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3 de abril de 2026 - 13:23

A 30 años de Sierra Chica: un motín brutal que puso al descubierto el sistema carcelario

El sangriento motín ocurrió en 1996 y concluyó en la Semana Santa. Ocho muertos, historias escalofriantes y un juicio con la máxima seguridad.

La villa minera Sierra Chica, a sólo diez kilómetros de Olavarría, tiene como día de fundación el 30 de mayo 1885. Pero curiosamente, a esa fecha se llegó tras una investigación y fue establecida por una ordenanza del Concejo Deliberante en 2024, en honor al Combate de Sierra Chica, cuando la comunidad indígena asentada, al mando de los caciques Cachul y Catriel, resistió a la expedición militar liderada por Bartolomé Mitre.

A la rica historia de Sierra Chica desde mediados del siglo XIX, hay que agregarle la que escribieron los inmigrantes italianos que arribaron a fines del 1900, para sentar las bases de las industrias calera y cementera en la Argentina. Conocidos como los “picapedreros”, se convirtieron en los grandes hacedores del progreso de la localidad con la extracción del granito rojo, único en el mundo.

Pero la fuerte actividad minera se combina con su perfil penitenciario desde el inicio de la construcción, un 4 de marzo de 1882, de la Unidad Penitenciaria 2, a la que luego se sumaron la Unidad 38 y la Unidad 27 de régimen semi-abierto. Parte de sus casi 5.000 habitantes se mueven en torno a los tres penales que tienen unos 3.100 detenidos, la mayoría en la Unidad 2, que es de máxima seguridad y que en Semana Santa de 1996 tuvo a todo el país en vilo.

Por esos días, el clima carcelario no era el mejor. En varias unidades, el reclamo por mejores condiciones de detención y la superpoblación, hacían un cóctel de difícil resolución. Pero puntualmente detrás de las rejas de Sierra Chica se vivieron ochos días de una violencia indescriptible, que dejó ocho muertos y muchas historias que se escribieron con sangre.

Cadáveres cremados en la panadería de la cárcel, empanadas con cuerpos humanos, presos jugando al fútbol con las cabezas de otros y una jueza entre los rehenes fueron solo algunas de las escenas de aquellos días que, tiempo después, un juicio histórico. Fue un intento de fuga que terminó con una rebelión de 1500 presos.

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El inicio de la tragedia

El levantamiento comenzó pasado el mediodía del 30 de marzo. Los denominados “Doce Apóstoles”, por el número de integrantes que lo generaron y por la fecha religiosa, liderados por Marcelo “Popó” Brandán Juárez se enfrentaron contra otra banda que lideraba Agapito “Gapo” Lencina. Intentaban fugarse, pero el plan fracasó: un guardia les disparó con una ametralladora, hirió a uno de ellos y sus compañeros tuvieron que atrincherarse en un pabellón.

Tomaron como rehenes a guardias, un médico y tres pastores evangelistas. Como el director fracasó en su negociación, cerca de las 22 de esa jornada llegó al lugar la jueza de Azul, María de las Mercedes Malere. Pero no hubo diálogo y junto con otro funcionario judicial, Héctor Torrens, pasaron a engrosar la lista de cautivos. El Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB), dijo tiempo después, le dio una versión distorsionada de los hechos. “Me dijeron que estaba todo tranquilo”, confesó.

Mientras las cámaras de TV seguían llegando al lugar, detrás de las rejas transcurría un juego macabro, con ajustes de cuentas entre los dos bandos. Sólo aquellos que estaban en contra del motín, entre los que figuraba Carlos Eduardo Robledo Puch, el Ángel de la Muerte, se refugiaron en la capilla del penal. Muchos dedicaron horas a rezar y esperar.

