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26/10/2020
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Ariel Sánchez, director de Masculinidades: “Hemos sido educados sobre mandatos que reproducen las violencias”

La pregunta sobre los varones, las relaciones de género y las desigualdades es fundamental para la transformación social que encarnan los feminismos.

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Por Marien Chaluf, de la redacción de DIB

La pregunta sobre los varones, las relaciones de género y las desigualdades se vuelve fundamental en el marco del proceso de transformación social que encarnan los feminismos y los colectivos de la diversidad sexual. ¿De qué hablamos cuando hablamos de masculinidad hegemónica? ¿Sobre qué mandatos normativos fuimos educados y educadas? ¿Por dónde se empiezan a desaprender las pautas culturales que favorecen la reproducción de las violencias?

El Ministerio de las Mujeres, políticas de Género y Diversidad Sexual, que encabeza Estela Díaz, creó la Dirección de promoción de las masculinidades por la igualdad. En diálogo con DIB, su titular, Ariel Sánchez, explicó cuáles son las formas estructurantes de la identidad masculina y cómo operan en la reproducción de las violencias.

“La idea de la Dirección es avanzar en dos líneas: una más vinculada a la promoción y a la prevención, y otra a lo que tiene que ver con hacer un fortalecimiento y un seguimiento de los espacios que trabajan con varones que ejercen violencia. La verdad es que en este contexto se potenció mucho más el segundo trabajo porque se recrudecieron algunas situaciones de violencia”, sostuvo Sánchez.

Es que la pandemia no solo puso en evidencia aún más las desigualdades de género existentes en torno a la distribución de las tareas de cuidado, sino que además muchas mujeres quedaron conviviendo con sus agresores, y los llamados a la línea 144 se incrementaron notablemente. Según el relevamiento que realiza la ONG La Casa del Encuentro, hubo 82 femicidios desde el inicio de la cuarentena, la expresión más extrema de la violencia machista.

En tanto, respecto a la línea de prevención y promoción de la Dirección, Sánchez explicó que apunta a cuestiones más de índole educativo “que tiendan a desarmar los mandatos normativos de masculinidad, sobre todo los vinculados a la autosuficiencia, a la idea de potencia permanente, a la huida de las tareas de cuidado y a pensar cómo la práctica de someter a las otras personas se vuelve una forma estructurante de la identidad masculina y de sus modos de socialización”.

¿Cuáles son los mandatos normativos de masculinidad que quedaron más expuestos con la pandemia?

Por un lado, se puso en evidencia sobre qué respuestas hemos sido educados los varones. Ante situaciones de incertidumbre, nos damos cuenta que quienes han sido socializados en esta masculinidad hegemónica muchas veces no saben cómo responder si no lo hacen a través del enojo o de la rabia. Muchas veces los varones no cuentan con un abanico de herramientas emocionales para responder a eso, en definitiva, han sido educados para que sus respuestas sean el ejercicio de la violencia o negar las emociones. Por el otro, quedó aún más de manifiesto la desigualdad ya existente en la distribución de las tareas de cuidado: quién cuida la casa, a los otros y quién se cuida a sí mismo. Es decir, pudimos ver cómo los mandatos vinculados a la masculinidad respecto de la autosuficiencia y de mostrar potencia permanente, atentan contra ciertas políticas de cuidado hacia los otros y también de autocuidado.

¿Cómo puede equilibrarse la balanza?

Por ejemplo, con políticas públicas que den cuenta de la acción de paternar. El trasfondo de los pocos días de licencia para los varones cuando nace un hijo pone en relieve qué el lugar reservado socialmente para ellos es el de resolver los trámites, pero después deben volver a su trabajo, a su lugar de “proveedores”. Lo que se asume así es que son las mujeres quienes deben cuidar siempre. Generar condiciones para construir relaciones de igualdad en la vida privada es fundamental. Hubo muchos cambios en el orden de lo público, más allá de lo que todavía falta, pero eso no tuvo su correlato en el ámbito privado. Lo que sucede ahora es que muchas mujeres ocupan el lugar de proveedoras, pero al mismo tiempo recaen en ellas las tareas de cuidado. Es necesario desnaturalizar la idea de que son las mujeres las que deben cuidar. Hay pautas culturales que siguen bregando por esto. Por eso es necesario incluir estos debates en los programas educativos.

