Luis Castruccio, el albañil que trabajó en la fundación de La Plata y terminó condenado por envenenador

El genovés llegó al país en 1878. Trabajó en varios oficios pero los problemas de dinero eran una constante en su vida. Para buscar una solución, decidió matar a otro inmigrante. Buscó engañar a una compañía de seguros pero terminó preso. Fue condenado a muerte e indultado.

La increíble historia de Luis Castruccio. (Agencia DIB)

Por Fernando Delaiti, de agencia DIB

La ciudad portuaria de Rapallo, ubicada en la Liguria, es hoy una de las joyas secretas de Italia, ya que cuenta con hermosas playas, clima templado, hoteles de lujo y arquitectura histórica. Ubicada a unos 24 kilómetros al sureste de Génova, supo ser en el pasado escenario de varias conquistas de los lombardos, los otomanos, los piratas de África del Norte y los invasores franceses. Desde allí partió en 1878 Luigi Castruccio, un joven de baja estatura pero de cuerpo tallado, y que tenía el sueño (y la necesidad) de encontrar en América un futuro mejor.

Tras desembarcar en el puerto de Buenos Aires, Luigi pasó a llamarse Luis. Y con sus 20 años, siguió en principio el camino de muchos de los italianos que arribaban al país: ganarse la vida como albañil. También deambuló por otros oficios, como peón de frigorífico, sereno, corredor de comercio. Y pese a sus años de sacrificio y anonimato, su vida terminó en las primeras planas de la prensa de la época, ya que este hombre de ojos claros y protuberantes se transformó en el personaje más famoso de las crónicas policiales al ser considerado el primer envenenador del Río de la Plata.

Hacia 1883, meses después que una multitud se reuniera en un pastizal en las Lomas de la Ensenada a unos 60 kilómetros de Buenos Aires para fundar La Plata, el gobernador Dardo Rocha avanzó con su sueño de construir la ciudad capital y para ello necesitaba gente. Y hasta ahí se fue Castruccio, en busca de trabajo y dinero, algo que escaseaba en sus días. 

Tras un tiempo de sacrificio y de haber participado en la construcción de las diagonales, avenidas y edificios públicos que avanzaban a un ritmo vertiginoso, en 1888 el genovés regresó a Buenos Aires. Para esa altura ya manejaba bien el castellano, que se reflejaba en su labia y el énfasis con el que gesticulaba.

Los ahorros de su paso por la capital provincial empezaron a esfumarse y rápidamente volvió a una vida similar a la que tuvo cuando desembarcó en el país. Pero la ambición por el dinero siempre siguió presente en sus días y lo llevó, según los especialistas que estudiaron su caso, a una “ausencia total de sentido moral”.

Omnipotente, misógino y ciclotímico, los fracasos lo sumían en depresión y hasta pensó más de una vez en suicidarse. Pero optó por un camino alternativo: quitarle la vida a otra persona para así solucionar sus problemas económicos. Estaba seguro de que podría engañar a todos.

El plan: paso a paso

Lo primero que planificó Castruccio era engañar a alguien. En momentos en donde vivían algo más de 400 mil personas en Buenos Aires, y la mitad eran extranjeras, pensó que una de éstas era la víctima ideal. Los migrantes llegaban en masa, pero en su mayoría solos, sin entorno en quien apoyarse.   

Para captar a su víctima, publicó un aviso en un diario pidiendo un sirviente para su modesta vivienda, que en realidad subalquilaba a otros inmigrantes. Quien cayó en la trampa fue Alberto Bouchon Constantin, un francés de 24 años recién llegado a Buenos Aires desde su Fontenay-le-Comte natal.

Le ofreció casa, comida y una paga aceptable. A cambio debía ocuparse de la limpieza y de la cocina. Pero le dio un trato más cordial de lo habitual, para lo que eran las relaciones de patrones y sirvientes. Hasta compartía salidas con él.

Fue en ese contexto que dio un nuevo paso en su plan maquiavélico. Lo convenció de que firmara unos papeles, que en realidad eran un seguro de vida en la compañía “La Previsora del Hogar”. El único beneficiario era Castruccio, quien en los documentos del contrato de 10 mil pesos figuraba como cuñado del francés.

A partir de allí, entró en la etapa final de su idea: matar a Bouchon. Para eso, empezó a cada noche a embeber un pañuelo en cloroformo y aplicarlo en la cara del hombre que dormía. Pero no logró “el sueño eterno”. Luego mezcló en la comida pequeñas dosis de estricnina, lo que le provocaba un malestar insoportable. Pero “el amo”, inteligente y calculador, estaba siempre al lado de su “criado” y hasta lo llevó al médico para que no se sospechara de su plan.

Finalmente, el francés murió y fue enterrado, con un servicio fúnebre que fue abonado en efectivo por su patrón, en el Cementerio de la Chacarita. ¿Qué decía la certificación de la muerte? Congestión cerebral.

El final y la condena

La impaciencia le jugó una mala pasada a Castruccio, quien en agosto de 1889 se mostró ante la aseguradora insistente en el reclamo del dinero del seguro. A la compañía le llamó la atención el supuesto parentesco entre el italiano y el francés, y al hablar con vecinos se dieron cuenta que la relación era amo-sirviente. Además, contaron que su muerte había sido súbita, aunque precedida por acontecimientos extraños. Y allí se dio aviso a la Policía.

Los interrogatorios del jefe policial resultaron clave para confirmar las primeras sospechas, y el italiano incurrió en una contradicción tras otra. Además, le encontraron en la mesa de luz una especie de diario con anotaciones sobre lo que había hecho, y cuando exhumaron los restos e hicieron las pruebas, descubrieron que Bouchon había muerto por envenenamiento. 

El defensor de Castruccio alegó que padecía de locura moral. Sin embargo, el juez lo encontró culpable de homicidio simple, agravado por premeditación, y lo condenó a la pena de muerte, medida que ya era muy cuestionada por una parte de la sociedad.

El 22 de enero de 1890 debía ser ejecutado en la Penitenciaría Nacional, ubicada en los predios que hoy ocupa la plaza Las Heras, en la intersección de esa avenida con Salguero y con Coronel Díaz. Cuando estaba todo listo, un decreto del presidente Miguel Juárez Celman suspendió la pena, y el envenenador pasó el resto de sus días tras las rejas, alucinando, hablando con fantasmas y hasta inventando un aparato para reproducir la voz humana, una especie de grabador. El envenenador que se creía genio murió en el Hospicio de las Mercedes, el primer manicomio judicial del país. (DIB) FD