía”.
Ahora sí, leona
Victoria volvió a la Selección tras ocho años y, después de aquellas giras por Italia y Sudáfrica de 2010, tuvo su debut oficial con la camiseta de Las Leonas en febrero de 2019. “Había jugado diez partidos, ninguno oficial. Mi debut fue contra Alemania, una locura. Estaban mi familia, amigos… Fue un partido que llovió, se suspendió, se volvió a jugar; se suspendió tres veces”.
Fue el 22 de febrero, en el Cenard, por la FIH ProLeague. Y Victoria jugó -y sigue jugando- con el número 21. “Cuando llegué a la Selección, me preguntaron qué camiseta quería. Había un montón de números libres, pero el que más me representaba algo era el 21, que es el que usa mi hermana Maru en el club y ahora en Europa, y el que tiene mi mamá en Santa por Maru. Por eso entre todos los números que había, elegí el 21. Después, haciendo una revisión, Laura Maiztegui tenía el 21 en el club e Inés Arrondo lo usó en la Selección. Pero el 21 es por mi hermana y por mi mamá”.
Antes del debut, “la preparación fue terrible. Entrenábamos a la mañana, gimnasio intermitente, a la noche nos mandaban a hacer doce kilómetros... Fue la colimba. Al debut llegué físicamente bien, de eso no había duda. Ni me acuerdo cómo jugué, creo que jugué poco. Encima, con todas las suspensiones que tuvo ese partido, habré jugado menos”.
Después de ese estreno, siguieron fechas en Nueva Zelanda, Australia, China, Estados Unidos, Inglaterra, Alemania… Aunque el gran objetivo de 2019 eran los Juegos Panamericanos de Lima. “Los partidos de la ProLeague me tenían siempre pensando en el presente, día a día. Pero cuando me tocó ir a los Juegos, estar en la Villa, en un podio, ponerme una medalla de oro… Todas esas cosas que siempre veía por la tele y ahora estar yo ahí, fue una locura, un montón. Con Majo en la cancha, con mis viejos y mi hermana en la tribuna… Un flash”.
¿Cómo fueron aquellos Juegos? “No me acuerdo mucho cómo me sentía. Pero hace poco busqué videos en YouTube y hay una entrevista, después de uno de esos partidos, y veo mi cara, mis ojos brillantes, grandotes, de una nena, de la felicidad que tenía. Y en esos ojos veo los palos en la rueda, palos que muchas veces me los puse yo. Veo ese premio a no haberme rendido cuando hice el clic. Veo mucha madurez y veo como el corolario: trabajé un montón y tuve la suerte, tengo la suerte, de poder contarla arriba de un podio, porque me podría haber pasado de contarla desde otro lugar”.
Tokio, todo ese acribillamiento
Con la medalla de oro en los Juegos Panamericanos, Las Leonas se aseguraron la clasificación para los Juegos Olímpicos que, supuestamente, serían unos meses más adelante.
“Si bien teníamos Tokio a la vuelta de la esquina, faltaba un año. Me propuse vaciarme, dejarlo todo: ‘Si me toca, me toca; si no me toca, no me toca’. Iban cinco delanteras y estaban Carla Rebecchi, Delfi Merino, Majo, Juli Jankunas, Agus Albertario; ya está, cinco. Excepto Juli, que era más chica, todas tenían Juegos Olímpicos y no sé cuántos partidos internacionales; no la tenía nada fácil. Pero la historia es que los Juegos se pospusieron, Carli Rebecchi se retiró y creo que me metí en la lista por la suspensión”.
Según analiza, la postergación le dio a Victoria tiempo para ganar confianza y experiencia. “Me dio otro recorrido para llegar al torneo”. Y en pandemia, no la flaqueó. “Me convertí en una máquina que iba para adelante. Estaba en una condición física que no creo que vuelva a estar nunca en mi vida, nos llevaron al límite. Pero era una máquina, ni me lesioné. Sí se me quedó dura la espalda de tanto levantar pesas, no podía ni pararme en el colectivo. Aunque me recuperé fácil y, excepto eso, no tuve un desgarro, distensión, contractura, nada. Superé todos mis límites, mentales y físicos”.