“Hubo muchos cambios en el orden de lo público, pero eso no tuvo su correlato en el ámbito privado”.

“”

¿Cómo se educa a las niñeces para que no reproduzcan esas pautas?

Los niveles iniciales educativos no solo forman en los contenidos explícitos que están dentro de la currícula sino que también conforman subjetividades. Entonces, además de construir contenidos que apunten a pensar estas tareas de cuidado en la igualdad, hay que empezar a valorar en niños, niñas y niñes actitudes más amplias o emociones, que no sean orientadas o ligadas al género. Es decir, dejar de castigar algunas emociones y exaltar otras. Si bien eso se ha flexibilizado, se ha educado a las niñeces en masculinidades normativas que son temerarias, dispuestas al riesgo, al peligro, siempre a la acción física; en el no cuidado, en el no preocuparse por las lastimaduras y en el “no llores que ya pasa”. La educación en las posibilidades o no de acción en los juegos también van posicionando los roles y los lugares en la sociedad: quiénes se expanden en un patio en el recreo y para quiénes queda reservado un pequeño espacio, eso educa emocionalmente. Antes eso se daba a través de los rincones de juegos: a qué jugaban los varones y a qué las nenas. Repensar todo eso ayuda a subjetivar otros modos de ir construyendo imágenes de cuidadores y cuidadoras que no sean siempre las mujeres.

¿Cómo funciona la grupalidad entre varones en el sostenimiento de los mandatos y pactos de silencio?

Está esa idea de “hacerse varón” y para eso te deben reconocer como tal en la sociedad, y ese reconocimiento, esa validación, se da entre pares fundamentalmente. Muchas de las acciones que dan cuenta de la autosuficiencia, de la potencia, de no mostrar fragilidad, de mostrar el sometimiento de otras personas, está vinculado a la necesidad de exhibir ese accionar masculino. Por eso, en el grupo de varones hay muy poco lugar para hablar en serio, para exponer fragilidad, para el llanto, o para demostrar cierto afecto. A los varones se los educa en juegos de sometimiento, en tener que demostrar cuestiones de la potencia sexual, en no hablar de las incomodidades. Pero también en la grupalidad se genera algo que tiene que ver con la complicidad y el silencio. Nos educaron en que había cosas que quedaban “entre la banda”. Dejar de sostener esa complicidad muchas veces termina en un castigo, y por eso en ocasiones se prefiere el silencio, pero el silencio colabora en la reproducción de situaciones de violencia. Muy pocas veces son varones los que están involucrados en el acompañamiento a las mujeres a realizar una denuncia. Hay que desarmar esos pactos de silencio porque implican sostener una complicidad.

Cuándo los feminismos empezaron a ganar terreno en la agenda pública, comenzaron a escucharse frases del estilo “Ya no se puede decir/hacer nada”. ¿Cómo se pasa de eso a desaprender las pautas culturales?

Que exista en el Estado una Dirección y una línea que ponga en evidencia esto, es hacerse cargo de lo que generó el contexto con los feminismos y con los movimientos de la diversidad sexual. Es un paso importante. Lo que hay que hacer ahora es potenciar el trabajo entre varones, que empiecen a existir espacios donde los varones puedan hablar de estas cosas. Como Estado tenemos la obligación de construir materiales, programas educativos y productos comunicacionales que ayuden a disparar la reflexión y que, al mismo tiempo, posibiliten que quienes rompen con los pactos de silencio, tengan lugares para habitar también.

Mucho se discute sobre este punto: ¿cuál crees que debe ser el rol de los varones en los movimientos de mujeres?

Primero creo que no hay apurarse por colgarse el cartel sobre si sos o no feminista, sino que se trata de incorporar una mirada. Y parte de eso es empezar a cortar el pacto silencioso y los lazos de complicidad en los grupos. Más que hacer pública la posición, se debe llevar adelante una política educativa en desarmar esos pactos entre pares, que siguen sosteniendo muchas formas de reproducción de la violencia. Individualmente a veces hay transformaciones, pero en los espacios de grupalidad vuelven a reproducirse. Creo que lo fundamental es además desarrollar una escucha y estar atentos a qué nos están diciendo que tenemos que transformar.

Material audiovisual de la campaña #SalgamosMejores de la Dirección de Masculinidades por la igualdad.

 
 

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