Antes de ser Guillermo Vilas, los Grand Slams, las noches inolvidables en París, Nueva York y Melbourne, de que injustamente nunca fue reconocido como el mejor del mundo, y de que su apellido fuera pronunciado con admiración en todos los idiomas, fue un chico de Mar del Plata.
Guillermo Vilas: los 74 años del marplatense que convirtió su raqueta en bandera
Este 17 de agosto, el hijo pródigo de Mar del Plata cumple años. Guillermo Vilas, el mejor tenista argentino de todos los tiempos, el que ganó 62 títulos de ATP, el que nos hizo enamorar del tenis.
Porque aunque nació en Buenos Aires el 17 de agosto de 1952, apenas dos días después regresó junto a su familia a la ciudad que moldearía su personalidad y su destino.
El hijo pródigo de Mar del Plata
Guillermo Vilas es, por encima de todo, un hombre de la costa bonaerense. Un marplatense que llevó consigo el viento del Atlántico, la paciencia del pescador, la resistencia frente a las adversidades y esa mezcla tan particular entre calma e intensidad que parecía pertenecerle solamente a él.
Mar del Plata no fue un simple lugar de residencia: fue la tierra donde comenzó a escribirse una leyenda.
Allí, en las canchas del Club Náutico, se inició una historia que cambiaría para siempre el deporte argentino. Allí recibió su primera raqueta, aquella que le regaló su papá, José Roque Vilas, cuando apenas tenía cinco años. Allí pasó horas interminables golpeando una pelota contra un frontón mientras otros chicos jugaban en la playa.
Ese chico todavía no sabía que estaba construyendo algo mucho más grande que una carrera deportiva: estaba abriendo una puerta por la que entrarían miles de jóvenes argentinos que, años después, mirarían una raqueta de otra manera.
Porque antes de Vilas el tenis era admirado, pero lejano. Era un deporte asociado a clubes tradicionales, a ciertos sectores sociales y a una élite que parecía vivir en otro mundo. El tenis existía, pero no pertenecía a todos. Hasta que apareció Guillermo…
La obsesión de convertirse en una máquina de jugar
Desde pequeño mostró una característica que marcaría toda su trayectoria: una voluntad extraordinaria. A los once años comenzó a entrenarse con Felipe Locicero, quien rápidamente comprendió que estaba frente a un jugador diferente. Vilas no solamente tenía talento: poseía una capacidad de sacrificio poco común.
Mientras otros entrenaban para mejorar, él entrenaba para transformarse. Su lema fue claro: gracias a su prodigiosa zurda, quería convertirse en una máquina de jugar al tenis.
Esa frase no era una exageración ni una simple declaración de un deportista ambicioso: era una filosofía de vida. Guillermo entendía que para llegar a la cima del mundo debía dominar cada detalle: la preparación física, la alimentación, la concentración, el estudio de los rivales y hasta los aspectos psicológicos del juego.
Fue un adelantado. En una época donde el tenis todavía estaba buscando profesionalizar muchos aspectos, Vilas comprendió que un campeón no se construía solamente con talento, sino con disciplina.
Los resultados comenzaron a llegar. Fue campeón argentino y sudamericano juvenil, ganó el prestigioso Orange Bowl y, con apenas dieciocho años, ya era considerado el mejor tenista nacional.
Pero su mirada estaba puesta mucho más lejos. No quería solamente dominar en Argentina: soñaba con conquistar el mundo.
El marplatense que salió a desafiar al planeta
El salto al circuito internacional no fue sencillo. En los años setenta el tenis mundial estaba dominado por figuras enormes. Björn Borg, Jimmy Connors, Ilie Nastase, John Newcombe y Rod Laver eran nombres que parecían imposibles de alcanzar.
Pero Vilas tenía algo que muchos no tenían: una convicción absoluta.
Su juego comenzó a hacerse reconocible. Era un tenista de fondo de cancha, incansable, capaz de sostener intercambios eternos y llevar a sus rivales al límite físico y mental. Fue uno de los grandes impulsores del topspin, un golpe que modificó la forma de jugar sobre polvo de ladrillo y que luego sería adoptado por generaciones enteras.
