En Argentina admirar parece peligroso. Como si reconocer el mérito ajeno implicara automáticamente rendirse, perder una discusión o convertirse en fanático. Acá las figuras públicas duran poco en el pedestal: primero las construimos, después las exageramos y finalmente las destruimos. El problema no es solamente político. Es cultural. Y las redes sociales potenciaron esa lógica hasta volverla casi automática.
¿Por qué nos cuesta tanto admirar a alguien?
En tiempos de redes sociales, cancelaciones instantáneas y debates sin matices, la admiración cuesta y parece haberse vuelto incómoda en Argentina.
Vivimos en la era de la inmediatez. Todo ocurre rápido: las opiniones, las reacciones, las condenas y también las idolatrías. Una persona puede pasar de ser admirada a ser cancelada en cuestión de horas. Ya no hay tiempo para procesar, contextualizar o incluso dudar. Las redes exigen posicionamiento instantáneo. Hay que amar u odiar, aplaudir o destruir, pertenecer o quedar afuera.
En ese escenario, la admiración perdió profundidad. Antes una figura pública construía prestigio durante años. Había trayectorias, tiempo, procesos. Hoy alcanza un video viral, una frase desafortunada o un recorte fuera de contexto para modificar completamente la percepción colectiva. Consumimos personas como consumimos contenido: rápido, ansioso y descartable.
Admiración silenciosa
La lógica digital además premia el impacto emocional por encima de la reflexión. La agresión circula más rápido que el reconocimiento. El sarcasmo genera más interacción que la sensibilidad. La humillación se viraliza más que el respeto. Y así, poco a poco, empezamos a mirar a los demás desde una mezcla de sospecha, ironía y necesidad permanente de encontrar una falla.
La admiración silenciosa casi desapareció. Hoy parecería que todo debe pasar por el filtro de la crítica inmediata. Si alguien logra algo importante, enseguida aparecen frases conocidas: “seguro hay acomodo”, “algo raro hay”, “ya va a caer”, “quién se cree que es?”. Como si destacar tuviera que pagarse inevitablemente con una cuota de desprecio público.
Sociedad emocionalmente agotada
Pero quizás lo más preocupante es que esta dinámica no afecta solamente a las celebridades o a los políticos. También impacta en la vida cotidiana. Cada vez cuesta más alegrarse genuinamente por el otro. El éxito ajeno se observa con desconfianza. Las redes nos exponen constantemente a vidas editadas, cuerpos perfectos, viajes, logros y aparentes felicidades permanentes. Y frente a esa vidriera inagotable, muchas veces terminamos comparándonos en silencio.
La consecuencia es una sociedad emocionalmente agotada y cada vez más intolerante a la imperfección. Porque en redes nadie aparece dudando, fracasando o sintiéndose perdido. Todos parecen productivos, exitosos y seguros de sí mismos. Entonces cualquier error se vuelve imperdonable. Exigimos perfección porque dejamos de ver personas reales y empezamos a consumir personajes.
También cambió nuestra relación con el tiempo. Antes alguien podía equivocarse, pedir disculpas, reinventarse o cambiar. Hoy pareciera que una sola captura de pantalla puede definir para siempre a una persona. La cultura de la inmediatez no deja espacio para la complejidad humana. Todo debe resolverse rápido: el juicio, la condena y la reacción emocional.
Lo que queda es el desencanto
La política profundizó todavía más esa lógica. Durante años el debate público convirtió a las figuras en héroes absolutos o enemigos irreconciliables. Ya no hay matices. Si alguien pertenece “al otro lado”, automáticamente todo lo que hace queda invalidado. Esa mirada terminó contaminando otros espacios: la cultura, el periodismo, el deporte e incluso los vínculos personales.
Y sin embargo, un país necesita referencias. Necesita personas capaces de inspirar, enseñar o abrir caminos. No para idolatrarlas, sino para reconocer que el talento, el esfuerzo y la inteligencia todavía tienen valor. Porque cuando todo se reduce al cinismo permanente, ya nadie puede ser suficientemente bueno. Y cuando nadie lo es, lo único que queda es el desencanto.
Tal vez por eso en Argentina cuesta tanto sostener la admiración. Elevamos demasiado rápido y destruimos demasiado fácil. Pasamos de la fascinación al rechazo con una velocidad que dice mucho sobre esta época. Una época donde mirar lleva segundos, pero comprender requiere tiempo. Y el tiempo, justamente, es lo que menos estamos dispuestos a dar.
Quizás crecer como sociedad implique recuperar algo que las redes nos fueron quitando lentamente: la capacidad de mirar con más paciencia, más profundidad y menos necesidad de sentencia inmediata. Entender que admirar no es idolatrar. Que reconocer lo bueno en otro no nos hace más pequeños. Y que detrás de cada perfil, cada video y cada figura pública sigue habiendo algo que internet muchas veces olvida: una persona real.
Fuente: Agencia DIB