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02/08/2022
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Rehenes, mucho alcohol y una puñalada que terminó con una vida marcada por el delito 

Hace 20 años ocurrió una de las tomas más famosas en el país. Tres delincuentes, uno de ellos de 14 años, irrumpieron en un supermercado de Lanús. Todo se resolvió sin víctimas. Pero el menor siguió el camino del hampa y terminó asesinado este año.

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El frío invierno de 2002 se convirtió en segundos en una caldera dentro del supermercado Eki de Gerli. Con el sol escondido, tres jóvenes, de 14, 18 y 19 años, ingresaron al lugar con la intención de robo. El plan era alzarse con la recaudación y escapar rápidamente. Pero la necesidad de llevarse más billetes y el paso fortuito de un patrullero por esa calle hicieron que el plan quedara trunco. Todo terminó en una toma de rehenes que mantuvo cautivos, además de las 19 personas que estaban en el lugar, a millones de argentinos que siguieron por horas el desenlace frente al televisor. 

Corría la tarde del viernes 19 de julio cuando Miguel Ángel Burgo, de sólo 14 años y apodado como “Chucky” o “Miguelito”, entró al supermercado del partido de Lanús junto a dos cómplices: Gustavo “El Oreja” González y Cristian “Chispita” Verón. Minutos antes se había ido el policía que hacía horas extras en la cuadra del local.

Los asaltantes iban armados con pistolas calibre 9 milímetros y lo primero que hicieron fue tomar de las cajas unos 2.000 pesos (algo así como 120.000 pesos actuales). En ese momento había dentro del local once mujeres, tres chicos y cinco hombres, entre empleados y clientes.

Sin embargo, el trío se tentó con el dinero de la caja de seguridad. Para ello debían esperar algo más de media hora para que se abriera con un sistema de reloj. “Apaguemos las luces, cerremos la puerta con llave y esperemos”, dijeron, mientras amenazaban con matar a uno de los empleados.

Un patrullero que pasó por la avenida Pavón al 2300 notó la falta de luz y movimientos raros en el interior. Un policía se bajó y un asaltante se puso la campera del custodio del supermercado, a quien habían obligado a vestirse con el delantal del carnicero. Juntos fueron a la puerta y dijeron que el local estaba cerrado por un corte de luz. El efectivo no les creyó y mandó una alerta. Cuando se dispusieron a salir, el lugar estaba rodeado de policías. “Está toda ‘’la gorra’ afuera”, dijo uno de los cacos, y empezó la tensión.

La toma de rehenes de 2002 en el supermercado Eki. (Agencia DIB)

Interior caliente

Lo que siguió fueron cuatro horas de un trágico show trasmitido hasta el más mínimo detalle por la televisión. Las cámaras apuntaban al interior del local, desde donde llegaban imágenes alarmantes. Los tres jóvenes apuntaban a la cabeza de los rehenes, a quienes utilizaban de escudos, le gritaban a la Policía y se temía lo peor.

Mientras unos 300 policías rodeaban el supermercado, en el interior se vivían momentos de mucha tensión, agravados por el consumo de alcohol de los delincuentes. “Chucky”, no solo rompía cosas sino comía fiambres, papas fritas, dulce de leche y tomaba todo lo que encontraba a su paso, estuviera con frío de heladera o natural. Cerveza, ananá fizz, sidra, ginebra y whisky pasaron por su cuerpo.

El rating crecía en paralelo con la borrachera del joven de 14 años, quien por momentos apenas se sostenía en pie, insultaba a los policías y hacía presagiar un final fatal. De hecho, trascendió después que la Policía estuvo tres veces a punto de irrumpir a tiros en el lugar para terminar con la toma.

Esos momentos fueron cuando pasadas las 21.30 los asaltantes apuntaron a las cámaras de televisión; a las 22, cuando uno llevó a una de las rehenes a la puerta con una pistola en la cabeza, y a las 22.30 cuando dispararon al aire. El entonces jefe de la Departamental de Lomas de Zamora y del operativo, Claudio Smith, casi da la orden de comenzar el plan de “emergencia” para matar a los tres asaltantes y preservar la vida de los rehenes. Desde una casa particular a metros de la toma, el comité de crisis definía los pasos a seguir. Probablemente el comisario no tuvo el visto bueno de Juan Pablo Cafiero, quien era ministro de Seguridad de Felipe Solá. La denominada “Masacre de Ramallo” aún sobrevolaba este tipo de operativos.

El desenlace 

Como prueba de buena voluntad, dejaron salir a una mujer con sus dos hijos, y a otro chico de 12 años. Mientras, buscaban por dónde escapar: pensaron en subir al techo y pasar a la casa de atrás. Pero unas rejas se lo impidieron.

El fiscal general de Lomas de Zamora, su adjunto, el fiscal de turno, la jueza de menores, un psicólogo y dos negociadores lograron convencer a los delincuentes que lo mejor era deponer las armas. Sobre la medianoche, “Chucky” terminó de convencerse que era lo mejor, solo después de hablar con su mamá por teléfono. Salió del lugar tambaleando, aún por los efectos del alcohol en su joven cuerpo.

Al poco tiempo, González y Verón fueron juzgados mientras que Burgo fue alojado en un instituto del Consejo Provincial del Menor y la Familia. Pese a que había sido detenido a los 13 años por una pelea entre barras en Avellaneda, lo cierto es que se buscó encauzarlo y que pueda terminar la primaria. Pero el sistema falló.

En 2008 Burgo cayó como jefe de una organización dedicada a secuestros exprés en el conurbano. A partir de allí pasó la mayoría de sus días tras las rejas de diferentes cárceles. Y todo llegó a su final en mayo de 2022, cuando “Chucky” murió de una puñalada hecha por un hombre al que él y una banda de ladrones había emboscado con la falsa venta de un auto. Todos pudieron escapar, salvo Burgo, que terminó desplomado en la calle, solo, a veinte años de aquella toma de rehenes que lo marcó para siempre. (DIB) FD

 
 

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