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17/05/2022
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Julio Barrientos, el gaucho al que el amor le jugó una mala pasada y lo convirtió en fugitivo

Junto a su hermano Pedro vivían en la zona de Lobería y Tres Arroyos. Fueron inmortalizados por la pluma de Eduardo Gutiérrez. Se escondieron mucho tiempo en unas cuevas que hoy son un atractivo turístico.

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Por Fernando Delaiti, de la agencia DIB

Los que lo conocieron, o más bien las leyendas que aún se cuentan de él, aseguran que Julio Barrientos tenía un vicio: el amor. Gaucho muy trabajador, su vida y la de su hermano Pedro, pasó de noches de guitarreadas en pulperías y fogones en la zona del centro-sur de la provincia de Buenos Aires, a días de clandestinidad, de persecución. Un amor, un duelo a muerte, y años fuera de la ley escondido entre cuevas, lo convirtieron en un mito, en el que para el Estado era un criminal y para parte de la sociedad un héroe romántico.

Barrientos era un apasionado de la guitarra y el trabajo en el campo. Siempre bien vestido, era conocido en el territorio hacia 1870 por sus hazañas en rodeos, ya que, cuentan, no había potro que se le resistiera. Generoso con sus amigos, de este gaucho infatigable para el baile se enamoró la viuda propietaria de la estancia La Presea, en la zona de Tres Arroyos. Pero esa relación chocó contra otra, y fue el inicio del final de la vida tranquila de Barrientos.

Según inmortalizó la pluma de la literatura folletinesca de Eduardo Gutiérrez, el mismo autor de “Juan Moreira”, de Julio, de unos 20 años, también se enamoró una tal Rosa, la mujer de un capataz de un campo vecino. La tensión entre ella y la viuda fue creciendo, aunque él siempre buscó tomar distancia y no corresponder el afecto de Rosa. Sin embargo, su marido, un italiano acriollado de noble carácter, quiso salvar su honor y lo desafió a duelo.

Una cuchillada en el pecho terminó con la vida de don Ángel, y llevó a Barrientos a ser perseguido por la Policía y el juez de Paz de Tres Arroyos, que ya lo tenía entre “ceja y ceja”. Si bien fue detenido, cuando era trasladado a Dolores se escapó, y a partir de allí comenzó una vida de gaucho matrero, junto a su hermano. Con él, formaron una especie de banda de ladrones rurales y se escondieron todo lo que pudieron para no ser atrapados.

Bajo las rocas

Al igual que otros gauchos, como Pascual Felipe Pacheco que supo refugiarse en una caverna a orillas del río Quequén Salado, que hoy es una atracción turística conocida como la “Cueva del Tigre”, Barrientos también se escondió entre las rocas.

El primer lugar en el que se refugiaron fue en la sierra de la zona de Lobería que se conoce como La Cocina. Desde esa formación podían ver la huella por si se acercaba alguien. Tiempo después, y mientras alternaban con noches de sueño en alguna estancia bajo el amparo de sus dueños, se vieron obligados a buscar otro lugar y a pocos metros del anterior. Dentro de la misma sierra, descubrieron lo que luego se conociera con el tiempo como “la Cueva de los Barrientos”.

La cueva es originada por una grieta y cubierta por bloques. Tiene una boca de acceso vertical y muy estrecho, que permite el ingreso de una sola persona para descender a una cámara un poco más amplia que, de acuerdo a la leyenda, habría servido de refugio para los hermanos y su banda. La misma continúa levemente descendente con una gatera que sale al exterior conectando la parte alta de la sierra con el piedemonte de la misma. Toda una ingeniería de la naturaleza que le permitía escapar si la Policía llegaba al lugar.

Hoy, esas cuevas cercanas a San Manuel, una típica población rural del partido de Lobería con poco más de mil habitantes, son un atractivo para los turistas. Hasta allí, donde se funden los campos sembrados con las sierras, se llega de la ciudad por la ruta 226 hasta el cruce con la 227 y allí se dobla a la izquierda para hacer unos 20 kilómetros. Muy cerca del pueblo aparecen dos pequeñas formaciones del sistema de Tandilia, conocidas como las Sierras de Ramírez, que esconden en su interior el misterioso lugar donde los bandidos rurales desaparecían tras sus tropelías.

El final

San Manuel, como tantas localidades bonaerenses, nació acompañada de la llegada del ferrocarril. En 1870, Manuel Villar fundó allí una pulpería, que seguramente vio pasar más de una vez a los Barrientos. Sin embargo, llegó un momento que los hermanos debieron escapar de esa zona. 

Según reflejó el diario La Prensa en octubre de 1881, Julio y Pedro venían escapando de los efectivos cuando fueron alcanzados a la altura de Tres Arroyos. Allí, se dio un enfrentamiento de dos horas a tiros de trabuco cerca de las sierras Curumalal. Lograron huir, pero a comienzos de 1882, empezó a escribirse el final de ellos.

Bajo el mando del sargento Miranda, en Tres Arroyos, la Policía ajustició a Pedro en un nuevo enfrentamiento. Aunque Julio escapó, fue detenido días después y condenado un tiempo a la cárcel. Cuando salió se fue a vivir a Santa Rosa, en La Pampa.

Bajo el nombre de Cirilo Reyes, formó familia y trabajó de jornalero. Pero en una yerra, se peleó con un hombre, al que le pegó un tiro, aunque recibió un cuchillazo que terminó con su vida. De acuerdo al acta de defunción, falleció el 3 de junio de 1893, día que en nació el mito del gaucho al que el amor, como a muchos, le jugó una mala pasada. (DIB) FD

 
 

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