Se ha consolidado, tras el descalabro frente a la Universidad Católica en La Bombonera, una realidad que ya no admite negaciones: no es el infortunio el responsable de los fracasos de Boca Juniors, sino la gestión. Observa el socio, con creciente desasosiego, cómo la mística que alguna vez definió al club se desvanece entre los entramados de una administración que parece haber extraviado el rumbo. La eliminación, lejos de constituir un accidente, se revela como la confirmación de una involución institucional que se ha venido incubando tiempo atrás y hoy alcanza su punto crítico.
Boca: entre el peso de la historia y el vacío del presente
El prestigio del ídolo, Juan Román RIquelme, y la orfandad de un proyecto deportivo consumen a Boca en una lacerante deriva.
Persiste en la memoria colectiva la frustración de la fase previa del año pasado ante un endeble Alianza Lima: una advertencia que fue desoída por quienes conducen los destinos de Boca. Se ha desvirtuado, en menos de un lustro, una entidad acostumbrada a la épica continental en un conjunto que afronta cada duelo internacional con incertidumbre y fragilidad. Resulta angustiante observar la ausencia de títulos y cómo la jerarquía, antaño garantía de competitividad, derivó en improvisación. Se ha erosionado el prestigio continental de Boca para dar paso a una estructura que parece priorizar los polvorientos pergaminos del dirigente por encima de la consolidación de un proyecto deportivo serio.
Personalismo institucional en Boca
Paradójicamente, se ha convertido Boca en un laboratorio de experimentaciones constantes: suceden los entrenadores, desfilan los jugadores y languidecen las ideas; todo bajo el amparo de una conducción que ha hecho del personalismo su método. Prevalece, en cada decisión, el capricho sobre la planificación; impera, en cada mercado de pases, la falencia sobre la estrategia. Se ha diluido la identidad del futbolista, que hoy gravita agobiado por el peso de una camiseta que ya no le ofrece el respaldo de un proyecto serio. Ha erigido Juan Román Riquelme un ecosistema hermético, donde la voz propia es dogma y la crítica desestimada por una soberbia enhestada como muralla.
El ídolo y el dirigente
Se confunde, en tan aciago derrotero, el mando institucional con el dominio absoluto de una facción. Olvida la actual gestión que Boca no pertenece a una figura; por más prestigio que haya cultivado está dentro del campo de juego. Ha devenido el vestuario, bajo el actual modelo, en un museo de vetustos recuerdos donde la nostalgia pretende reemplazar a la antigua gloria, y donde la ausencia de una estructura profesional ha condenado a la institución a la tiranía del azar. Resulta, por tanto, insostenible la disonancia entre el ídolo que fue y el dirigente que hoy naufraga: el prestigio no legitima el fracaso constante.
Exige el momento una autocrítica profunda, radical y sin concesiones. No necesita Boca más estatuas en el vestuario ni discursos que busquen en el pasado las justificaciones del presente: requiere, con urgencia, un plan que le restituya su sitio en el olimpo de los grandes del continente. Sufre el socio, en definitiva, el desgaste de una conducción que parece haberse quedado sin respuestas. Si no se comprende que el escudo está por encima de todo, la historia -esa que tanto se invoca y tan poco se respeta- acabará pasando factura. Se agota el tiempo y, con él, la paciencia de un pueblo que ya no demanda nombres propios: reclama una gestión a la altura de su leyenda.
Fuente: Agencia DIB