Superar esos límites no fue una opción, había que hacerlo. “Todo ese acribillamiento que vivimos hizo que desde lo colectivo llegáramos unidas. Porque la pasamos tan mal, pero estuvimos tan juntas, que en Tokio el grupo sacó adelante todas las adversidades”.
De aquella preparación, “todo era al límite: los tratos, lo que entrenábamos, lo que corríamos, las pesas que levantábamos. No se podía decir ‘no’. Nos estábamos midiendo todo el tiempo, porque todo el tiempo nos estaban midiendo. Siempre era ‘un poco más’, y llega un momento en que ‘un poco más’ es un montón”.
Y en pandemia. “No nos podíamos ver con nadie. Iba de mi casa al Cenard y del Cenard a mi casa, porque si te contagiabas, perdías dos semanas, no sabías cómo te podía pegar, te quedabas sin tu lugar. Entonces, ahí también había mucho de grupo, las únicas amigas que tenía eran las del seleccionado; era respirar seleccionado todo el tiempo”.
Las Leonas realizaron concentraciones “burbuja” en la Costa, de dos y hasta de tres semanas. “Totalmente privilegiadas, porque la realidad que se estaba viviendo en el país y en el mundo claramente era otra. Pero en nuestra cotidianidad, esa reclusión fue durísima”, califica.
“Mezcla de caótico y hermoso”
Victoria y Las Leonas ganaron la medalla de plata en Tokio. “Sí, metí un Juego Olímpico”, responde a la afirmación. “Ahora tengo tatuados los anillos olímpicos, pero antes me había tatuado una palabra en balinés, ‘ramé’, que sería ‘mezcla de caótico y hermoso’. Para mí Tokio fue eso, lo mejor y lo peor que me pasó en la vida”.
Lo mejor y lo hermoso: “Verme en el podio, con la medalla de plata, con el ramito de flores, fue recorrer todo mi pasado. Vi Las Leonas del 2000, cuando mis viejos nos levantaban para mirar los partidos; soy hija de esa generación, veía esas fotos y ahora yo estoy ahí”.
Y Tokio también fue lo peor, lo caótico. “Después de los Juegos entré en una suerte de depresión, o por lo menos yo lo sentí así. El habernos llevado al límite, hacernos pasar los límites en muchas situaciones, hicieron que no tuviera más ganas. No quería saber más nada ni con la Selección ni con el hockey. Me la pasaba en la cama, viendo Netflix, comiendo los chocolates que me había traído. Estaba mal, muy mal”.
El recorrido rumbo a Tokio pasó factura. “Me vacié en todos los sentidos. Creo que hay formas y formas de vaciarse, porque ahora siento que voy a llegar al Mundial vacía: me voy a matar entrenando, voy a ser buena compañera, voy a hacer buena competencia, pero voy a dejar todo para ganarme ese lugar” [NdR: la charla es previa a la difusión de la lista definitiva para la Copa del Mundo, en la que está Victoria].
Sin embargo, “lo que me pasó en esa preparación fue vaciarme y a la vez vivir cosas que no están dentro de los parámetros de la normalidad, por así decirlo”. Victoria admite que es un tema que le cuesta abordar públicamente. “Mucha violencia, mucho maltrato psicológico”, resume. “Siempre pasaba algo: yo no estaba en la cancha y había sido culpa mía, o de otras dos jugadoras que éramos las tres que ligábamos todas las culpas. Así todo el tiempo”.
Ya en Japón, “hubo manejos que atentaron mucho contra la individualidad de todas. Por eso siempre digo que el grupo terminó sacando lo mejor de sí y ganamos la medalla nosotras, porque estábamos bien entre nosotras. Volábamos, sí, pero no había estrategia, no había táctica, no había nada”.
En la tarde-noche japonesa del 6 de agosto de 2021 Las Leonas cayeron 3-1 frente a Países Bajos, tercera medalla de plata olímpica para el seleccionado femenino de hockey sobre césped.
