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19/09/2022
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La búsqueda del tesoro del zapatero de los famosos que terminó en un triple crimen  

El nieto del creador de Pepe Cantero, mató a su abuela, su padre y la pareja de este. Ocurrió en una quinta de San Vicente. Junto a un amigo creían que había dinero enterrado en el lugar.

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Por Fernando Delaiti, de la agencia DIB

Osvaldo Canteros fue uno de los zapateros más reconocidos en las décadas de los ‘80 y ‘90. A través de la marca Pepe Cantero (sin s, como sí llevaba el apellido) sumó unos 300 comercios propios en la Argentina y otros ochenta con franquicias en países como Uruguay y Puerto Rico. Gracias a sus modelos de stilettos, realizados en cueros de cocodrilo, avestruz y reptiles, llegó a calzar a famosos e integrantes del jet set. Sin embargo, llegó un tiempo de crisis y de quiebra. Una leyenda decía que, antes de morir, había dejado enterrado en su quinta de la localidad bonaerense de San Vicente un sabroso tesoro. En alguna parte, unos 10 millones de dólares enriquecían la tierra del extenso jardín. Pero la fábula se mezcló con la ambición de un nieto de Canteros, y todo terminó en un triple crimen: el joven masacró a su padre, a su abuela y a otra mujer y, claro está, nunca dio con esos supuestos billetes.

Todo comenzó el 10 de enero de 2004. O mejor dicho, un tiempo antes, cuando Alex Canteros (18 años), nieto del zapatero, convenció a su amigo del barrio, Gustavo “Tito” Muñoz (31), que su abuelo no había quebrado sino que había escondido dinero en la quinta. Solo había que agarrar la pala y empezar a buscar. Para colmo, Muñoz, que había realizado rituales pseudorreligiosos, lo endulzó al asegurarle que en una sesión había podido confirmar que el dinero estaba enterrado en botellones junto a un árbol de mandarinas.

Sin embargo, Alex sabía que no era nada fácil ese desafío. Además de él, en la casona con pileta rodeada de un parque de casi media manzana, vivían su padre (uno de los hijos del zapatero) Jorge Canteros, junto a su nueva pareja, Giselle Edith Minod, y su madre, Norma de Canteros. Para poder llegar al botín, había que dar un paso previo, según el muchacho: matar a los otros tres habitantes del lugar. Así se planificó; y así se hizo.

Antes de llegar a esa fatídica noche de enero, los ahora socios armaron una coartada con ayuda de una pareja amiga, quienes no estaban al tanto del crimen que habían planificado. Les pidieron que el sábado viajen en colectivo hasta Temperley y compraran algo en el supermercado de un shopping. Eso sí, debían guardar los boletos del transporte y el ticket del comercio, para después dárselos a ellos.

La escena

Jorge, Giselle y Norma estaban en el quincho del lugar mirando televisión tras haber comido un asado. Afuera, llovía desde hacía rato. Al lugar, según reconstruyeron después los investigadores, ingresó Alex (con Muñoz) y le disparó a su padre en la cabeza con una pistola Pietro Beretta calibre 7.65, que había encontrado en la casa. Las mujeres, en tanto, primero fueron baleadas a la altura del tórax y el brazo. Luego las remató con un tiro en la cabeza a cada una.

Tras cometer los ataques, los homicidas se deshicieron de varias vainas servidas y proyectiles deformados que levantaron del lugar de los hechos. Y allí pusieron en marcha la segunda parte del plan, repasado una y otra vez.

Fueron hasta el mandarino, y allí con una pala uno empezó a cavar, y el otro lo ayudaba con la mano. No aparecía nada. La desesperación los hizo hacer más de un pozo. Pero nada. Hasta que decidieron que lo mejor era dejar la búsqueda para otro momento y llevar adelante la última parte del plan: llamar a la Policía y denunciar un robo.

Canteros dio aviso y esperó, junto a Muñoz, la llegada de los efectivos sentado en la puerta, en la ya madrugada del 11 de enero. Los pesquisas se encontraron con una masacre con elementos llamativos. Los cuatro perros dóberman y el ovejero alemán, que no dejaban acercar a nadie ajeno al lugar, estaban encerrados en una habitación. Además, había pozos recién cavados y no faltaba nada. Ladrones raros, pensaron.  

Ante las preguntas de los investigadores, el joven, algo “frío y calculador”, contó que con unos amigos había estado en Temperley y hasta mostró el boleto de colectivo y el ticket de compra. Cuando fueron interrogados esos amigos, Darío López y su mujer Mirta Amaya, corroboraron la versión. Sin embargo, al revisar las filmaciones de seguridad del shopping, descubrieron que de Alex y “Tito no había rastros. Al volver a interrogarlos se quebraron y confesaron que Canteros le había pedido los boletos de micro a cambio de 25 pesos.  

Además, en la mesa de luz de la pieza del nieto del zapatero encontraron uno de los casquillos de bala que llegó a recoger luego de la ejecución de su familia, y tres manchas de sangre. Y en la casa de su amigo, Muñoz, enterrada en una bolsa de jabón en polvo estaba el arma usada en el crimen. Rodeados, Alex confesó y “Tito” intentó suicidarse.

En un fallo unánime, en junio de 2008 los jueces del Tribunal en lo Criminal 4 de La Plata condenaron a Canteros y Muñoz a reclusión perpetua. Y el mito del “tesoro” escondido siguió sobrevolando esa zona de quintas de San Vicente, donde por la noche, cuenta la leyenda popular, lugareños ingresaban al lugar con palas para buscar esas botellas de plástico con los 10 millones de dólares. Tal vez se terminaban llevando mandarinas, porque los billetes nunca aparecieron. (DIB) FD

 
 

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