La llegada de la primavera suele estar asociada con días más largos, temperaturas agradables y una mayor cantidad de actividades al aire libre. Sin embargo, no todas las personas atraviesan el cambio de estación de la misma manera. Para algunos, el aumento de las horas de luz puede coincidir con desgano, dificultades para dormir, tristeza y una pérdida de interés por actividades que antes disfrutaban.
Aunque pueda parecer contradictorio, estos cambios pueden estar relacionados con el trastorno afectivo estacional (TAE), una forma de depresión vinculada con determinadas épocas del año y con las modificaciones en la exposición a la luz solar.
Cuando el reloj biológico tiene que adaptarse
Una de las claves está en el reloj biológico del organismo, ubicado en una estructura del hipotálamo y estrechamente relacionado con los ciclos de luz y oscuridad. Este sistema regula procesos como el sueño, la vigilia y la producción de melatonina, una hormona que interviene en el descanso y que también tiene relación con el estado de ánimo.
“Cuando cambia el patrón de luz y oscuridad, nuestro organismo necesita adaptarse a este nuevo ciclo”, explicó Angélica Farías, académica de la Escuela de Enfermería de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
Para la mayoría de las personas, ese proceso de adaptación ocurre sin mayores consecuencias. Pero existe un grupo con una mayor vulnerabilidad biológica y genética frente a estos cambios.
El psiquiatra Paul Vöhringer, de la Universidad de Chile, señaló que existe una susceptibilidad previa, relacionada en parte con factores hereditarios y genéticos, que puede favorecer la aparición de este tipo de cuadros.
Además, la llegada de la primavera puede sumar otro factor: las expectativas sociales. En una época asociada culturalmente con la alegría, los encuentros y las actividades al aire libre, quienes atraviesan un episodio depresivo pueden sentir que deberían estar disfrutando y no lo consiguen.
Esa contradicción puede generar todavía más frustración, aislamiento, culpa e incomprensión.
Quiénes tienen mayor riesgo
El trastorno afectivo estacional puede presentarse en distintas personas, aunque algunos grupos tienen una mayor vulnerabilidad. Entre ellos aparecen:
- Mujeres jóvenes, especialmente entre los 20 y los 40 años.
- Personas con antecedentes de depresión o trastorno bipolar.
- Quienes tienen familiares que atravesaron cuadros similares.
- Personas que viven en regiones alejadas del Ecuador, donde las variaciones estacionales en la cantidad de luz son más marcadas.
Según Vöhringer, el TAE se presenta entre dos y tres veces más en mujeres que en varones.
Los cambios estacionales también pueden resultar especialmente relevantes para quienes presentan trastornos del estado de ánimo dentro del espectro bipolar. La psiquiatra Vania Martínez, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, señaló que el pasaje del invierno a la primavera puede generar alteraciones del ánimo en algunas de estas personas.
¿Un simple bajón o algo más?
La pregunta clave es cuándo una sensación pasajera de tristeza o cansancio deja de ser simplemente un mal momento y requiere atención profesional.
Entre las señales que deberían llamar la atención aparecen una tristeza persistente durante al menos dos semanas, la pérdida de interés o placer por actividades habituales, alteraciones del sueño, cambios en el apetito y un deterioro en la vida cotidiana.
También puede aparecer una sensación persistente de falta de energía o dificultad para realizar actividades que anteriormente formaban parte de la rutina.
En estos casos, no se trata de obligarse a “ponerle buena onda” porque llegó la primavera. Tampoco de interpretar la depresión como una falta de voluntad. Los especialistas remarcan que pedir ayuda es una herramienta de cuidado y no una señal de debilidad.
Rutinas, descanso y acompañamiento
Existen algunas medidas que pueden contribuir a atravesar mejor los cambios estacionales. Mantener horarios regulares, realizar actividad física y cuidar el descanso son algunas de ellas. También puede ser útil reducir el uso de pantallas durante la hora previa a dormir.
La exposición a la luz también cumple un papel importante, aunque debe adaptarse a cada persona. En determinados casos, realizar ajustes en la exposición a la luz durante la mañana puede ayudar a facilitar la adaptación del organismo al nuevo ciclo.
Pero además de las estrategias individuales, el entorno puede tener un papel fundamental. Familiares y amigos pueden detectar cambios que la propia persona no advierte. Escuchar, observar y acompañar sin juzgar son algunas de las herramientas más importantes. El objetivo no es diagnosticar sino estar atentos y facilitar que la persona pueda buscar ayuda cuando la necesite.
Los cuadros leves pueden abordarse mediante psicoterapia, mientras que los casos de mayor intensidad pueden requerir además tratamiento farmacológico, siempre indicado y supervisado por profesionales de la salud.
Fuente: Agencia DIB