La final disputada en el MetLife Stadium de Nueva Jersey dejó ese sabor amargo que solo conocen los pueblos futboleros cuando la gloria se escapa por un detalle en la prórroga. El 1-0 de España en el minuto 106, con la Selección Argentina exhausta y jugando con diez hombres tras la expulsión de Enzo Fernández sobre el cierre del tiempo reglamentario, marcó el final de un torneo inolvidable.
Sin embargo, con el paso de los días hubo algo que quedó todavía más claro que el propio resultado deportivo: la forma en que buena parte de la prensa y del ambiente futbolístico europeo celebró la derrota argentina. Más que la alegría lógica de un campeón, muchas reacciones transmitieron un evidente alivio.
En las horas y los días posteriores a la final, desde distintas redacciones de Madrid, París o Londres comenzó a consolidarse una narrativa similar: "volvió el orden", "ganó el fútbol de caballeros". Para quienes seguimos el fútbol desde el interior bonaerense, donde el potrero no es una metáfora televisiva sino la cancha de tierra a la vuelta de casa, esa reacción no sorprende, pero sí expone una profunda diferencia cultural sobre cómo se entiende y se vive este deporte.
La molestia de no poder dominar el relato
En los últimos años, la Selección Argentina no solo acumuló trofeos; cometió el "pecado" de ganar a su manera. Con el orgullo del potrero, la picardía criolla y esa garra que en nuestras ligas locales se aprende desde las divisiones inferiores. Para buena parte del establishment del fútbol europeo -acostumbrado a un espectáculo más protocolar, de vestuarios silenciosos y declaraciones medidas-, el estilo argentino fue rápidamente presentado como un enemigo a combatir.
Las muestras de este encono mediático y cultural no son nuevas ni aisladas. Basta recordar cómo parte de la prensa francesa calificó repetidamente a la Albiceleste como un equipo "provocador", impulsando fuertes críticas tras la final del Mundial de Qatar o reclamando sanciones por los festejos de Emiliano "Dibu" Martínez. En Inglaterra también abundaron las columnas que cuestionaban las formas del plantel argentino, contraponiéndolas con una supuesta superioridad del "fair play" europeo.
Lo que para nosotros es viveza, temperamento y desahogo popular, para muchos comentaristas europeos se transformó en una amenaza al protocolo. Sin embargo, esa postura encierra una contradicción evidente: los mismos clubes que invierten millones de euros para llevarse a los mejores talentos surgidos de nuestros clubes de barrio, buscando precisamente ese carácter competitivo, son los primeros en escandalizarse cuando esos jugadores defienden la camiseta celeste y blanca con esa misma intensidad.
La paradoja del "fair play" y el alivio europeo
El tratamiento periodístico posterior al partido volvió a dejar al descubierto esa doble vara. La expulsión de Enzo Fernández fue presentada por varios analistas como la confirmación de un supuesto descontrol disciplinario argentino.
Durante los días siguientes se instaló con fuerza la idea de que la victoria española representaba el triunfo de la civilidad sobre el caos. Más allá de los matices entre los distintos medios, el tono general dejó la impresión de que no solo se celebraba el título español, sino también el final del dominio argentino.
Sin embargo, lejos de la caricatura de un equipo desbordado, lo que dejó aquella final fue una demostración de carácter. Sostener más de media hora de suplementario con un hombre menos frente a una de las selecciones de mayor calidad técnica del mundo exige disciplina táctica, convicción y una enorme fortaleza mental. Argentina no se desmoronó. Peleó hasta el último minuto.
Un orgullo que no se compra con euros
Casi un mes después, la derrota ya forma parte de la historia deportiva y España es un campeón legítimo. Pero también quedó un registro difícil de ignorar: el alivio con el que buena parte del establishment futbolístico europeo recibió la caída de la Argentina.
Durante cuatro años, la Selección cuestionó una idea que muchos daban por natural: que el poder económico de las grandes ligas europeas garantizaba también la supremacía deportiva y cultural. Argentina demostró que la mística, el sentido de pertenencia y la identidad colectiva siguen siendo factores capaces de competir contra cualquier presupuesto.
Quizás por eso la derrota argentina fue celebrada con una intensidad que excedió la lógica satisfacción por un título. En cierto modo, significó el cierre de un ciclo que había incomodado a quienes están acostumbrados a definir no solo quién gana, sino también cómo debe jugarse, vivirse y contarse el fútbol. Porque los títulos se ganan y se pierden. Lo que permanece es la identidad con la que se compite.
Y si algo dejó este ciclo de la Selección es la certeza de que, incluso en la derrota, Argentina sigue siendo un equipo capaz de incomodar a quienes creían tener el monopolio del relato futbolístico.