Agentes del Servicio Penitenciario Bonaerense irrumpieron en el pabellón de diversidad de la Unidad Penal 2 de Sierra Chica. - Verte -
Agentes del Servicio Penitenciario Bonaerense irrumpieron en el pabellón de diversidad de la Unidad Penal 2 de Sierra Chica. - Verte -

Una guerra sin piedad

El 1° de abril ya la cacería estaba desatada. Los liderados por Brandán Juárez mataron de un balazo y a puñaladas a un seguidor de Lencina, identificado como Hugo Barrionuevo Vega, y ese fue el inicio de otros seis crímenes. Todo en pocos minutos. Fueron cayendo una a uno hasta que le tocó al propio Lencina: un tiro en la nuca y cuchillazos, por si hacía falta.

Los cuerpos fueron llevados al pabellón de castigo. Allí los descuartizaron con un hacha. Luego trasladaron los pedazos en ollas y los incineraron en un horno de la panadería del penal. Según contaron testigos, fue aquí donde se hicieron empanadas con carne humana y se las dieron a comer a guardiacárceles y rehenes. Pero eso no fue todo.

A otro preso, José Cepeda Pérez, lo masacraron a facazos por negarse a formar parte del grupo de descuartizadores. En total: ocho muertos. Y según contaron tiempo después testigos, antes de incinerar a sus “compañeros de penal”, los revoltosos jugaron “a la pelota” con la cabeza de Lencina, líder del bando rival.

El entonces gobernador Eduardo Duhalde evaluó intervenir por la fuerza a través del aterrizaje de helicópteros dentro del penal. La opción implicaba una alta probabilidad de muertes. Por eso apostó al desgaste de los internos. Fue el 5 de abril cuando los cabecillas subieron al techo del pabellón 11 y por primera vez hablaron con la prensa, en una postal que aún hoy queda en la retina de muchos.

“Si la Policía intenta entrar, la primera que muere es la jueza. Queremos que aprueben el petitorio y atiendan a los heridos de bala que tenemos. No hay muertos”, gritó el cabecilla. Mentía. Ya a esta altura eran ocho las víctimas. Sin embargo, tras esa aparición en cámara empezó un principio de negociación.

Pedían armas, móviles para escapar y comida. Con el correr de las horas, ya sin drogas que consumir, no pensaban en una huida, sino en ser trasladados a un penal federal, por miedo a venganzas, y que se les aplique el “2 por 1” en las causas por las que estaban detenidos.

La rendición y el juicio final

El 7 de abril, Domingo de Pascua y mientras el obispo de Azul, garante del acuerdo, rezaba en la puerta del penal, empezó la rendición. Ya habían liberado a rehenes pero ahora se entregaban “los apóstoles”. Su destino: la cárcel de Caseros. Allí, volvieron a hacer de las suyas y tras un motín en mayo de 1999, se los condenó a penas de entre 7 y 10 años de prisión.

Sin embargo, años después comenzó el esperado juicio por lo de Sierra Chica. Al banquillo fueron 24 imputados en total. En un proceso sin precedentes, 150 testigos pasaron por el casino de oficiales de la cárcel de Melchor Romero convertido en sala de audiencias. Se usó por primera vez un sistema de transmisión de imágenes y audio con los acusados encerrados en tres celdas a unos 200 metros de donde los jueces tomaban las declaraciones. Todo bajo la atenta mirada de 100 guardias de seguridad.

El 10 de abril de 2000 Jorge Pedraza, Juan Murguia, Marcelo Brandán, Miguel Acevedo, Víctor Esquivel y Miguel Ángel Ruiz Dávalos fueron condenados a reclusión perpetua. Otros doce recibieron penas más bajas, que llegaron hasta los 15 años. Y seis terminaron absueltos.

Con el tiempo, algunos de los condenados murieron. Otros recuperaron la libertad. Varios reincidieron y volvieron a prisión. El episodio dejó al descubierto fallas estructurales: sobrepoblación, autogobierno interno de los pabellones y la consolidación de jerarquías violentas entre internos. El fallo buscó ponerle fin al más sangriento motín de la historia carcelaria argentina, pero dejó cicatrices en un sistema que nunca termina de recuperarse.

Fuente: Agencia DIB

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