Pero su verdadera revolución no estuvo solamente en la técnica, sino en la imagen: Guillermo Vilas cambió la manera en que Argentina veía al tenis.
El chico de Mar del Plata que había comenzado jugando contra un frontón empezó a aparecer en las primeras páginas de los diarios junto a los grandes nombres del deporte nacional. Compartió protagonismo con futbolistas, automovilistas y boxeadores que hasta entonces dominaban absolutamente la escena.
Por primera vez, un tenista argentino podía ocupar el mismo espacio que los grandes ídolos populares. Vilas había llegado para quedarse.
Con tenis, rock, poesía y argentinidad en su bolso
La década del setenta fue su época dorada. En cada torneo aparecía ese zurdo argentino con la vincha característica, el pelo largo y una fortaleza física que parecía inagotable. Era elegante y rebelde al mismo tiempo. Un deportista de élite, pero también un personaje diferente.
Mientras triunfaba en las canchas, seguía conectado con sus pasiones: la música, la poesía, el mar. Esa personalidad lo diferenciaba de otros campeones. Vilas no era solamente un jugador de tenis: era un hombre que construía una identidad alrededor del deporte. Por eso su figura tuvo un impacto que excedió los resultados.
Cuando viajaba por el mundo, llevaba consigo algo más que una raqueta: portaba a Mar del Plata, a la provincia de Buenos Aires y a la Argentina.
Los periodistas que lo acompañaban en sus giras contaban una sensación difícil de explicar: en ciudades lejanas, en idiomas desconocidos, su apellido aparecía una y otra vez: “Vilas”.
En Estocolmo, París, Nueva York o Londres, ese nombre representaba a un país entero. Como Fangio. Como más tarde Maradona. Como hoy Messi. Era uno de esos deportistas capaces de crear una asociación inmediata entre un apellido y una bandera.
El año que hizo historia
1977 fue el año que convirtió a Guillermo Vilas en una leyenda. Una temporada extraordinaria, probablemente una de las más impresionantes de la historia del tenis. Disputó 31 torneos, ganó 16 títulos, consiguió 130 victorias y estableció una racha de 46 triunfos consecutivos.
Pero más allá de las cifras, aquel año representó una demostración de dominio absoluto.
Ganó Roland Garros. Ganó el Abierto de Estados Unidos. Venció a los mejores del mundo. Se convirtió en el símbolo de una generación.
El mundo del tenis reconocía su grandeza, aunque quedó pendiente una discusión que todavía genera debate: la del número uno del ranking ATP. Oficialmente nunca ocupó ese lugar, pese a que distintos análisis posteriores sostuvieron que sus resultados le permitían haber sido considerado el mejor jugador del planeta durante algunas semanas.
Para muchos argentinos, sin embargo, esa discusión nunca modificó lo esencial: Guillermo Vilas fue el número uno de una época. Lo fue para quienes lo vieron ganar. Lo fue para quienes comenzaron a jugar al tenis gracias a él. Lo fue para un país entero que descubrió que una raqueta también podía representar orgullo nacional.
La gloria no se mide solamente en títulos
Después de aquel 1977 inolvidable, Vilas ya no era solamente un campeón: era un fenómeno social.
Su nombre había dejado de pertenecer exclusivamente al tenis. Aparecía en revistas, en diarios, en conversaciones familiares y en los clubes donde miles de chicos comenzaban a pedir una raqueta porque querían ser como él. Ese fue quizás su triunfo más profundo.
Los títulos podían contarse. Los récords podían compararse. Las estadísticas podían discutirse. Pero había algo que ningún número podía medir: los miles y miles que descubrieron el tenis gracias a Guillermo Vilas. El deporte cambió porque él cambió la percepción que Argentina tenía sobre él.
El tenis dejó de ser una actividad reservada para unos pocos y comenzó a transformarse en una pasión popular. Aparecieron nuevas canchas, nuevos profesores, nuevas generaciones de jugadores. El chico de Mar del Plata había logrado algo extraordinario: convertir un deporte individual en una experiencia colectiva.
