Hay noticias que exceden el destino de un funcionario. Porque, en realidad, no hablan solo de una persona, sino del vínculo cada vez más deteriorado entre la política y la sociedad. La renuncia de Manuel Adorni a su cargo de jefe de gabinete, llega en medio de un escenario atravesado por investigaciones judiciales, cuestionamientos públicos y un desgaste político que el Gobierno ya no pudo sostener.
Pero el problema de fondo no es únicamente una renuncia sino lo que despierta en una sociedad que hace demasiado tiempo vive con la sensación de que la decepción siempre está a la vuelta de la esquina.
La esperanza dura poco
En Argentina, confiar se ha convertido en un acto de enorme valentía. Cada gobierno promete inaugurar una etapa distinta, cada fuerza política asegura que esta vez será diferente.
Cambian los nombres, los discursos o los colores partidarios. Sin embargo, para buena parte de los ciudadanos, la sensación termina siendo la misma: la esperanza dura poco y el desencanto llega demasiado rápido.
Quizás por eso las crisis políticas ya casi no sorprenden. Y eso, lejos de ser una buena noticia, es demasiado preocupante.
Cuando una sociedad deja de sorprenderse frente a los escándalos, no es porque haya aprendido a convivir con ellos: es porque comenzó a naturalizarlos. Y naturalizar la pérdida de confianza es uno de los mayores fracasos de cualquier democracia.
La política necesita no solamente administrar un estado, también necesita administrar credibilidad. Porque sin credibilidad no hay liderazgo posible, ni reformas que logren sostenerse en el tiempo. Los ciudadanos aceptan sacrificios cuando creen que quienes los conducen comparten las mismas reglas. Pero cuando aparecen dudas sobre la integridad de quienes gobiernan, el contrato de confianza comienza a romperse.
Cansancio de creer
La renuncia de Adorni no debería analizarse solamente desde las consecuencias que tendrá para el Gobierno de Javier Milei. También debería invitarnos a pensar en el estado emocional de una sociedad agotada. Una sociedad que viene acumulando crisis económicas, frustraciones, promesas incumplidas y una inflación de expectativas que casi siempre termina devaluándose.
Hay un cansancio que no figura en los indicadores económicos y es el cansancio de creer. El de quienes ya no discuten con pasión porque sienten que nada cambia. El de quienes miran la política con una mezcla de distancia, resignación y desconfianza. Ese desgaste no se mide en puntos de imagen, pero erosiona lentamente el tejido democrático.
La confianza es un capital mucho más difícil de reconstruir que cualquier variable económica. Se recupera con coherencia, con transparencia y con instituciones que funcionen sin excepciones. No alcanza con pedir paciencia; hace falta ofrecer motivos para volver a creer.
Porque, al final, las renuncias pasan. Los gobiernos cambian. Los funcionarios se reemplazan. Lo verdaderamente difícil es reparar la fractura invisible que queda entre los ciudadanos y quienes dicen representarlos, porque no fue solamente la renuncia de un funcionario. Una vez más, volvió a renunciar un pequeño pedazo de la confianza colectiva. Y esa, lamentablemente, es la que más cuesta revertir.
Fuente: Agencia DIB