Cada año, cuando se anuncia el Premio Nobel de Literatura, el mundo vuelve durante unos días a hablar de libros. Aparecen nombres de escritores que muchos conocen de oído, otros que corren a buscar en internet y algunos que, quizás, nunca llegarán a leer. Celebramos a quienes hicieron de las palabras una forma de comprender el mundo mientras vivimos en una época en la que cada vez nos cuesta más detenernos a leerlas.
El último refugio de la pausa
En una época dominada por la velocidad, las pantallas y el consumo permanente de información, la lectura se convierte en un refugio para la reflexión y la imaginación. El Premio Nobel de Literatura vuelve a poner en valor el poder de las palabras.
Este año el Nobel fue para la escritora, poeta y traductora canadiense Anne Carson, reconocida por una obra que dialoga con la tradición clásica y que, según la Academia Sueca, creó nuevas formas para la literatura contemporánea. Y quizás el premio llegue en un momento especialmente significativo. Mientras seguimos otorgándole a la literatura uno de los mayores reconocimientos culturales del planeta, leer parece haberse convertido, para muchos, en una actividad que compite en clara desventaja con todo lo demás.
Un libro pide tiempo y silencio
Tenemos poco tiempo o eso decimos. Miramos el teléfono mientras esperamos el colectivo, mientras tomamos un café, mientras hacemos una fila, incluso mientras vemos una película. Estamos acostumbrados a que todo suceda rápido, a que una pantalla nos entregue estímulos constantemente, a pasar de una imagen a otra antes de que la anterior haya terminado de decirnos algo. Un libro pide exactamente lo contrario. Pide tiempo. Pide silencio. Pide atención. Y quizá por eso leer se haya convertido, en cierto sentido, en un pequeño acto de resistencia.
No se trata solamente de nostalgia por aquellos tiempos en los que la gente leía más libros. Tampoco de afirmar que todo lo que ocurre en internet es superficial o que las nuevas generaciones dejaron de pensar. El problema parece ser otro: qué sucede con nuestra capacidad de concentración cuando nos acostumbramos a no permanecer demasiado tiempo en una misma idea.
La ciencia viene encontrando razones para tomar en serio esa pregunta. Una revisión de 70 experimentos sobre los efectos cognitivos de la lectura de ficción encontró beneficios pequeños pero significativos, particularmente relacionados con la empatía y la capacidad de comprender los estados mentales de otras personas. Es decir, leer una historia no solamente puede entretenernos, también puede ejercitar nuestra capacidad de entrar, aunque sea imaginariamente, en la cabeza y en la vida de alguien distinto de nosotros.
Leer nos obliga a imaginar
Otra investigación reciente, que reunió 163 estudios sobre la actividad cerebral durante la lectura, confirmó que leer involucra una compleja red de regiones cerebrales vinculadas con el lenguaje y el procesamiento de palabras, oraciones y textos.
De alguna u otra forma, leer nos obliga a imaginar lo que no está. Una película nos muestra el rostro de un personaje pero un libro nos obliga a construirlo. Una pantalla nos ofrece una imagen terminada pero una novela deja espacios vacíos para que nuestra imaginación los complete.
Una historia nos pone delante de una vida ajena y nos permite habitarla durante unas páginas.
Por eso la literatura nos recuerda que no todo puede ser inmediato, visible, resumible o explicado en pocos segundos. Hay pensamientos que necesitan tiempo. Hay emociones que necesitan palabras. Hay preguntas que no admiten una respuesta rápida. Y hay partes de nosotros mismos que solamente conseguimos reconocer cuando alguien más las escribe.
Tal vez por eso preocupa que leer se vuelva cada vez más excepcional. No porque vayamos a convertirnos de repente en una sociedad sin cultura, sino porque podríamos acostumbrarnos a una cultura sin pausa. A saber muchas cosas y comprender cada vez menos. A recibir información permanentemente sin darnos el tiempo necesario para transformarla en pensamiento.
El problema es que podemos estar perdiendo el hábito de quedarnos con una idea el tiempo suficiente como para que esa idea nos cambie, y eso también tiene una dimensión social. Una sociedad que lee puede encontrarse con otras voces, otras épocas, otras culturas, otras maneras de vivir. Puede descubrir que aquello que considera obvio no siempre lo fue. Que aquello que cree imposible ya sucedió. Que aquello que piensa que solamente le ocurre a ella también fue sentido, sufrido o soñado por alguien en otro lugar y en otro tiempo.
La literatura amplía nuestra experiencia sin necesidad de que nos movamos de una habitación.
Quizás por eso el Nobel de Literatura sea algo más que un premio para un escritor. Es también una declaración sobre el valor que una sociedad decide darle a las palabras. Y este año, mientras celebramos a Anne Carson y su capacidad para encontrar nuevas formas de decir, quizás deberíamos preguntarnos: ¿qué lugar estamos dejando para esas palabras en nuestra propia vida?
Porque podemos tener acceso a millones de libros y leer cada vez menos. Podemos estar rodeados de información y tener cada vez menos tiempo para pensar. Podemos comunicarnos todo el día y, sin embargo, escuchar cada vez menos.
Tal vez leer sea una de las pocas actividades que todavía nos obliga a hacer algo que el mundo moderno parece haber olvidado: detenernos. Detenernos frente a una frase. Frente a una historia. Frente a una idea. Frente a nosotros mismos.
La verdadera importancia está en que la literatura consigue hacernos mirar de otra manera aquello que creíamos conocer.
En tiempos en los que todo parece pedirnos velocidad, leer puede ser una forma silenciosa de recuperar algo que no deberíamos perder: la capacidad de pensar antes de responder, de imaginar antes de juzgar y de escuchar una voz diferente a la nuestra.
Fuente: Agencia DIB