El tenis tuvo hinchada. Tuvo banderas. Tuvo camisetas. Tuvo una multitud detrás. Y todo comenzó con un zurdo que había aprendido a pegarle a una pelota mirando el horizonte del Atlántico.
Y aunque no siempre la gloria se mide en triunfos, recordemos que Vilas ganó 62 títulos de ATP. En listado argentino lo siguen -muy lejos- Gabriela Sabatini (27), José Luis Clerc (25) y Juan Manuel del Potro (22).
Mar del Plata, una identidad que nunca abandonó
A pesar de haber recorrido el mundo, Vilas nunca dejó de ser aquel marplatense que había crecido cerca del mar. Esa relación con su ciudad natal estuvo siempre presente. No era solamente un recuerdo de infancia: era parte de su manera de entender la vida.
El propio Guillermo hablaba del mar como una extensión de su personalidad. Decía que podía ser tranquilo y furioso, silencioso y poderoso. Una descripción que también parecía aplicarse a él mismo.
Dentro de la cancha era una tormenta; fuera de ella, un hombre reflexivo, amante de la música, la poesía y la literatura.
Esa combinación fue una de sus grandes particularidades. Mientras otros deportistas construían su imagen exclusivamente alrededor de la competencia, Vilas incorporaba otras dimensiones. Escribía poemas, hablaba de arte, componía música y buscaba permanentemente nuevas formas de expresión.
Era un campeón diferente. Un deportista que no solamente aspiraba a ganar: quería comprender.
El legado de un pionero
Muchas cosas que hoy parecen naturales en el tenis profesional comenzaron antes con Guillermo Vilas. Fue uno de los primeros jugadores en comprender la importancia de una preparación integral. Le dio un valor central al entrenamiento físico, al análisis de los rivales y al trabajo psicológico. No alcanzaba con tener talento: había que prepararse.
También fue uno de los grandes responsables de popularizar el juego con topspin, una forma de golpear que revolucionó el tenis sobre polvo de ladrillo. Junto a figuras como Björn Borg ayudó a cambiar la velocidad, la altura y la intensidad del intercambio desde el fondo de la cancha.
Su estilo marcó una época, pero su influencia no quedó encerrada en el circuito profesional. Cada vez que un chico argentino tomó una raqueta en los años setenta y ochenta hubo algo de Vilas en ese gesto. Cada cancha que se llenó. Cada club que abrió sus puertas. Cada entrenador que comenzó a trabajar con nuevos talentos. Todo tuvo una relación con aquel impacto inicial.
La batalla eterna contra Borg y la admiración por los grandes
Entre todos sus rivales hubo uno que ocupó un lugar especial: Björn Borg. El sueco representaba el desafío permanente. Era el jugador al que Vilas admiraba y al mismo tiempo quería superar. Sus enfrentamientos quedaron como algunos de los grandes capítulos del tenis de aquella época.
Borg era la precisión, la calma, la perfección técnica. Vilas era la resistencia, la voluntad, la búsqueda incansable. Dos formas diferentes de entender el juego.
El marplatense logró vencerlo en varias ocasiones y protagonizó partidos inolvidables, aunque nunca pudo desplazarlo definitivamente del lugar de privilegio que ocupaba en el tenis mundial.
Pero aquella rivalidad también ayudó a construir su leyenda. Porque los grandes campeones necesitan grandes rivales. Y Vilas los tuvo. Connors, Borg, Nastase, McEnroe, Lendl. Contra todos ellos compitió de igual a igual.
La Copa Davis, la camiseta argentina y una deuda pendiente
Si hubo una competencia que ocupó un lugar especial en su corazón fue la Copa Davis. Para Vilas, representar al país tenía un significado distinto. Él entendía que allí no estaba jugando solamente por sí mismo: defendía una bandera.
En 1981 alcanzó junto a José Luis Clerc la primera final de Copa Davis de la historia argentina. Argentina tenía dos de los mejores seis jugadores del mundo, pero enfrente estaba Estados Unidos, con John McEnroe como figura principal.
