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11 de agosto de 2026 - 16:40

El país de las diferencias

Una eventual visita de León XIV a la Argentina tendría un significado que iría mucho más allá de lo religioso. Su presencia podría funcionar como un espejo para preguntarnos qué sociedad estamos construyendo y si todavía somos capaces de convivir con quienes piensan, sienten o creen diferente.

Hay visitas que cambian agendas y hay visitas que obligan a mirarnos al espejo. La del Papa a la Argentina, todavía esperada y cargada de simbolismo, pertenece a la segunda categoría. Más allá del acontecimiento religioso, una visita papal en este momento del país sería, sobre todo, una conversación sobre quiénes somos y cómo estamos conviviendo.

Argentina siempre tuvo una identidad plural. No porque haya evitado los conflictos, sino porque aprendió a vivir con ellos. Es un país construido por inmigraciones, por credos distintos, por tradiciones políticas enfrentadas, por generaciones que discutieron intensamente y, aun así, compartieron escuelas, clubes, universidades, sindicatos, parroquias, barrios y plazas. El pluralismo argentino nunca fue perfecto, pero durante mucho tiempo funcionó como una cultura: la idea de que el otro podía pensar distinto sin dejar de pertenecer.

Esa cultura parece hoy más frágil.

El gobierno de Javier Milei llegó con un discurso que interpela el enojo social y la desconfianza hacia las instituciones. Muchos argentinos lo votaron buscando un cambio profundo, y ese apoyo es legítimo en una democracia. Pero también es cierto que el clima público se volvió cada vez más áspero. La confrontación dejó de ser una herramienta política para convertirse, muchas veces, en una forma de identidad.

Una sociedad que escucha poco

Ya no alcanza con disentir: hay que descalificar. El adversario es presentado como enemigo, el periodista como operador, el científico como privilegiado, el artista como militante, el sindicalista como mafioso, el opositor como traidor. Las redes sociales amplifican esa lógica y la política la reproduce. El resultado es una sociedad que habla mucho, pero escucha poco.

En ese contexto, la figura del Papa adquiere un significado que trasciende la religión. Francisco primero, y ahora León XIV como sucesor al frente de la Iglesia, representan una tradición que insiste en algo que hoy parece casi contracultural: el encuentro. No el acuerdo permanente, sino la posibilidad de sentarse con quien piensa distinto. No la uniformidad, sino la convivencia.

Por eso una visita papal tendría un peso simbólico enorme, no porque vaya a resolver la inflación, el empleo o la pobreza, ningún líder espiritual puede hacer eso, pero sí podría recordar una idea que la Argentina necesita recuperar: que una comunidad no se sostiene únicamente por indicadores económicos, sino también por la calidad de sus vínculos.

Discutir sin destruir

El pluralismo es una condición para atravesar las crisis sin rompernos. Cuando una sociedad pierde la capacidad de reconocer legitimidad en el otro, la democracia empieza a empobrecerse incluso antes de que se deterioren sus instituciones.

La democracia no vive solo en las elecciones; vive en el lenguaje, en el respeto y en la posibilidad de discutir sin destruir.

La pregunta no es cuándo vendrá el Papa sino qué país encontrará cuando venga.

¿Uno donde las diferencias sigan siendo una riqueza incómoda pero compartida? ¿O uno donde cada argentino solo reconozca como compatriota a quien piensa exactamente igual?

Las visitas importantes no siempre traen respuestas. A veces traen preguntas. Y quizás la más urgente para la Argentina de hoy sea si todavía creemos que es posible construir un futuro común entre personas que no rezan, no hablan ni sienten de la misma manera.

Si esa respuesta se vuelve imposible, entonces el problema ya no será la ausencia de un Papa, será la ausencia de un nosotros.

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