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03/06/2022
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La Costa riojana: rica cultura y vestigios de una arquitectura rural

Esta región del país es un tesoro escondido para el turismo. Un recorrido por hermosos pueblos sobre la ruta 75.

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La Costa riojana, compuesta por una serie de pintorescos pueblos que se encadenan por la ruta 75, al borde de los cerros, permite a los turistas que visitan la zona descubrir los encantos de la naturaleza, varios atractivos culturales y los vestigios de una arquitectura rural intacta que hace posible imaginar un viaje a otros tiempos.

La ruta coronada por cerros que dibujan a sus lados diversas formas en una variopinta paleta de colores atraviesa los característicos pueblos “costeños” de Las Peñas, Pinchas, Chuquis, Aminga, Anillaco, Los Molinos y Santa Vera Cruz. Cada lugar tiene un particular encanto y atractivos culturales para descubrir, como iglesias, museos o construcciones históricas.

Las Peñas, a 55 kilómetros de la ciudad de La Rioja, es el primero de los poblados de zona costera que se extiende hasta Santa Cruz, sobre la falda oriental de la sierra de Velasco, que domina el paisaje. El pueblo, que ostenta a penas algunas casitas construidas sobre enormes peñones de granito, se destaca por la iglesia San Rafael y por ser sede del Festival del Quesillo, que atrae a un número importante de turistas locales. La zona supo basar su economía en la producción de cal, actividad que ha dejado erigidos como reliquia del pasado los hornos que se usaban a principios del Siglo XX.

El paseo por la Costa Riojana continúa a pocos kilómetros, en Pinchas, donde se llega tras atravesar Aguas Blancas. En este hermoso pueblo desbordante de frutales, hortalizas y nogales, se encuentra el taller de Doña Frescura, una vecina reconocida por sus tapices con motivos criollos de raíces indígenas de la cultura Aguada creados en un telar de madera. Otros atractivos relevantes son el Dique de Pinchas, el Algarrobo Histórico a cuya sombra descansara Manuel Belgrano, y la Iglesia de San Martín Arcángel.

Chuquis, hacia el norte, marca la continuidad de este recorrido que permite disfrutar del museo dedicado a Pedro Ignacio de Castro Barros y montado en su casa natal, donde hay vestigios y documentos de los momentos fundacionales del país. El Presbítero fue representante riojano en el Congreso de Tucumán de 1816. Pueblo de origen indígena dedicado al cultivo del olivo y el nogal, existe en este destino un atractivo que sobresale: el Complejo Rupestre “Piedra Pintada”, interesante hallazgo desbordante de historia y cultura.

Paisaje silencioso

En tanto que Aminga, la localidad más grande de la región y cabecera del Departamento Castro Barros, permite pasear por sus largas calles y entornos arbolados que invitan a realizar largas caminatas. Entre casonas antiguas, bodegas de vinos regionales y un magnífico camping donde distraerse en contacto con la naturaleza, frente a la plaza principal, se destaca la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced, que conserva aún las ruinas de la capilla original. Quintas de naranjos, nogales y palmares suman atractivo a este pintoresco pueblo donde el visitante puede aprender las artes de la vendimia y la molienda.

La parte más importante de la infraestructura turística de la Costa Riojana está en Anillaco, que se caracteriza por varias residencias de factura colonial y sus viñedos desarrollados en medio del pueblo, regados por un pintoresco canal y por sus olivares. A la vera del camino de entrada, plantaciones de vid, olivo y frutales dan la bienvenida a las delicias artesanales que el visitante podrá degustar y adquirir en el pueblo de calles asfaltadas.

Entre sus atractivos destaca la majestuosa Iglesia de San Antonio, pero además, este paraje riojano es el camino conductor hacia el Señor de las Peñas, una formación natural que semeja el perfil de Jesucristo. Allí se concentran durante Semana Santa multitudes de fieles para rendirle homenaje.

Unos pocos kilómetros hacia el norte se encuentra Los Molinos, otro tranquilo pueblo que conserva como principal atractivo los restos de las construcciones de dos molinos harineros del siglo XVIII que fueron levantados por los españoles. Entre almendros, ciruelos, membrillos, olivos y nogales, este pintoresco poblado continúa celebrando las fiestas introducidas en el pasado como el Carnaval de La Plaza. Se destaca, además, la Iglesia de San José originaria de 1895.

El recorrido por esta región sigue por Anjullón (con su bellísima iglesia de San Vicente Ferrer, originaria de 1896) y San Pedro, y termina en Santa Vera Cruz, donde Dionisio Aizcorbe instaló una llamativa construcción conocida como Castillo de Dionisio. El castillo, que está rodeado por una densa arboleda y por los canales de riego, es un edificio de formas extrañas y colores llamativos con claras influencias del estilo surrealista. La construcción se destaca del paisaje agreste que conforma su entorno. (DIB)

 
 

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