“Después, con Fernando Ferrara como DT, hacíamos la mitad de las cosas, se priorizó que estuviéramos bien, que jugáramos a algo y se ganó un bronce olímpico y una plata en el Mundial. O sea, se pueden conseguir resultados cuidando a las jugadoras, respetando los procesos biológicos de descanso, de entrenamiento, con profesionales. Si hay que entrenar, nosotras vamos a entrenar un montón, porque somos máquinas y queremos ganar. Pero hay un límite que hay que saber llevarlo, y por eso para mí el cuerpo técnico que tenemos hoy es el mejor que he tenido en mi vida, porque tiene un poco de todo eso: tiene la garra, tiene estrategia y tiene profesionales en la parte física”.
Alguien con humanidad
Después de los Juegos de Tokio, Victoria se reunió con Ferrara, ya nuevo DT. “Le conté que no tenía ganas de jugar, que la había pasado muy mal. ‘Lo más importante es que vos estés bien, tu salud mental’, me dijo. Eso para mí ya era como: ‘Ah, hay otras formas de conducir un equipo. No puedo creer que haya alguien que tenga esta humanidad’”.
Ferrara le propuso charlar después de la Copa América de enero de 2022. “Me tomé ese tiempo. Jugué en el club, sin ganas, pero jugué. Después llegaron los play-off y le puse la mejor, aunque no los viví como me hubiese gustado, no estaba presente”.
Victoria ya había decidido no dar notas y restringir el uso de sus redes sociales. “No quería hablar de nada de lo que había vivido en Tokio. ‘¿Por qué me fui?’. No podía decir: ‘Porque la pasé como el culo’. No estaba preparada, no tenía las herramientas. Y tampoco iba a fingir una situación que para mí había sido terrible. Me pareció que lo mejor era no hablar del tema, no hablar mal de nadie. Porque también después en las redes hay que bancársela. Entonces, en aquel momento no tenía ganas de enfrentar otra batalla. Quería que esté todo bien, tranquilo, me quería divertir”.
Un deseo muy, muy fuerte
Para enero de 2022, Victoria empezó a sentirse “un poco mejor”, con “más ganas”. Y Las Leonas jugaron la Copa América: “Las vi y dije: ‘Estamos a meses del Mundial, quiero jugarlo’”. Y cuenta un poco más: “Me acuerdo estar de vacaciones, sin ninguna decisión tomada, pero empecé a sentir como algo en el pecho, un deseo muy, muy fuerte. Estaba mi hermana, es el equipo de mi deporte, personas que quiero mucho, me costaba un montón no estar ahí”.
Habló con Ferrara. “Me había dado cuenta de que quería volver, que tenía la energía, las ganas. Faltaban pocos meses y él me dijo que me sumara. Obviamente, me tenía que ganar el lugar, era un proceso que empezaba de cero. Y ahí empecé el proceso del Mundial, muy convencida de que quería estar”.
Rumbo a esa Copa del Mundo, “armamos un equipo espectacular, un grupo hermoso. Cuando volví, me hicieron sentir como si nunca me hubiese ido, y eso es lo que siempre destaco. Porque entiendo que es un seleccionado, y entiendo que juegan las mejores, y un montón de cosas. Pero también, algo que comprobé con mi experiencia, lo más importante es ser buena persona, no sirve de nada la competencia porque sí. Lo más valioso que me dio este deporte, y la Selección, fue que mis compañeras se hayan puesto contentas de que volviera. Y es lo mismo que me pasó ahora: fui a verlas a Bélgica, fui a los Juegos en París, y era como si no me hubiese ido. Y en el Cenard, lo mismo. Eso para mí es lo más valioso: ni una medalla, ni un torneo”.
Victoria volvió a la Selección -una vez más- después de todo lo que significó la experiencia de Tokio. “La parte más dura, y quizá más íntima, sí, estaba superada. No sé si resuelta, pero por lo menos en un segundo plano”. Y en cuanto a las sensaciones, “me volví a divertir en la cancha. Disfruté un montón de ese proceso, y del Mundial”.
Ese año 2022 Las Leonas ganaron la FIH ProLeague, única edición del torneo que no fue para Países Bajos. “El grupo estaba bien, nos estábamos llevando bien”, remarca de ese rumbo a la Copa del Mundo.
