miércoles 08 de abril de 2026
8 de abril de 2026 - 15:38

El lenguaje del abismo

Las declaraciones de Donald Trump, en medio de la escalada con Irán, encendieron alarmas globales no solo por su contenido bélico, sino por el impacto del lenguaje: la posibilidad explícita de “borrar una civilización” dejó de ser una hipótesis extrema para instalarse como escenario discutible.

A veces, el miedo no llega con imágenes concretas, sino con palabras. Palabras que, al ser dichas, abren una posibilidad que hasta ese momento parecía lejana, casi imposible. Eso ocurre cuando un líder político como Donald Trump afirma que “toda una civilización podría morir esta noche”. En ese instante, algo se quiebra: no en el territorio que menciona, sino en la percepción misma de los límites.

En los últimos días, en medio de la escalada de tensión con Irán, Trump lanzó un ultimátum que incluyó frases de una dureza poco habitual incluso en contextos de guerra: habló de la posibilidad de que “una civilización entera desaparezca”, de ataques a infraestructuras esenciales como puentes y centrales eléctricas, y de una destrucción que podría ser “para no volver jamás”.

No se trató de una metáfora aislada, sino de una amenaza concreta vinculada a acciones militares si no se cumplían sus condiciones.

Reacción del mundo

El mundo reaccionó. Líderes religiosos calificaron esas palabras de inaceptables desde lo moral, advirtiendo sobre las víctimas invisibles, niños, ancianos, civiles que no forman parte de ninguna decisión geopolítica.

Expertos en derecho internacional incluso señalaron que, de concretarse, esos ataques podrían constituir crímenes de guerra.

Pero más allá de lo jurídico, hay algo más profundo que se activa: el miedo.

Miedo a que el lenguaje cruce un límite

No un miedo inmediato, como el de una explosión cercana, sino un miedo más difuso y persistente. El miedo a que el lenguaje haya cruzado un límite. A que lo impensable empiece a decirse en voz alta, a que la idea de borrar una civilización, con todo lo que eso implica, historia, identidad, memoria; deje de ser una pesadilla del pasado para convertirse en una posibilidad discutida en presente.

Porque una civilización no muere de un día para otro. Muere cuando se naturaliza su desaparición.

Y ahí es donde estas palabras impactan de verdad. No solo en la región directamente involucrada, donde la población vive con angustia ante la posibilidad de quedarse sin agua, sin luz, sin futuro.

Sino también en el resto del mundo, donde se instala una pregunta incómoda: qué tan frágil es todo esto que creemos estable.

Desde una mirada más amplia, lo que inquieta no es solo la amenaza, sino la lógica que la permite. La idea de que un fin, político, estratégico o económico, puede justificar la anulación de una cultura entera. Es el punto donde el poder deja de administrar conflictos para empezar a redefinir qué vidas importan y cuáles no.

Distintos pensadores a lo largo del tiempo han advertido que el mal no siempre aparece de forma estridente, sino que muchas veces se instala en la repetición de ciertas ideas, en la costumbre, en la indiferencia. Hoy, ese riesgo adopta otra forma, la espectacularización de lo extremo. Frases que parecen diseñadas para impactar, pero que en ese mismo gesto erosionan los límites de lo decible.

Y cuando esos límites se corren, el miedo deja de ser individual para volverse colectivo.

Cuando las palabras no contienen

Es el miedo a un mundo donde las palabras ya no contienen, sino que habilitan. Donde decir que una civilización puede desaparecer no genera un rechazo inmediato y unánime, sino debate, interpretación e incluso justificación.

Sin embargo, incluso en ese escenario, hay algo que resiste. Siempre lo hay.

Las civilizaciones no son solo estructuras que pueden ser destruidas desde arriba. Son también gestos cotidianos, lenguas que se siguen hablando, memorias que se transmiten incluso en la adversidad. La historia lo demuestra, lo humano persiste, a veces de formas casi invisibles.

Pero eso no debería tranquilizarnos del todo, porque el verdadero peligro no es solo que una civilización pueda desaparecer.

Es que empecemos a convivir con la idea de que eso es posible.

Y peor aún, que sea aceptable.

Fuente: Agencia DIB

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