jueves 23 de abril de 2026
23 de abril de 2026 - 18:55

Homenajes, tensiones y una memoria en conflicto

A un año de la muerte de Papa Francisco, los homenajes masivos conviven con lecturas enfrentadas sobre su figura.

Hay algo inquietante en la forma en que recordamos. No por lo que evocamos, sino por lo que somos incapaces de dejar en paz.

A un año de la muerte del Papa Francisco, Argentina volvió a mirarse en ese espejo incómodo que él representaba. Hubo misas, homenajes, palabras solemnes. También hubo apropiaciones, lecturas interesadas, silencios calculados. Como si incluso en la memoria necesitáramos tomar partido.

La fecha no pasó desapercibida. El 21 de abril, al cumplirse exactamente un año de su fallecimiento, miles de personas participaron de actos en todo el país. Solo en Buenos Aires, una convocatoria en Plaza de Mayo reunió a más de 120.000 personas en un homenaje que mezcló música, oración y memoria colectiva.

Pero hay un contraste que incomoda y que dice mucho más de nosotros que de él.

Una de las voces más reconocidas en favor de la paz

Mientras en Argentina su figura sigue generando divisiones, en gran parte del mundo el Papa Francisco fue y sigue siendo una de las voces más reconocidas en favor de la paz, el diálogo interreligioso y la justicia social. Durante su pontificado alcanzó niveles de imagen positiva inusualmente altos para un líder religioso global, especialmente en Europa y América Latina, donde distintas encuestas internacionales lo ubicaron entre los dirigentes más valorados del mundo.

Esa diferencia no es menor. Afuera fue muchas veces símbolo. Adentro, discusión.

No debería sorprender. En un país donde todo se discute, la economía, la historia, el presente, también se discute el recuerdo. Pero hay algo distinto cuando lo que está en juego no es una política, sino una figura que, al menos en su intención, buscó lo contrario: desarmar la lógica del enfrentamiento.

Territorio en disputa

Y sin embargo, lo que queda no es tanto su mensaje como la forma en que lo filtramos. Para algunos, fue un líder espiritual cercano a los pobres. Para otros, una figura incómoda, ambigua, incluso criticable. En esa tensión, deja de ser una persona y se convierte en un territorio en disputa.

Quizás ahí esté el punto más incómodo: no recordamos para comprender, sino para confirmar lo que ya pensamos.

La memoria deja entonces de ser un puente y se convierte en una frontera.

Hay algo profundamente argentino en eso: la dificultad para construir una mirada común incluso frente a lo irreversible. Porque la muerte, en teoría, debería cerrar discusiones, poner un límite, obligar a cierto recogimiento. Pero aquí ocurre lo contrario: la muerte no clausura, intensifica.

Ni siquiera la ausencia logra suspender la grieta.

Y entonces aparece una pregunta más difícil, más honesta: ¿qué hacemos con las figuras que no encajan del todo en ningún lado? ¿Cómo recordamos a alguien que incomodó a todos, aunque haya sido en distintos momentos?

Tal vez el problema no sea él, sino nosotros. Nuestra necesidad de simplificar, de ordenar el mundo en posiciones claras, de no tolerar las zonas grises. Porque aceptar una figura compleja implica también aceptar que nuestras certezas no lo son tanto.

Recordar de verdad es un ejercicio incómodo. Exige renunciar, al menos por un momento, a la comodidad de tener razón.

Pero en tiempos donde todo se vuelve argumento, incluso el duelo se transforma en discurso. Y así, lo que podría haber sido un punto de encuentro se convierte en otra escena de división.

Quizás la verdadera pregunta no sea qué hizo o qué dijo el Papa Francisco, sino qué hacemos nosotros con su recuerdo.

Porque tal vez haya algo más inquietante que no poder ponernos de acuerdo en la vida, y es no poder hacerlo ni siquiera después de la muerte.

Fuente: Agencia DIB

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