El Mundial se jugó entre el 30 de junio y el 17 de julio en España y Países Bajos. Y Las Leonas fueron finalistas, subcampeonas.
“Se dio todo. Fue en España, estuvo mi familia…”. Y antes de pasar al pos Mundial, Victoria vuelve a Tokio y compara. “En el Mundial realmente sentí que lo había dado todo. Lo había dado para Tokio, pero a mí el Mundial, desde lo personal, desde lo deportivo, me dio otros desafíos. En Tokio no me había sentido cómoda desde lo deportivo, no sabía cuánto podía dar en términos de hockey. Y en el Mundial, y en esa ProLeague, sí, estuve a la altura: ‘Ah, mirá, también puedo aportar cosas importantes desde la construcción del juego, desde algún gol, desde…’. Cosas que no sabía que podía hacer. Y ahí fue como: ‘Ya está, ahora sí viví todo’. Si bien no habíamos ganado, era como un cierre”, hace cuatro años.
Un gol a Inglaterra
En esa Copa del Mundo, Victoria marcó tres goles: uno ante Corea del Sur, en el 4-0 del primer partido; otro en el tercer encuentro, 7-1 a Canadá; y el tanto que le dio a Argentina el triunfo en cuartos de final, 1-0 sobre Inglaterra. Un año después, Vicky volvió a compartir ese gol en redes. Y ahora, en 2026, dice: “Ganaste 1-0 contra Inglaterra, en cuartos de final, el partido más importante porque quedás entre los primeros cuatro o no. Y le ganaste a Inglaterra… Pero hay otra cosa de ese gol que a mí me hiela la sangre, que me parece increíble. En el video, veo las caras y el festejo de todas las que estamos en la cancha, de las que están afuera, de la gente en la tribuna, el relato de Mechi Margalot, y es sentirse parte de algo que es enorme, Las Leonas”.
El gol es un desvío apenas iniciado el último cuarto. “La toco yo, aunque podría haber sido otra jugadora. Pero tengo presente lo que pasó al otro día. Compartía habitación con Delfina Thome y le decía: ‘Delfi, ¿viste este video?’. Yo lo adelantaba, no me importaba el gol: ‘Mirá: la cara de las personas, las caras en el banco, todas abrazándose’. El video de ese festejo representa todo lo que estábamos viviendo. Veníamos de un proceso muy duro como el de Tokio y de repente estábamos disfrutando un cuarto de final, contentas, unidas. Y eso para mí era algo nuevo, ser parte de un equipo de verdad”.
Políticas públicas
El subcampeonato mundial abrió un nuevo paréntesis en la carrera de Victoria, al menos con Las Leonas. “Apenas termina el Mundial, surge la posibilidad de una gira a Japón y un Sudamericano. Varias cosas, y fue sentirme otra vez abrumada. No sé si por lo que pasó en Tokio, o si tiene que ver con que para estar en la Selección se debe poner todo en un segundo plano, en pausa”.
A la distancia, Victoria analiza: “El proceso para Tokio fue muy duro. Después, el Mundial quedaba cerca, había energía residual. Pero pasado el Mundial, faltaban dos años para París, era un proceso largo y encima había competencia desde el comienzo. Necesitaba un buen parate. En ese momento lo pensaba como algo definitivo, ‘ya está, di todo, estoy vacía’. Tenía esa sensación: ‘Me tengo que bajar porque no llego”.
Pero también, después del Mundial, Victoria se recibió de licenciada en Educación Física, y con mejor promedio. Aquella estudiante que dedicaba más tiempo a la militancia que a las cursadas, sin embargo, fue avanzando. “Rendía libre: me leía toda la bibliografía y claro, estaba tan preparada que me sacaba un 10. Pero metía una materia cada tres meses”.
Les pasó a muchos estudiantes, la pandemia tuvo también ese costado que terminó dando una mano. “En Educación Física era todo presencial, mucha carga horaria, bandas difíciles, imposible con los entrenamientos. Pero con la pandemia, todo virtual, metí como doce materias en un año, más las que fui rindiendo libre. Me puse muy a tiro”.
