jueves 24 de septiembre de 2026
23 de septiembre de 2026 - 23:22

¿El mes tiene 20 días?

Para muchos argentinos, el dinero se termina antes que el calendario y llegar a fin de mes se convirtió en un ejercicio permanente de postergacione

Hay una forma de cansancio que se siente cada vez con más frecuencia. El cansancio de hacer cuentas.

¿Cuánto entra? ¿Cuánto sale? ¿Qué podemos comprar? ¿Qué tenemos que postergar? ¿Cuántas horas más trabajar? ¿Qué gasto podemos evitar? ¿Qué deseo puede esperar?

En Argentina nos acostumbramos tanto a hablar de la economía que, a veces, olvidamos que detrás de cada número hay una vida. Un alquiler, una familia, una persona que trabaja, alguien que dejó de hacer algo que quería hacer porque no podía pagarlo. Y hay una frase que se volvió cada vez más habitual y que dice mucho más de lo que parece: “Para mí, el mes termina el 20”.

No es que el calendario haya cambiado. No es que el mes ahora tenga ahora veinte días. Es que para muchas personas el dinero se termina antes que el mes. Y cuando se termina el dinero, empieza otra clase de espera: esperar el sueldo, esperar la tarjeta, esperar cobrar, esperar que alcance.

Entonces los últimos diez días del mes parecen pertenecer a otra vida.

Una vida en la que se calcula todo. El “después vemos” que empieza a convertirse en una forma de vivir.

Sólo números

La inflación de agosto fue del 1,7%, según el INDEC. La desocupación llegó al 7,9% en el segundo trimestre de 2026 y la actividad económica mostró un crecimiento interanual del 2%, aunque el PBI desestacionalizado cayó 0,6% frente al trimestre anterior.

Son números. Pero los números tienen una extraña capacidad de esconder aquello que intentan describir.

Quizás uno de los grandes costos de las crisis no sea solamente cuánto dinero perdemos, sino cuánto tiempo de nuestra vida empezamos a entregar para compensarlo.

El tiempo hoy es un recurso extraño: podemos recuperar dinero, cambiar de trabajo, volver a empezar. Pero una hora que se fue no vuelve.

Por eso hay una pregunta social que pocas veces aparece cuando hablamos de economía: ¿quién tiene derecho al tiempo?

Nunca tenemos tiempo

Porque no todos lo tienen de la misma manera. Hay quienes pueden trabajar menos para descansar. Hay quienes necesitan trabajar más para sostener una casa. Hay quienes pueden estudiar después del trabajo y quienes llegan tan agotados que solamente pueden dormir. Hay quienes tienen tiempo para acompañar a sus hijos, visitar a sus padres, ver a un amigo, cocinar, leer, caminar, y hay quienes viven corriendo de una obligación a otra.

Incluso el descanso se esta convirtiendo en un privilegio.

Quizás por eso nuestra época tiene una contradicción enorme: tenemos más herramientas para ahorrar tiempo que nunca, pero sentimos que nunca tenemos tiempo.

Corremos para trabajar. Corremos para producir. Corremos para responder mensajes. Corremos para informarnos. Corremos para consumir. Y cuando finalmente tenemos un rato libre, muchas veces estamos demasiado cansados para disfrutarlo.

Mientras tanto, hay una generación entera aprendiendo a postergar.

Postergar el viaje, la casa, los hijos, el proyecto. El cambio de trabajo. La salida. El descanso. A veces hasta el deseo.

Y no se trata de romantizar la pobreza ni de desconocer la importancia de que una economía crezca. Al contrario: una sociedad necesita estabilidad, empleo, ingresos y oportunidades. Pero quizás también necesitamos preguntarnos para qué queremos todo eso.

Porque si la economía mejora pero seguimos sintiendo que no tenemos tiempo para vivir, algo de la conversación queda incompleto.

Menores pobres

El dato que más debería interpelarnos quizás sea otro: durante el segundo semestre de 2025, el 42,3% de los menores de 18 años relevados por la EPH (Encuesta Permanente de Hogares) se encontraba en situación de pobreza. Entre los adolescentes de 12 a 17 años, el porcentaje llegaba al 45%.

Eso no es solamente una estadística sobre ingresos, sino una pregunta sobre el futuro.

Una sociedad no solamente se mide por lo que produce hoy, también lo hace por las posibilidades que consigue preservar para quienes todavía están creciendo.

Quizás necesitamos recuperar una idea que parece antigua pero es profundamente moderna: vivir no debería ser solamente llegar.

Llegar a fin de mes. Llegar al viernes. Llegar a las vacaciones. Llegar al próximo sueldo. Llegar al próximo año ¿Y mientras tanto?

Hay una parte de la vida que no aparece en ningún índice económico, ni se mide en puntos porcentuales ni en unidades monetarias.

Es el tiempo que tenemos para sentarnos sin hacer nada, para aburrirnos incluso.

Tal vez una sociedad verdaderamente próspera no sea solamente aquella en la que las personas pueden comprar más, tal vez también sea aquella en la que pueden vivir un poco más despacio sin sentir culpa.

Porque al final, todos hacemos cuentas.

La pregunta es si, en algún momento, cuando hagamos la cuenta más importante de todas, vamos a descubrir que conseguimos llegar a fin de mes, pero nos quedamos sin tiempo para vivirlo.

La Eph es una de las grandes actividades que realiza el indec para destacar la importancia de la forma de vida que tienen los niños, niñas y adolescentes de nuestro país.

Una manera correcta de leerlo es buscar la forma de encausar tanta desproporciónele en función del trabajo informal.

Dentro de ese análisis, también entra un enfoque social preocupante: toda una generación queda afuera de los querealmente sucede, no hay previsibilidad, no hay incentivo y desde esa base, tampoco futuro.

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