Un puente sobre el tiempo: las momias egipcias que Dardo Rocha regaló al Museo de La Plata

El fundador de la capital bonaerense estaba de viaje por Oriente cuando decidió comprar antigüedades en Egipto, que envió como obsequio al perito Moreno. Quería que se investigara la posible relación entre las culturas orientales y las americanas. Años después, se comenzó a hablar de la “maldición” de las momias.

La historia de las momias que están en La Plata. (Agencia DIB)

Por Marcelo Metayer, de la Agencia DIB

El Museo de Ciencias Naturales de La Plata, o simplemente el Museo, es un lugar de prodigios. Muchos van por los dinosaurios y otros por las culturas originarias de América. Pero hay allí un tesoro que también atrae gran cantidad de visitantes, más allá de su tenebroso origen: la colección de momias egipcias. En una sala del primer piso, al final del recorrido propuesto por los guías, están las piezas del templo de Aksha y dos preciosos sarcófagos cargados de inscripciones, encerrados en cajas de vidrio y que fascinan a los chicos. Pero a diferencia de las piezas del templo, que trajera el sabio Abraham Rosenvasser para salvarlas de una inundación, las momias llegaron a La Plata de la mano de su fundador, Dardo Rocha, como un regalo para el Museo. Las trajo, junto con otras piezas, por un motivo particular relacionado con una hipótesis arqueológica muy discutida.

Todo comenzó en 1887. El Museo abrió sus puertas en abril de ese año, cuando todavía no estaba terminado. Finalizaba el mandato del gobernador Carlos D’Amico y éste quería que la inauguración “fuera uno de los actos más importantes de su gobierno”, según cuenta Nicolás Colombo en “Misterios de la Ciudad de La Plata”. El edificio se había levantado en el Bosque por iniciativa de Francisco P. Moreno, que así le ganó a la idea inicial de levantar el edificio donde ahora está el Teatro Argentino, en la céntrica manzana de 9, 10, 51 y 53.

Por aquellos días el exgobernador Dardo Rocha estaba de viaje por Europa y Oriente. En una carta a Moreno fechada el 14 de marzo de 1888 afirma que “en enero estuve en Egipto y me preocupé de obtener algo para enviarle”. Ese “algo” se trataba de “dos momias, que le he hecho remitir a su dirección”. Rocha continúa: “No tengo aún los certificados pero según los informes una de ellas pertenece a la época de la XVIII o XIX dinastía. Al mismo tiempo que las momias conseguí una serie de objetos antiguos”.

Rocha agrega una frase clave: “Creo que convendría hacer una sección de antigüedades egipcias que podría fomentarse lentamente y que serviría para estudios comparativos con las antigüedades americanas”. Es que, según comentó la profesora Alicia Daneri de Rodrigo en una conferencia en 1981, “el doctor Dardo Rocha estaba interesado en la teoría sobre la supuesta existencia de contactos culturales entre las antiguas civilizaciones americanas y el Oriente”.

En otra carta con fecha de julio, Dardo Rocha afirma que “me parece que en el estudio de los antecedentes americanos es bueno no olvidar esos atrevidos navegantes cuya esfera de acción fue tan vasta y de los cuales se ha creído encontrar en América algunos vestigios”.

La que Mentet da

La cuestión es que en medio de estas elucubraciones lo que llegó al Museo fueron piezas procedentes del interior de tumbas. Entre ellas estaban lo que al principio se consideró tres momias, pero después se descartó una de ellas, que se creía que era de un niño, ya que se comprobó que solo era un paquete funerario compuesto de un cráneo adulto y un relleno de tela y resina.

Las otras dos son las momias cuyos sarcófagos atraen todas las miradas. Uno de ellos pertenece a una mujer llamada Tadimentet (“la que Mentet da”, en referencia a una diosa leona actualmente conocida como Menhit). Daneri de Rodrigo relata que sobre la tapa del sarcófago “está representada la figura arrodillada de la diosa Nut, considerada como protectora de los muertos, con las alas extendidas”.

Debajo de Nut hay una línea vertical con una inscripción: “Palabras dichas por Osiris, el que preside el Occidente, el dios bueno, señor de Abidos. Que él dé una invocación de ofrendas para el ka del Osiris Tadimentet, hija de Horhotep”.

El otro sarcófago es de un hombre, llamado Horwedjaw.

“No están quietos en sus tumbas”

“Qué suerte la de estos pobres egipcios, a los muertos no los dejamos quietos en sus tumbas”, comenta Rocha en una de sus cartas. La verdad es que pocas culturas han sido tan saqueadas como la del antiguo Egipto, pero además parece que los muertos tampoco se quedan tan “quietos en sus tumbas”. Toda momia tiene su leyenda, y las del Museo no podían ser menos, de modo que se habla de varias historias y hasta de una presunta “maldición”.

Nicolás Colombo cuenta que en la década de 1920, cuando la egiptología estaba en boca de todos por el reciente hallazgo de la momia del faraón Tutankamón, “el entonces director del Museo, Luis María Torres, había dado autorización para abrir los sarcófagos y estudiar la antigüedad de las momias egipcias”, pero “enfermó y tuvo que renunciar”. Su cargo fue tomado por el botánico Augusto C. Scala, que también se interesó por los restos pero lamentablemente murió tiempo después a causa de un infarto. Al poco tiempo enfermaron dos personas que habían participado en la apertura de los sarcófagos y uno de los empleados de limpieza del Museo falleció.

Allá por la década de 1980 las momias, que ya cargaban con su fama de “malditas”, fueron trasladadas al Sanatorio Argentino de La Plata para ser investigadas con un procedimiento novedoso. “El doctor González Toledo, aficionado a la egiptología, quiso sacarle tomografías a las momias”, asegura Nicolás Colombo. Así que hubo que transportar los sarcófagos hasta la clínica, en pleno centro de la ciudad. Roque Díaz, uno de los cuidadores del Museo, acompañó a un camillero en el traslado. Entraron con las momias a un ascensor para llevarlas a la sala de tomografías. Y el elevador se quedó trabado entre dos pisos. “El camillero estaba blanco como un papel y yo en broma, le digo: ‘Empezó a actuar la momia’”, afirmó Día. Permanecieron atrapados en el ascensor durante casi dos horas. ¿La maldición, otra vez?

Mientras tanto, las momias atraen multitudes, año tras año. La hipótesis que quería investigar Rocha, la conexión entre las culturas americanas y del Oriente, sigue siendo dudosa para los expertos. Pero los sarcófagos siguen ahí, tendiendo un puente entre los siglos. Un regalo que terminó atravesando el tiempo y que continúa formulando un interrogante mudo. (DIB) MM