En julio de 2023, Victoria presentó su tesis de grado: “Educación Física, deporte y políticas públicas”. El porqué de ese tema tiene una historia: “En una de las últimas materias, le dije al profesor: ‘Quiero terminar la carrera, mi intención es agarrar el título y guardarlo en la mesita de luz’. Al tipo se le transformó la cara: ‘Tenés que encontrar la manera de que tu carrera te abra puertas, que te potencie, que a partir de ahí encuentres lugares que te interesen’”.
Victoria también cursaba Ciencias Políticas en la Universidad Siglo XXI, a partir de un convenio con el Enard. Aquel profesor de la UNLP le preguntó qué cosas le gustaban: “Me gusta la ciencia política, la política, las políticas públicas…”. “Entonces encontremos desde la Educación Física la manera de ir hacia lo que te interesa”, desafió. “Ni de casualidad tenía pensado que la tesis fuera para ese lado”, admite.
Ella había tenido sus primeras convocatorias a Las Leonas en 2010: “Cobrábamos una beca que la teníamos que dividir, no había para todas”. Cuando volvió al seleccionado en 2019, el Enard ya estaba consolidado. “Y el Enard terminó siendo el punto de partida de toda mi investigación”.
Victoria está orgullosa de su tesis. “Me dio la posibilidad de decir: ‘Dejo la otra carrera, quiero ser licenciada en Educación Física, quiero aportar al deporte, a mi deporte, desde mi conocimiento. Entendiendo que también puedo pensar políticas públicas desde mi título, desde mi campo específico’. Todo eso se lo debo a ese profesor, a mi directora de tesis, a la Facultad, que me dieron la posibilidad de revalorizar lo que había estudiado”.
El retiro, todavía no
Después del Mundial de 2022, Victoria se fue a jugar al Hockey Club Butterfly de Roma; allí fue escribiendo la tesis. A esa altura, había necesidad de recibirse, “lo había pateado bastante”.
Y retoma sobre su carrera deportiva. “Creo que en ese momento comenzó este regreso a la Selección. Había dejado Las Leonas porque sentía que el alto rendimiento me había saturado. Pero en Italia, en la primera parte de la temporada se juega solo la Copa Italia, fin de semana de por medio. Al principio todo bien, pero me empezó a sofocar la idea de jugar solo eso”.
Ya en 2023, en la segunda parte de la temporada, la cosa cambió. “Teníamos un muy buen entrenador. Gracias a él, y a la motivación que les dio a las chicas, ganamos el primer título de la historia del club. Y eso también me hizo darme cuenta de que todavía tenía un poco más, que no pensaba en que me estaba retirando”.
Entre lo personal y lo deportivo, decidió mudarse a España. Buscando clubes, sobre todo en Barcelona, llegó al Junior, último campeón que tenía por delante la Euro Hockey League (EHL). “Me gustó el proyecto deportivo y la posibilidad de jugar la Copa Europa”. Y con esta nueva experiencia, “empieza a dar vueltas la idea de volver al alto rendimiento. Porque si bien España no es una liga superprofesional en lo económico, lo es en lo deportivo, por eso me embarqué en esa aventura”.
Aquí, ese 2023 fue un año exitoso para Santa Bárbara, su club: primer título (“Súper 8”) y final del Metropolitano. Sin embargo, entre Italia y España, Victoria solo jugó un puñado de partidos a mitad de año y encima tuvo mala suerte. Iba a estar para el “Súper 8”, pero por una superposición de eventos en Santiago del Estero (el torneo se pisaba con un preclasificatorio olímpico de básquet), se modificó la fecha y se quedó sin chances de jugarlo. “No salí campeona del ‘Súper 8’ ni jugué la final del Metropolitano”, lamenta.
¿Estás para competir?
En 2023 fueron los Juegos Panamericanos de Santiago, en los que Las Leonas lograron la clasificación olímpica, y al año siguiente, justamente, París. Pero a diferencia de lo sucedido en la Copa América de 2022, Victoria todavía no tuvo el deseo de volver a la Selección. “Trabajé mucho en terapia el dejar la Selección, el pos dejar la Selección. Y entonces había algo, no sé si cerrado, pero sí tapado. Vi los Panamericanos, fui a ver a las chicas en París, tenía a mi hermana en el equipo, amigas, pero no sentía deseo. Lo vamos a decir así: sentía que estaba un poco cerrado. Me lo decía todo el tiempo: ‘Ya está, ya lo dejaste, pasaron dos años, listo’”.
