En un mundo atravesado por tensiones geopolíticas crecientes, guerras abiertas y una crisis de gobernanza internacional cada vez más evidente, la posible designación de Rafael Grossi como Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas abre una ventana que Argentina no debería mirar con indiferencia. No se trata solamente de un nombre propio.
El argentino que suena para liderar la ONU y un país que no logra liderarse a sí mismo
La posible llegada de Rafael Grossi a la Secretaría General de la ONU abre una discusión que excede lo simbólico para la Argentina
Se trata de lo que ese nombre representa. Grossi no es un outsider ni un experimento diplomático. Es, probablemente, uno de los funcionarios internacionales con mayor trayectoria real en gestión de crisis contemporáneas.
Desde su rol al frente del Organismo Internacional de Energía Atómica, le tocó intervenir en escenarios donde la diplomacia deja de ser retórica y pasa a ser una herramienta concreta para evitar catástrofes: la guerra en Ucrania, las tensiones con Irán, la seguridad nuclear en contextos de conflicto armado. Lugares donde un error no se mide en votos, sino en consecuencias irreversibles.
Capacidad de ejecución
En ese contexto, su perfil encaja con una necesidad cada vez más evidente dentro del sistema internacional: menos declaraciones grandilocuentes y más capacidad de ejecución. Ahora bien, pensar en un argentino al frente de la ONU obliga también a hacernos una pregunta incómoda: ¿estamos a la altura de capitalizarlo? Argentina tiene una larga tradición diplomática, muchas veces más valorada afuera que adentro.
Sin embargo, esa tradición convive con una política exterior errática, atravesada por vaivenes ideológicos y urgencias domésticas que suelen impedir cualquier estrategia sostenida en el tiempo. Tener a Grossi como Secretario General no resolvería eso automáticamente.
Reposicionar al país
Pero sí podría funcionar como un punto de apoyo, una oportunidad para reposicionar al país en la escena internacional con algo más que discursos. Porque el mundo que viene no va a esperar a que Argentina ordene sus debates internos. La eventual llegada de Grossi también pone sobre la mesa otro debate más profundo: el rol del multilateralismo en el siglo XXI. La ONU ya no es el actor indiscutido que supo ser.
Las grandes potencias juegan cada vez más por fuera de sus estructuras, y los conflictos actuales muestran con crudeza sus limitaciones. En ese escenario, el liderazgo importa. Y mucho. No alcanza con administrar una institución. Hace falta reconstruir la legitimidad. Ahí es donde un perfil técnico, con experiencia en terreno y capacidad de diálogo con actores en conflicto, puede marcar una diferencia. No es garantía de éxito -la ONU no funciona en base a voluntades individuales-, pero sí es una señal en una dirección distinta a la inercia actual.
Para Argentina, en cambio, el desafío es otro. Más terrenal. Más urgente. Dejar de mirar estos procesos como logros individuales y empezar a entenderlos como oportunidades colectivas. Porque si un argentino llega a ocupar uno de los cargos más relevantes del sistema internacional y el país no logra traducir eso en estrategia, presencia y capacidad de incidencia, entonces el problema no está en el mundo. Está en nosotros.
Fuente: Agencia DIB