Hay una frase que se escucha cada vez más en la calle, en la sobremesa o en la radio: “no doy más”. No siempre habla de dinero. A veces habla de cansancio o de algo más profundo: la sensación de que nada alcanza y nada cambia. ¿Por qué la mayoría de los argentinos nos sentimos tan desahuciados?
No es solo la incertidumbre económica, aunque pese. No es solo la inseguridad, aunque desgaste. Es la acumulación. Años de crisis que se superponen, promesas que no se cumplen, gobiernos que llegan con épica refundacional y se van dejando frustración. Vivimos en estado de expectativa permanente y de decepción recurrente.
Falta de entusiasmo
Y no es un fenómeno que afecte únicamente a los adultos. Hoy muchos adolescentes también expresan falta de entusiasmo y frustración por su futuro educativo. Aunque más del 80 % de los jóvenes quiere seguir estudiando al terminar la escuela, solo alrededor de 4 de cada 10 (38 %) entre 19 y 25 años cursan estudios terciarios o universitarios, y una proporción significativa no logra concretar esa aspiración tras terminar el secundario.
Este desfasaje entre expectativas y realidad tiene consecuencias en la autoestima y la proyección de vida de los jóvenes. Entrar a la universidad o a un terciario ya no garantiza continuar, y muchos terminan abandonando por barreras económicas, necesidad de trabajar, falta de apoyo o simplemente por desánimo frente a un entorno que no ofrece certeza alguna sobre su futuro.
Duelo silencioso
Hay un duelo silencioso: el duelo por la idea de país que nos contaron, aquella Argentina del “granero del mundo”, la de la movilidad social ascendente, la de estudiar para estar mejor. Durante mucho tiempo creímos que el esfuerzo garantizaba progreso. Cuando esa ecuación se rompe, no solo cae el ingreso: cae el sentido.
Nos acostumbramos a sobrevivir, a hacer malabares, a reírnos del caos. Esa resiliencia, que es admirable, también tiene un costo emocional. Porque sostenerse siempre al borde del precipicio cansa. Y cuando el horizonte se vuelve difuso, aparece el desánimo colectivo.
La polarización agrava el cuadro. Discutimos todo en términos absolutos: si uno gana, el otro pierde; si una medida entusiasma a un sector, enfurece al otro. Vivimos en un péndulo constante entre la esperanza desmedida y el desencanto inmediato.
Pero cuidado: sentirse desahuciado no es lo mismo que estar vencido. La historia argentina muestra que, incluso en los peores momentos, la sociedad encuentra formas de organizarse, de emprender o de reinventarse.
La pregunta es qué hacemos con ese sentimiento, si lo transformamos en apatía o en exigencia. Si lo usamos para dividirnos más o para construir acuerdos mínimos que nos devuelvan cierta estabilidad emocional y material.
Precariedad
Los adolescentes de hoy crecieron en una Argentina muy distinta a la que conocieron sus abuelos y bisabuelos. No vivieron la promesa estable de movilidad social ascendente como horizonte natural, sino la incertidumbre como paisaje permanente. Se formaron en un país donde el modelo económico dejó de apoyarse en la idea de empleo estable y progreso lineal, y pasó a estar atravesado por la precariedad, la informalidad, el trabajo por proyectos y la lógica de la inmediatez. La cultura del “esfuerzo que garantiza futuro” se volvió lejana.
Además, habitan una sociedad hiperconectada pero emocionalmente fragmentada. Comparan su vida en tiempo real con estándares globales mientras lidian con limitaciones locales. Tienen más información que cualquier generación anterior, pero menos certezas. Saben que el título ya no asegura trabajo, que el trabajo no siempre asegura estabilidad y que la estabilidad no necesariamente asegura bienestar.
Sin embargo, también desarrollaron habilidades nuevas: adaptabilidad, creatividad, manejo tecnológico, capacidad de reinventarse. Quizás el futuro que les espera no sea el de trayectorias previsibles y escalones claros, sino el de recorridos más sinuosos, más autónomos y también más exigentes.
La pregunta no es solo qué futuro les espera, sino qué condiciones estamos dispuestos a construir para que no tengan que elegir entre emigrar, resignarse o sobrevivir. Si logramos reconstruir reglas claras, confianza y oportunidades reales, esta generación puede transformar la frustración heredada en innovación y compromiso. Pero si la incertidumbre sigue siendo la norma, el riesgo no es solo económico: es que se naturalice la falta de horizonte.
Y un país sin horizonte para sus adolescentes es un país que, en el fondo, deja de imaginarse a sí mismo.