29 de octubre de 2026 - 17:54

La factura invisible de la desigualdad

La desigual distribución de las tareas domésticas y de cuidado sigue imponiendo un costo invisible sobre las mujeres, que muchas veces deben resignar oportunidades laborales, desarrollo profesional y tiempo personal..

Hay deudas que no aparecen en los resúmenes bancarios, que no generan intereses visibles y que, sin embargo, se cobran todos los días. Se pagan con horas de sueño, con oportunidades postergadas, con carreras profesionales interrumpidas y con ese cansancio que muchas mujeres arrastran incluso cuando finalmente se sientan a descansar.

En la Argentina, hablar de la economía de las mujeres implica mirar más allá del salario, de la inflación y de la capacidad de llegar a fin de mes. También exige preguntarse quién cocina, quién limpia, quién cuida a los chicos, quién acompaña a los adultos mayores y quién recuerda los turnos médicos, las compras pendientes y las necesidades de cada integrante de la familia. Porque el trabajo que sostiene la vida cotidiana no desaparece cuando nadie lo reconoce. Simplemente, alguien termina haciéndose cargo.

Segunda jornada

Durante décadas, muchas mujeres conquistaron espacios en el mundo laboral, accedieron a nuevas oportunidades y construyeron una autonomía que sus madres y abuelas no siempre pudieron tener. Sin embargo, esa transformación no significó necesariamente que los varones asumieran en la misma medida las responsabilidades domésticas y de cuidado. Para muchas, la incorporación al trabajo remunerado no reemplazó las tareas anteriores: se sumó a ellas.

Así nació una ecuación desigual. Mujeres que trabajan fuera de sus casas y que, al regresar, comienzan una segunda jornada. Mujeres que hacen malabares para cumplir con sus responsabilidades laborales, cuidar a sus hijos y responder a las expectativas familiares. Mujeres que aprenden a administrar el tiempo como si fuera un recurso escaso, porque casi siempre lo es.

El costo no es solamente económico. También es profesional, emocional y social. Una reunión a la que no se llega, una capacitación que se posterga, un ascenso que se rechaza porque los horarios no son compatibles con la crianza. Decisiones que, vistas de manera aislada, parecen personales, pero que, cuando se repiten en miles de hogares, revelan un problema colectivo.

A esto se suma una carga menos visible: la responsabilidad mental de organizar la vida de los demás. No alcanza con hacer una tarea; muchas veces también hay que advertir que existe, anticiparla, planificarla y recordar que debe cumplirse. Esa administración silenciosa de la vida familiar consume energía, aunque no figure en ningún recibo de sueldo.

En un país atravesado por las dificultades económicas, esta desigualdad adquiere otra dimensión. Cuando los ingresos no alcanzan, las familias recurren a estrategias para compensar lo que falta. Se cocina más en casa, se buscan alternativas más económicas, se reducen actividades y se reorganizan los cuidados. Pero detrás de muchos de esos ajustes hay tiempo de trabajo adicional, y una parte importante termina recayendo sobre las mujeres.

No se trata de presentar a las mujeres como víctimas incapaces de decidir sobre sus vidas, ni de desconocer los cambios que se produjeron en las relaciones familiares. Se trata de reconocer que la libertad también depende de las condiciones materiales para ejercerla. La posibilidad de desarrollar una carrera, descansar, estudiar, emprender o simplemente disponer de unas horas propias no debería depender del sacrificio silencioso de otra persona.

La idea de que pueden con todo

Por eso, la discusión sobre los cuidados no es un asunto privado ni una cuestión menor. Es una discusión sobre el empleo, los ingresos, la pobreza, la igualdad de oportunidades y el tipo de sociedad que queremos construir. Cuando el cuidado se distribuye de manera desigual, también se distribuyen de manera desigual el tiempo, el dinero y las posibilidades de futuro.

Tal vez haya llegado el momento de revisar una idea demasiado arraigada: que las mujeres pueden con todo. Poder no significa que sea justo. Resolverlo todo no significa que no tenga un costo. Y que una tarea se haga por amor no quiere decir que deba ser invisible.

Hay una deuda que no se cancela con flores el Día de la Mujer ni con discursos sobre el esfuerzo femenino. Se empieza a saldar cuando los cuidados se comparten, cuando las políticas públicas acompañan a las familias, cuando los ámbitos laborales contemplan las responsabilidades de quienes trabajan y cuando la autonomía de una mujer deja de depender de cuánto está dispuesta a postergarse.

Porque el tiempo también es riqueza. Y mientras una parte de la sociedad pueda construir su futuro sobre las horas que otra entrega sin reconocimiento, la igualdad seguirá siendo una promesa incompleta.

La deuda invisible de las mujeres no se mide solamente en dinero. Se mide, sobre todo, en todo aquello que tuvieron que dejar para que la vida de los demás pudiera continuar.

Fuente: Agencia DIB

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