La serie quedó grabada como una de las páginas más importantes del tenis argentino. La derrota dolió: 3 a 1 en Cincinnati. Pero también confirmó que Argentina podía competir contra las potencias.
Vilas dejó todo en aquella final. Incluso cuando la serie ya estaba definida, insistió en jugar su último partido porque entendía que representar al país exigía hasta el último esfuerzo. Esa era su manera de entender el deporte.
Por eso, muchos años después, una de las grandes frustraciones de su vida fue no haber sido capitán argentino de Copa Davis. Nunca ocultó ese deseo. Sentía que podía aportar su experiencia, su conocimiento y su mirada sobre el juego. Creía que los grandes referentes del deporte debían tener la posibilidad de transmitir todo aquello que habían aprendido durante sus carreras.
Y esa espera se convirtió en una herida que lo acompañó durante años: “Hace casi veinte años que me pasa lo mismo”, había dicho cuando volvió a referirse al tema.
En el fondo, no hablaba solamente de una designación, sino de reconocimiento.
El hombre detrás del campeón
Quienes solamente recuerdan al Vilas tenista quizás desconozcan una parte fundamental de su personalidad. Guillermo siempre fue un hombre inquieto. Le interesaban la música, la escritura, la filosofía y el arte. Su amistad con Luis Alberto Spinetta fue una de las expresiones más curiosas y profundas de esa sensibilidad. Dos mundos aparentemente alejados -el tenis y el rock argentino- encontraron un punto de encuentro.
Vilas escribía. Spinetta musicalizaba. Juntos compartieron una búsqueda creativa que mostraba otra faceta del campeón.
Como músico, grabó tres discos de estudio: "Mil nuevenueve" (1990), su primer álbum solista, de estilo synth-pop/rock; "Dr. Silva" (1992), grabado con su banda de rock/blues; y "Target" (1998), en el género house/dance.
También escribió libros de poesía y textos sobre tenis. Para él, una pelota no era solamente una herramienta deportiva: era una forma de expresión. Quizás por eso su figura trascendió tanto. Porque no era solamente un ganador: era un personaje.
El reconocimiento que llegó tarde, pero llegó
Como ocurre con muchos grandes protagonistas de la historia, Guillermo Vilas atravesó momentos donde sintió que su país no siempre le devolvía todo lo que había entregado.
La discusión por el número uno del mundo. La ausencia durante años de una capitanía de Copa Davis. Algunos desencuentros con dirigentes del tenis argentino.
Fueron capítulos que acompañaron una trayectoria inmensa. Pero con el tiempo llegó una valoración más amplia.
Fue reconocido por la Federación Internacional de Tenis, ingresó al Salón de la Fama del Tenis Internacional y recibió innumerables homenajes. En 2021 fue nombrado capitán honorario de Copa Davis y embajador mundial del tenis argentino.
Un reconocimiento simbólico para quien había sido, mucho antes, el primer gran embajador de este deporte.
Guillermo Vilas hoy
El presente de Guillermo es triste. Desde hace una década padece una patología neurodegenerativa con deterioro cognitivo progresivo. Para cuidar su intimidad a la que muy pocos acceden, Vilas elogió vivir estos últimos años en su residencia de Montecarlo, junto a su esposa, la tailandesa Phiangphathu Khumueang, y sus cuatro hijos (Andanin, Lalindao, Intila y Guillermo Jr.
Es precisamente su compañera la que mantiene viva la gloria de Guillermo en las redes sociales.
Un apellido unido para siempre a una bandera
Guillermo Vilas no fue solamente el mejor tenista argentino de la historia: fue el hombre que permitió que Argentina creyera que podía competir contra cualquiera.
Fue el marplatense que salió desde una ciudad del Atlántico para conquistar escenarios que parecían imposibles. El deportista que convirtió esfuerzo en identidad. El jugador que entendió que cada partido era una batalla.
El campeón que llevó una raqueta como si fuera una bandera.
Fuente: Agencia DIB