La política argentina siempre tuvo algo de teatral. Los liderazgos fuertes, las peleas televisadas, los discursos encendidos y la personalización extrema del poder no son nuevos. Pero algo cambió en estos tiempos: la política dejó de ser solamente espectáculo para convertirse en contenido permanente. Y los Gobernar en modo espectáculo vuelven a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando la vida privada del presidente invade por completo la escena pública y el ejercicio del poder parece quedar atrapado en la lógica de las redes sociales?
Los audios que comenzaron a circular muestran conversaciones de tono íntimo y personal entre el presidente y Rosemary, en las que aparecen intercambios emocionales, referencias de carácter sexual y un registro muy alejado de la formalidad institucional que suele rodear a la figura presidencial.
Debate sobre la exposición permanente
Más allá del contenido puntual que rápidamente fue amplificado, editado y viralizado en redes sociales y medios digitales, el episodio volvió a instalar el debate sobre la exposición permanente de quienes ocupan cargos de poder y sobre la fragilidad de los límites entre lo privado y lo público en la era digital.
Porque el problema no es el vínculo sentimental del presidente ni tampoco la existencia de una vida privada. El problema es otro: la sensación creciente de que la investidura presidencial perdió espesor institucional y empezó a funcionar bajo las reglas del entretenimiento digital. Como si la figura más importante del país estuviera sometida al mismo ritmo frenético, emocional y desordenado que cualquier usuario de internet.
Y eso no es un detalle menor.
Gobernar un país implica administrar mucho más que decisiones económicas. También implica transmitir estabilidad, criterio, prudencia y cierta idea de orden simbólico. Sobre todo en un contexto como el argentino, donde millones de personas viven con incertidumbre cotidiana, miedo al futuro y una sensación constante de fragilidad. En medio de esa crisis social, la imagen de un presidente atravesado permanentemente por escándalos mediáticos, peleas virtuales, filtraciones y episodios emocionales genera algo más profundo que incomodidad: genera desconfianza.
Porque las sociedades necesitan creer que alguien conduce, y hoy gran parte de la política parece haber abandonado la idea de conducción para reemplazarla por la lógica del impacto instantáneo.
La política busca viralizarse
Las redes sociales cambiaron completamente la relación entre el poder y la ciudadanía. Antes existían mediaciones, tiempos, filtros, cierta distancia institucional. Hoy todo ocurre en tiempo real. Un presidente opina a cualquier hora, responde impulsivamente, comparte emociones, discute con periodistas, celebra agravios y queda expuesto como cualquier influencer. La política ya no busca solamente gobernar: busca viralizarse.
El gobierno de Javier Milei entendió eso mejor que nadie. Su construcción política nació justamente de romper los códigos tradicionales de la comunicación política. Pero una cosa es llegar al poder desde la ruptura y otra muy distinta es ejercer la presidencia sin reconstruir ningún límite. Porque cuando todo se vuelve personal, emocional y performático, las instituciones empiezan a perder densidad.
Y ahí aparece un rasgo profundamente contemporáneo: vivimos en una época donde la intimidad dejó de ser privada para transformarse en mercancía social. Todo se expone, todo se comenta, todo se consume. Las parejas, las peleas, los audios, los chats y los conflictos personales circulan como parte de un entretenimiento colectivo permanente. Las redes sociales no solamente modificaron cómo nos comunicamos; modificaron nuestra percepción del valor de la privacidad, del pudor y hasta del rol de la autoridad.
Hoy pareciera que la autenticidad vale más que la responsabilidad institucional. Que mostrarse “real” importa más que preservar la figura presidencial, y esa lógica atraviesa a toda la sociedad: influencers, periodistas, artistas y dirigentes políticos compiten por atención en un ecosistema donde el escándalo tiene más alcance que cualquier idea profunda.
Pero cuando esa dinámica alcanza a la presidencia, el problema deja de ser cultural para convertirse también en político.
Una convivencia casi obscena
Porque mientras la Argentina discute audios filtrados, millones de personas siguen atravesando problemas concretos: inflación, ansiedad económica, agotamiento mental, pluriempleo, frustración social y una sensación de futuro roto. Hay algo casi obsceno en esa convivencia entre una ciudadanía cada vez más angustiada y una política cada vez más absorbida por el espectáculo de sí misma.
La discusión, entonces, no debería reducirse a si esos audios debían hacerse públicos o no. La verdadera discusión es por qué el poder parece haber perdido toda noción de límite. Por qué la política argentina se volvió incapaz de sostener cierta solemnidad mínima. Por qué la investidura presidencial parece cada vez más subordinada al algoritmo.
Tal vez el fenómeno más preocupante de esta época sea justamente ese: la desaparición de las fronteras. Ya no hay diferencia clara entre lo íntimo y lo público, entre gobernar y performar, entre comunicar y reaccionar. Todo se mezcla en una misma escena acelerada donde importa más el impacto emocional que la construcción de confianza.
Y mientras tanto, la política argentina sigue corriendo detrás de la viralidad, aunque en el camino termine desgastando algo mucho más importante: la credibilidad institucional.
Fuente: Agencia DIB