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13/09/2022
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La Puna jujeña y sus cielos infinitos

En esta bellísima región del norte del país, el viajero puede optar por conocer destinos de fuerte raigambre ancestral y andina.

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La inmensidad y el esplendor se conjugan con el diáfano cielo y el aire puro. La Puna jujeña ofrece hermosos paisajes de salinas, estepas, planicies altiplánicas y lagunas rodeadas por montañas, como la de Pozuelos, situada a 3.600 m.s.n.m. Es un territorio de llamas, guanacos y vicuñas que se avistan desde las rutas y de diferentes poblados repletos de historia y tradiciones ancestrales.

Con distancias que van desde los 150 a 350 kilómetros desde San Salvador de Jujuy, el viajero puede optar por conocer destinos de fuerte raigambre ancestral y andina. Susques, Barrancas, Casabindo, Cusi Cusi, Yavi y San Francisco de Alfarcito, entre otros, muestran su identidad pueblerina a base de costumbres y festividades que dan vida a los circuitos entre ferias de trueque, cerámica, ónix, tejidos, aguas termales, salares, dunas y arte rupestre.

Subiendo por la Cuesta de Lipán, el camino laberíntico exhibe sin obstáculos los matices del paisaje, y finalmente se llega a las Salinas Grandes, un deslumbrante manto blanco que ofrece un panorama pleno de magia y de color. Es sorprendente ver en el trayecto, en plena cuesta, pequeñas casitas con sus respectivos corrales, y gente que a esa altura vive cotidianamente abocada al criado de ovejas y llamas.

El paisaje deslumbrante de las Salinas Grandes, tercera en tamaño en Sudamérica, incorporó alojamiento por una alianza entre un grupo empresario con una comunidad aborigen para la instalación de domos, lo que refleja aspectos innovadores en el turismo jujeño.

Al seguir viaje por la ruta 52 se llega a la localidad de Susques, una de las localidades más elevadas de Argentina, motivo que lleva a tomar los recados necesarios para quienes no acostumbran estar en las alturas. Posee una espléndida diversidad de colores entre sus montañas con picos nevados y las temperaturas heladas llegan hasta -20ºC.

Con unas pocas cuadras, demasiada serenidad y una antiquísima iglesia (de fines del siglo XVI) realizada íntegramente en piedra, adobe y ambientada con pinturas cuzqueñas, este poblado se ha instituido casi como un monumento de la región. Se encuentra en una vasta hoyada, en la confluencia de los ríos Pastos Chicos y Susques al formar el río de las Burras, en el extremo norte de la Sierra de los Cobres. Quienes lleguen hasta aquí encontrarán hospedaje y comedor dispuestos para la estadía tranquila y confortable del visitante. Susques es, además, paso obligado en el viaje a Chile por el Paso Internacional de Jama.

También en el sur de la región se encuentra Barrancas, donde en el 2018 un equipo de investigadores del Conicet halló una momia de más de 8.000 años de antigüedad. Su nuevo Centro de Interpretación Arqueológica (CIA) guarda los testimonios de un pasado que perdura en las costumbres y obras de su gente, y donde el viajero puede encontrar información detallada de las sociedades que poblaron el valle de Barrancas desde 650 años antes de Cristo. Fundada en octubre de 1919, el pueblo conserva un legado de historias y tradiciones andinas, y través de sus enormes paredones naturales pueden observarse pinturas rupestres y petroglifos.

San Francisco de Alfarcito, con su entorno de cerros. (Archivo)

Pueblos auténticos

Pero lo más al sur para visitar es Catua, situada a casi 4 mil metros sobre el nivel del mar, y conocida como la Capital del ónix, un mineral estratégico para la producción de artesanías. Mientras que en Casira, en el departamento Santa Catalina, se comercializan las típicas ollas de barro, tinajas y birques en todas sus variedades y tamaños cuyo proceso de cocción se realiza en un hoyo excavado en la tierra con técnicas ancestrales.

En tanto, San Francisco de Alfarcito, del sur del departamento Cochinoca, sobre la ruta provincial 11, en la margen occidental del sistema natural formado por la Laguna de Guayatayoc y las Salinas Grandes, tiene en su entorno cerros, senderos y en el centro sus casas, una escuela, un cabildo y una capilla, que dan cuenta de la originalidad de este “pueblo auténtico” reconocido a nivel país.

Su actividad agrícola, que ha estado relacionada al modelo indígena de la cultura incaica, no tiene la fuerza de antes; en cambio las artesanías y los tejidos (guantes, medias, bufandas) sigue siendo el sostén de la economía familiar. Pocos kilómetros al norte se ubica Sausalito, otro pintoresco pueblo puneño que ofrece un bello balcón a la laguna de Guayatayoc.

Otras opciones para el turismo son las aguas termales de Tuzgle en la comunidad de Puesto Sey (Susques) sobre la ruta 40, en el oeste jujeño y un paseo por las arenas del Huancar, un cerro localizado en Abra Pampa, a la vera de la ruta 9.

