Las aplicaciones de citas prometen algo que hoy parece cada vez más difícil de conseguir: un encuentro real. En medio de la rutina, el cansancio y una soledad que no siempre se dice en voz alta, ofrecen la ilusión de que el afecto está a un swipe de distancia. Un gesto mínimo, casi automático, parece suficiente para abrirle la puerta a otro. Pero como todo atajo, también puede tener sus trampas.
El suicidio del soldado ocurrido en diciembre pasado volvió a poner en primer plano una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando la búsqueda de un vínculo se cruza con el engaño, la manipulación y una fragilidad emocional que nadie detecta a tiempo? No se trata, ni corresponde, explicar una muerte desde una sola causa, pero sí de mirar el entramado en el que esa tragedia ocurrió.
La investigación
La investigación judicial y los anuncios oficiales del Gobierno revelaron que Rodrigo Gómez, de 21 años, fue contactado a través de una app de citas llamada Evermatch por un perfil falso bajo el nombre de “Julieta Ayelén Cardozo”. Ese nombre no escondía una persona real, sino una estructura criminal que operaba desde el interior de cárceles de la provincia de Buenos Aires.
El engaño siguió un patrón tan cruel como efectivo. Primero, el acercamiento emocional. Después, el golpe. Audios intimidantes, acusaciones gravísimas (entre ellas, la supuesta vinculación con una menor) y llamados de personas que se hacían pasar por policías o autoridades judiciales. Le aseguraban que había una causa penal en su contra y que la situación solo podía “arreglarse” pagando una determinada cantidad de dinero. Nada de eso era real, pero todo estaba diseñado para parecerlo.
Control emocional
La extorsión no fue un hecho aislado ni instantáneo. Según trascendió, las exigencias económicas se fueron acumulando, generando deudas, presión constante y un miedo cada vez más difícil de manejar. El objetivo no era solo el dinero, sino el control emocional: instalar la sensación de que no había salida posible y que cualquier intento de pedir ayuda empeoraría las cosas.
En la carta que dejó antes de morir, el gendarme hablaba de esos problemas legales que creía tener, de las deudas que lo ahogaban, pero sobre todo de una profunda sensación de soledad. No aparece solo el miedo a la amenaza, sino la angustia de no saber con quién hablar, de no encontrar un lugar donde decir “me equivoqué”, “me engañaron”, “no puedo solo”.
El espejismo del encuentro
Las apps de citas funcionan como una vidriera. Ahí no mostramos lo que somos, sino lo que creemos que puede gustar. Editamos fotos, ajustamos biografías, armamos versiones más deseables de nosotros mismos. El problema no es esa puesta en escena, sino cuando se convierte en un terreno fértil para el abuso. Cuando la ficción deja de ser juego y pasa a ser arma.
En estos casos, el daño no es solo económico. El verdadero golpe ocurre cuando alguien empieza a dudar de su propia percepción, cuando el miedo ocupa el lugar de la palabra y la vergüenza clausura cualquier pedido de ayuda. El engaño funciona porque apela a emociones básicas: el deseo de ser querido, el terror a la exposición, el peso de una acusación socialmente insoportable.
Cuando pedir ayuda es leído como una falla
Vivimos en una cultura que exige fortaleza permanente, especialmente a quienes visten uniforme o encarnan roles de autoridad. Pedir ayuda sigue siendo, muchas veces, leído como una falla. En ese contexto, una extorsión vivida en el plano íntimo puede volverse una carga imposible cuando no hay herramientas simbólicas ni espacios para hablar.
Tal vez el mayor peligro de las aplicaciones de citas no sea el engaño puntual, sino la deshumanización progresiva del otro. Cuando bloquear reemplaza a explicar, cuando desaparecer sustituye a hablar, cuando el daño emocional se vuelve un daño colateral aceptable, algo esencial se rompe. Nos olvidamos de que detrás de cada perfil hay alguien con historia, miedos y límites que no se ven.
Pensar esta tragedia no debería llevarnos a demonizar la tecnología, sino a preguntarnos cómo hablamos del engaño, del error y del miedo, y cómo acompañamos a quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad.
Quizás el desafío sea ese: volver a poner humanidad donde el algoritmo solo ve perfiles. Recordar que detrás de cada chat hay una persona real, con miedos, errores y límites que no siempre sabe cómo pedir ayuda. Porque cuando el engaño se cruza con el silencio, y la vergüenza gana la conversación, el daño deja de ser virtual; y a veces, trágicamente, ya es tarde.