Bronce en París, Victoria le escribió a Ferrara para felicitarlo. “Me parece una gran persona”. Obviamente, el DT agradeció el mensaje, y a la vez volvió a abrir una puerta.
Explica ella: “Antes de los Juegos, ya me había llamado para ver si quería sumarme. Pero estaba jugando afuera, era desarmar toda una vida, imposible. Y cuando cruzamos mensajes después de París, me dijo: ‘Este año las reglas van a ser distintas, te llamo antes de arrancar’”. “Ese ‘te llamo antes de arrancar’ me empezó a despertar un montón de cosas que pensé que ya no existían, pero que en realidad estaban guardadas en algún lugar”, analiza.
Pasados los Juegos, en el horizonte, la Copa del Mundo de este 2026. En el armado de una primera convocatoria, Ferrara volvió a comunicarse con Victoria, a finales de 2024. “Me preguntó en qué momento estaba: ‘¿Estás para competir, para iniciar un proceso?’. Le conté que me había dado cuenta de que todavía me quedaba un montón en el tintero, que estaba para hacer otro proceso. Y que él me abriera las puertas me motivó un montón, me dieron más ganas”.
Además, después de París, su hermana Majo se había sumado al Junior español. “No sé si vamos a dimensionar alguna vez lo que vivimos. Poder compartir club en Europa, la misma casa, ir y venir todos los días a entrenar. Fue épico”.
Obviamente, “eso fue otra cosa que me motivó”. Por un lado, el compartir el día a día. Pero por otro, el compartir equipo: “Es una motivación innata que ejerce Majo sobre la gente con la que juega. Te lleva a lugares de exigencia, te da herramientas para competir”.
Fue un combo. “Ella proponía un ritmo de buena alimentación, de buen descanso, de entrenamiento, y me adapté muy bien. Me daba cuenta de que tenía ganas de encarar todo esto otra vez”.
“900 días después”
A comienzos de 2025, Victoria volvió formalmente a la Selección, “900 días después”, publicó en redes. “Sí, los conté”.
El objetivo, la Copa del Mundo 2026. “Si bien en el medio estaba la Copa América y después es todos los días, porque hay una lista para la ProLeague, otra de 24 jugadoras, de 18, y te querés meter en todas… Sí, el objetivo es el Mundial, meterme en esa lista” [NdR: y está].
Con el regreso al país, además, Victoria pudo disfrutar de otras actividades vinculadas con sus pasiones: el hockey, la familia, la Universidad.
Por un lado, “ADN Granatto”, las clínicas que llevan adelante en familia. “Nos convocaban, nos ofrecían, y obviamente es trabajo. Pero esos proyectos tal vez no encajaban tanto con nuestra filosofía. En un momento Majo empezó con sus clínicas y nos fue invitando: fuimos a México, a Uruguay, a un montón de lugares. Ahora, estando las dos acá, con la misma forma de encarar las cosas, que nos gusta el encuentro con las chicas, quisimos hacer algo propio. Es difícil, porque con el calendario del club y la Selección, solo tenemos libres los domingos, y el país es enorme. Pero siempre decimos: es poder devolverle al deporte algo de lo que nos dio. Y entre hermanas, porque estamos Majo y yo, se ha sumado Maru y Delfi hace los diseños. La idea es hacerlo en familia, que sea algo nuestro, que tenga nuestra impronta”.
Y además de “ADN Granatto”, el año pasado Victoria también estuvo al frente de una capacitación en la Universidad de La Plata. “¿Cómo me veía de grande? Me veía en la Facultad, dando clases, trabajando ahí. Y tuve la invitación de la Dirección de Deportes, que para mí fue un desafío tremendo, porque nunca había preparado una clase, nunca me había sentado delante de personas a hablar de algo que no fuese hockey. Fue salir de la zona de confort, mal. Estaba muy nerviosa pero salió hermoso”.
