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3 de julio de 2026 - 17:13

Quemados y agotados: el cansancio y la híperconectividad como marcas de época

Para comprender este fenómeno es necesario observar tanto las transformaciones en el mundo del trabajo como los cambios en los vínculos sociales, los hábitos cotidianos y la salud mental.

Sentir que el día no alcanza. Estar disponible las 24 horas -gracias a ¿las bondades? de los smartphones ante una hipotética urgencia. Notificaciones que irrumpen en cualquier momento y demandan presencia virtual quebrando la experiencia concreta. Vivir en un espiral en dos dimensiones que genera cansancio, falta de concentración y un estado de confusión y desgaste que se contrapone a la exigencia y el rendimiento eficaz que son marca de una época anclada en la hiper productividad.

Este escenario genera interrogantes, cuestionamientos, preocupaciones y preguntas que pueden ser abordadas por distintas disciplinas. Especialistas de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) trabajan sobre estos ejes y advierten que el fenómeno es más complejo de lo que evidencia. Para comprenderlo en perspectiva, es necesario observar tanto las transformaciones en el mundo del trabajo como los cambios en los vínculos sociales, los hábitos cotidianos y la salud mental.

Julieta De Battista, doctora en Psicopatología, profesora de la Facultad de Psicología de la UNLP e investigadora independiente de la Comisión de Investigaciones Científicas bonaerense (CIC), señala que abordar esta cotidianeidad es clave hacer una primera distinción: no es lo mismo estar cansado que estar agotado.

Según explica, el cansancio forma parte de la experiencia humana y está ligado a los límites propios del cuerpo. Lejos de ser un problema en sí mismo, puede funcionar como una señal que obliga a detenerse y reconocer la propia vulnerabilidad.

“El cansancio confronta a cada uno con su finitud, con lo que el cuerpo puede y con lo que ya no puede. Introduce una pausa, un límite y abre la posibilidad del descanso”, sostiene De Battista.

El agotamiento, en cambio, responde a otra lógica: una exigencia permanente que parece no encontrar límites, sin pausas ni momentos de detención o desconexión.

“Siempre se podría hacer algo más o algo mejor”, sintetiza la especialista. El resultado es una sensación de desgaste que atraviesa distintas edades y situaciones de vida. Y entonces es habitual escuchar a adolescentes, adultos y personas mayores repetir expresiones del tipo “estoy quemado”, “no doy más” o “estoy agotado”.

En tanto, esta exigencia permanente no se limita al trabajo, señala la investigadora a la revista científica Informa de la UNLP. También aparece en la crianza, en el cuidado de familiares, en el tiempo libre e incluso en el disfrute, convertido muchas veces en una obligación más. Ni siquiera parece haber espacio para aburrirse.

De Battista observa además una situación cada vez más frecuente entre las mujeres. El aumento de la expectativa de vida y la postergación de la maternidad hacen que muchas deban sostener simultáneamente un empleo, la crianza de hijos y el cuidado de padres mayores. En una sociedad donde las tareas de cuidado continúan recayendo principalmente sobre ellas, el agotamiento se manifiesta indefectiblemente, en detrimento de la salud mental y emocional.

Tiempo infinito

Desde la sociología, Mariana Busso, profesora de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP e investigadora del Conicet, considera que el cansancio contemporáneo no puede analizarse únicamente como un problema individual.

“La intensificación del trabajo supone un incremento de las horas dedicadas a generar ingresos económicos y también de las actividades que se realizan de manera paralela”, explica.

Cada vez más personas combinan distintos empleos o desarrollan múltiples actividades simultáneamente para complementar ingresos, observa Busso. Una situación en la que se insertan las tecnologías digitales con sus dispositivos, que permiten estar disponibles prácticamente todo el tiempo.

“Los tiempos de trabajo se extienden y permean los espacios y tiempos de no trabajo, como el descanso, el tiempo en familia, el disfrute o el ocio”, alerta.