La gastronomía de la región es muy completa y variada, compuesta de platos regionales a partir de cultivos como la papa andina, habas, quinua y yacón, carne de llama, de cordero, charqui, chacinados, quesos de cabra, vaca y cordero. Son platos típicos la calapurca (sopa), tistincha (sopa majada), huaschalocro, empanadas, estofado y tamales de llama. También postres como api, anchi, arroz con leche y mazamorra.

Susques, una de las localidades más elevadas de Argentina. (Turismo de Jujuy)

Punto de partida

Hacia el norte de la región, leyendas, magia y misterio dominan la agreste geografía de Abra Pampa, la “Siberia Argentina”. la ciudad cabecera del departamento de Cochinoca, es el centro neurálgico de servicios y comunicaciones de la Puna, y la segunda urbe en importancia de la región, luego de La Quiaca.

Las costumbres y tradiciones ancestrales forman parte de los tesoros que este destino invita a descubrir. Los carnavales y el ritual de la Pachamama son acontecimientos dignos de admirar por estas latitudes, al igual que las ferias artesanales donde se encuentran los típicos tejidos puneños.

Una de las atracciones a visitar es el Museo Arqueológico Leopoldo Aban, en el que se conservan piezas arqueológicas, cuadros de artistas, vestimenta hogareña y demás elementos que tienen que ver con la vida cotidiana del hombre del lugar. Otro atractivo muy fotografiado es el Cerro Huancar, una oportunidad ideal además para aquellos que disfrutan de los deportes de riesgo u otras actividades de montaña.

A pocos kilómetros de allí, Casabindo, que en la lengua indígena de su antigua población quiere decir “hondura helada” por sus bajas temperaturas, atrae a miles de turistas cada año pese a tener menos de 200 habitantes. Su iglesia de 1722 es un atractivo importante por sus campanarios pintados y su bóveda en forma de medio cañón.

Pero sin duda el imán se activa cada 15 de agosto, cuando se celebran las fiestas en honor a la Asunción de la Virgen María, luego de la fiesta se lleva a cabo el “Toreo de la vincha”, única manifestación taurina que se realiza en Argentina. Esta tauromaquia es absolutamente incruenta ya que a los toros no se les sacrifica sino que solo se les quita una “vincha”, banda de tela- que llevan en los cuernos.

Pocos habitantes

Cerca de allí, olvidado por el ferrocarril y vacía sus minas de oro, Cochinoca fue quedándose sin población, pero no sin atractivos. En tiempos de la colonia española, particularmente en el siglo XVII, poseía entre 600 a 800 habitantes y era un centro minero de importancia. Dicen también que en el pequeño pueblo llegaron a existir hasta cinco iglesias.

Es interesante observar en este lugar el mercado-feria con el típico colorido del altiplano, así como pueden visitarse establecimientos donde se domestican llamas y se las cría a los efectos de la comercialización de su lana. Al noroeste de su territorio se aprecia el Cerro Totay, de 4.366 msnm.

También en la zona el viajero puede pasar por Rinconada, otro de los sitios de altura y muy cerca del punto tripartito de Argentina, Bolivia y Chile. Es el pueblo que más celebra a sus santos y señoras, durante todo el año. Fue uno de los centros mineros y comerciales más grandes de la región desde su fundación en el siglo XVI.

Mientras que a pocos kilómetros de allí se destaca Cusi Cusi, donde la gente se dedica pacientemente su a la pequeña ganadería, la minería, la fabricación de artesanías y la producción de Quinoa. La actividad del pueblo pastor original se centraba en la “Vieja Iglesia”, construida hace 200 años, donde se estableció el pequeño caserío Kakahara, a principios del siglo XX, a 3 kilómetros de la ubicación actual, desde 1954.

Hacia la parte superior de la Puna y a 16 kilómetros al este de La Quiaca, se destaca Yavi, otro pueblo de muy pocos habitantes pero repleto de historia. Fundado en 1667, cuando tres marqueses administraron desde allí un inmenso feudo, se fue consolidado desde entonces hasta los días de la Revolución de Mayo, en 1810.

Unos de sus atractivos más conocidos es su capilla de gran belleza arquitectónica de sencillas y armoniosas líneas, que fue terminada en el 1690.  A pocos metros de la Iglesia se encuentra, lo que fue la casa del Marques de Yavi en el Siglo XVIII, actualmente funciona como biblioteca y museo exponiendo elementos y réplicas que pertenecieron a los habitantes del lugar. Este templo y la Casa del Marqués de Tojo, de amplios muros y grandes patios, convirtieron este lugar en Monumento Histórico Nacional. A 5 kilómetros de Yavi, casi en la frontera con Bolivia se encuentran todo tipo de pinturas rupestres hechas siglos atrás por los aborígenes que habitaron esas tierras. (DIB) FD

* Nota publicada en el suplemento De Viaje

 
 

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