Y retrocede en la charla: “Todo esto a partir de mi título. Y pienso: ‘Qué bueno que no lo metí en la mesita de luz’. Me abrió un montón de posibilidades, me permitió conocer un montón de experiencias”.
“Amo la carrera que tengo”
A semanas mes de la Copa del Mundo, y retomando aquella pregunta de Ferrara: ¿en qué momento está ahora Victoria? “Estoy en un momento en el que todavía me siento joven. Los años pasan pero siento que sigo siendo la misma en un montón de planos. Obviamente, hay ciclos, hay momentos en los que tengo más energía y menos en otros, o que necesito cambiar de etapa. Porque también soy así, consciente de mi cabeza y de lo que me va pasando. Y lo que me viene pasando ahora es que fui recuperando la frescura, las ganas, la entrega. Tiene mucho que ver con el cuerpo técnico, con el equipo, con las jugadoras que se fueron sumando. Me siento en una etapa nueva, en la que soy supergrande, pero a la vez me siento contenta en este nuevo lugar. Una etapa de mucha madurez: en contextos en los que antes me enojaba, competía por demás o entendía que las cosas eran personales, ahora estoy más madura, sabia. Sobre todo hacia mí misma, no hacia al resto, porque no tengo nada para enseñarle a nadie. Entender los momentos, las situaciones, que desde lo deportivo no todo es una ‘guerra’. Y hablo con mis compañeras: en el asumir este rol de mayor madurez, poder acompañar e intentar explotar lo que mis compañeras puedan hacer. Antes era muy competitiva y quería hacer todo yo”.
Sigue Victoria: “Es una madurez que me fue dando el deporte. Ahora digo: ‘Qué bueno poder disfrutar dentro de una cancha esto que me está pasando’. Porque me podría haber pasado de que me cayera la ficha estando afuera. Poder disfrutarlo adentro, con mis compañeras; poder dejar algo por lo menos a las personas con las que comparto todos los días, y poder también tener la capacidad de aprender de los demás, es lo más importante de esta etapa mía, personal”.
Desde la primera convocatoria, paréntesis de ocho años hasta su debut. Más acá en el tiempo, el paso al costado después de Tokio, y nuevo paso al costado pos Mundial. Si Victoria hubiese tenido continuidad en la Selección desde 2010…
“Siempre pienso en eso, es inevitable comparar las trayectorias deportivas. Por ejemplo, tengo muy cerca trayectorias brillantes, como la de mi hermana. Obviamente, con sus batallas, con sus cosas, pero logró tener una carrera espectacular, ininterrumpida, con tres Juegos Olímpicos, mundiales… Y a veces me agarra eso de decir: ‘Si hubiese estado desde el 2010…’. Hoy no estaría acá, sin ninguna duda. Siempre me llevo esta conclusión: ni la peor ni la mejor carrera. Es la mía, la que fui creando, siempre intentando ser fiel a lo que me estaba pasando, y creo que cada decisión en su momento me representaba en lo que sentía, en lo que necesitaba. Hace poco hablaba con mi mamá, si me arrepentía de alguna decisión. Obvio: veo París y digo: ‘Me hubiese encantado estar’. Pero para estar en París hubiese tenido que dejar de hacer un montón de otras cosas que también me encantó hacer, y que hacen que sea la persona que soy hoy. No podría vivir arrepintiéndome de cosas que hice, o no hice. Amo la carrera que tengo, que tuve, y las cosas se dieron como se tenían que dar”.
Y cierra la charla con Agencia DIB: “Soy una privilegiada, total. Porque poder estar en la Selección con las decisiones que fui tomando… Que mis compañeras me acepten, me banquen, me quieran. Claramente es el premio más grande que me puedo llevar. Si me toca levantar la copa, genial, pero creo que ya tengo la mejor carrera que podía imaginarme: que mis compañeras me quieran, que el entrenador me siga eligiendo, que me abran las puertas para volver. Eso quiere decir que algo bien tuve que haber hecho, y para mí es lo más valioso”.
Fuente: Gastón M. Luppi / Agencia DIB