La expansión del trabajo mediado por plataformas, la posibilidad de responder correos o mensajes desde cualquier lugar, el celular como una prótesis más del cuerpo y la permanente necesidad de estar conectado generan una progresiva disolución de las fronteras entre la vida laboral y la vida personal.

Busso señala además que estas dinámicas impactan de manera desigual. En el caso de las mujeres, especialmente aquellas que son madres, las exigencias laborales suelen sumarse a las tareas domésticas y de cuidado, que continúan recayendo mayoritariamente sobre ellas. La consecuencia es una reducción cada vez mayor de los tiempos disponibles para el descanso físico y mental.

La investigadora advierte que el agotamiento contemporáneo no puede explicarse únicamente por la autoexigencia individual. Las condiciones económicas, la pérdida de poder adquisitivo y la necesidad de multiplicar actividades para sostener ingresos también forman parte del problema.

Síntoma de fatiga crónica

El cansancio, desde la perspectiva de salud, deviene signo clínico. Según advierte Silvana Pujol, médica psiquiatra y profesora titular de Psiquiatría de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNLP, es uno de los síntomas más frecuentes de consulta.

“Detrás de este síntoma suele haber dificultades para el manejo del estrés cotidiano, trastornos del sueño, estados depresivos, ansiedad o consumo de sustancias”, enumera.

Para la especialista, la vida contemporánea favorece la “cronificación” de la fatiga. El ritmo acelerado y la necesidad de responder permanentemente generan estados sostenidos de alerta que terminan afectando la salud física y mental.

Pujol advierte que los trastornos del sueño son cada vez más frecuentes y que el uso intensivo de pantallas afecta los mecanismos biológicos que favorecen el descanso. La exposición a dispositivos electrónicos antes de dormir interfiere con la producción de melatonina, una hormona fundamental para conciliar el sueño.

“En un mundo de híperconexión, paradójicamente falta el encuentro y abundan los desencuentros, los malos entendidos y la ansiedad por la respuesta inmediata”, afirma.

A ello se suman nuevas formas de dependencia asociadas al uso compulsivo de redes sociales, internet, apuestas online o compras digitales, fenómenos que también impactan en el bienestar psicológico.

La creciente naturalización del cansancio es otro aspecto en el que Pujol pone la lupa. Muchas personas recurren a energizantes, suplementos o automedicación buscando soluciones rápidas, cuando la clave estaría en modificar los hábitos que anidan en el origen del problema.

La híperconectividad, el engranaje común

Las tres especialistas coinciden en un eje común que es fuente de cansancio como síntoma, agotamiento, tiempo y espacio extendidos e ilimitados y desconexión: la exigencia de híper conectividad tecnológica para no quedarse afuera de las dinámicas social, laboral y familiar.

De Battista advierte que el tiempo destinado a los dispositivos digitales puede estar desplazando experiencias fundamentales para la construcción de vínculos y la vida comunitaria.

La investigadora también llama la atención sobre el crecimiento de la soledad, un fenómeno que distintos especialistas consideran uno de los principales desafíos de la salud mental contemporánea.

Pujol apunta que el uso intensivo de pantallas afecta directamente la calidad del sueño, mientras que Busso observa que la conexión permanente se vincula con nuevas formas de organización laboral donde la disponibilidad constante se vuelve una exigencia implícita, especialmente entre las generaciones más jóvenes.

La tecnología, acuerdan, ofrece enormes posibilidades de comunicación y acceso a la información, pero también plantea nuevos desafíos respecto del uso del tiempo, la atención y la calidad de los vínculos.

El cansancio contemporáneo no puede explicarse por una única razón, sino que es una problemática multicausal. Las exigencias laborales, la incertidumbre económica, la hiperconectividad, la transformación de los vínculos sociales y las dificultades para desconectarse conforman un entramado complejo que atraviesa la vida cotidiana. En este contexto, recuperar espacios de pausa aparece como uno de los principales desafíos de la época.

Fuente: Agencia DIB

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