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21/10/2021
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Volver a correr: de la hazaña de un podio a la cirugía que la dejó al borde la muerte

Lesionada, en 2020 Betsabé Páez fue medalla de bronce sudamericana en atletismo. La posterior operación de rodilla generó una infección que casi le cuesta la vida.

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Por Gastón M. Luppi, de la redacción de DIB 

Betsabé Páez volvió a correr. A comienzos del año pasado la atleta entrerriana aún conservaba las chances de clasificarse para los Juegos Olímpicos de Tokio. Sin embargo, en febrero de 2020 una vieja lesión de tobillo ocasionó la lesión del cruzado de la pierna izquierda. A partir de allí, una intervención quirúrgica trajo complicaciones y desde entonces, durante un año y en pandemia: mala praxis; infecciones; ocho intervenciones más, algunas de ellas de urgencia; covid; caída de la obra social y meses de internación con derrotero por instituciones privadas y públicas de Santa Fe y Entre Ríos. No solo fue una posibilidad la amputación de su pierna izquierda, sino que corrió el riesgo de que una infección generalizada le costara la vida. 

Oriunda de Crespo (Entre Ríos), Páez tiene 27 años y fue sexta en los Juegos Olímpicos de la Juventud de 2010, en Singapur. Con un registro de 1,81 metros, es en la actualidad la mayor exponente del salto en alto femenino del atletismo argentino. Sin embargo, le cuenta a la Agencia DIB: “Tengo una carrera deportiva en la cual el mayor obstáculo han sido las lesiones. Nunca terminaba de completar un período de entrenamiento relativo porque en el medio siempre aparecía alguna lesión o algo que me impedía continuar”. 

Licenciada en Educación Física, por estos días realiza su rehabilitación en Rosario. Allí tiempo atrás había comenzado también la carrera de Trabajo Social -cursó un año y medio-, pero en 2019 le surgió la posibilidad de irse a entrenar a Buenos Aires y el estudio quedó a un lado. “No tengo duda de que en algún momento voy a retomar porque es una carrera que me apasiona”, afirma. 

En Buenos Aires, “venía arrastrando una rotura de ligamento de tobillo. Hice una rehabilitación, volví a competir y regresé al equipo nacional. Fue un superlogro porque había estado mucho tiempo parada”, contextualiza. Pero en octubre de ese 2019 “tuve una recaída porque mi tobillo estaba inestable”. En el horizonte asomaba el Sudamericano Indoor (bajo techo) de Cochabamba, en Bolivia. “Todavía tenía chances de meterme por puntos en los Juegos Olímpicos de Tokio y el Sudamericano era muy importante”. 

Para estar en el Sudamericano “me puse las pilas para recuperar el tobillo. Y como apuré toda la recuperación, era obvio que iba a tener sus consecuencias. En uno de los saltos de entrenamiento me rompí el ligamento cruzado. Claro, las articulaciones empiezan a compensar y entonces…”, explica hoy Páez. En aquel momento, “nadie me dejaba competir pero decidí hacerlo igual. Y lo considero un milagro, no entiendo cómo pude hacer cuatro saltos y lograr la medalla de bronce”. 

Aquel 2 de febrero Páez fue tercera con un mejor salto de 1,73 metros. Ese resultado no solo la llevó al tercer escalón del podio, sino que además brindaba tranquilidad en otro aspecto clave en la vida de un deportista: el económico. “El atleta becado tiene la presión de que hay que responder con resultados. Y siempre la exigencia fue tener una medalla en un campeonato internacional. Uno se exige y se sobreexige por querer sostener los apoyos, por querer seguir en carrera, y a veces no mide las consecuencias”, analiza. “Con esa medalla podía sostener mi estadía en el Cenard (Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo), podía sostener mi beca de la Secretaría de Deportes, estaba tranquila”, explica. 

Betsabé Páez, en acción en el Sudamericano Indoor de Cochabamba, el año pasado. – Oscar Muñoz Bobadilla –

Una pesadilla 

“En Cochabamba decidí competir en esas condiciones, sin saber que eso iba a tener una consecuencia tan grave como la que tuve: por esa cirugía de cruzado estuve al borde de la muerte y al borde de la amputación de pierna”, comienza Páez a describir los primeros momentos de una pesadilla. 

Aquel Sudamericano se desarrolló cuando el coronavirus todavía parecía un problema alejado de Sudamérica. Sin embargo, un mes más tarde ya estaría declarada la pandemia y Argentina empezaba a transitar el aislamiento social, preventivo y obligatorio. 

“Me operan en plena pandemia”, inicia Páez el relato. Con todo cerrado por las restricciones, para realizar la rehabilitación se traslada a Entre Ríos. Y allí todo empieza a complicarse: una artrofibrosis en la rodilla obliga a una segunda intervención. Para evitar una nueva mala experiencia, esta vez decide encarar la rehabilitación en Rosario con el cuerpo medico de atletismo. Pero como la rehabilitación no daba los resultados deseados, le realizan una resonancia que arroja la presencia de un pequeño elemento metálico que pudo haber quedado allí en la segunda operación. 

Páez vuelve al quirófano por tercera vez y en esa intervención ingresa una bacteria intrahospitalaria que genera una infección. “Me salvaron la vida de casualidad porque se me estaba haciendo una infección generalizada; la enganchan justo. Y después era: ‘Ahora hay que salvar la pierna’. En veinte días me intervinieron cuatro veces más para limpiarme la infección y evitar una amputación”. 

A las siete intervenciones de rodilla se suman otras dos para solucionar aquella primera lesión de tobillo. “Nueve cirugías en la pierna izquierda”, resume. “Era una situación muy complicada y yo tenía plena conciencia de todo lo que estaba sucediendo. Encima me contagié de covid y tuve que quedarme aislada. O sea, era estar en esa situación, con un montón de mambos, y sola”. 

Y recuerda los sentimientos de aquellos días: “Para el deportista, para el que trabaja con su cuerpo, es durísimo el miedo, el cómo voy a quedar. Son los sueños y objetivos de toda la vida que yo veía morir. No me imaginaba cómo me podía reinventar ante la situación de que me cortaran una pierna. Me agarró un bajón tan fuerte que le dije a mi mamá: ‘Si me tienen que apuntar la pierna, déjenme morir’. Textuales palabras. Obviamente es muy egoísta de mi parte, pero en ese momento estaba tan shockeada y tan desestabilizada que no me importaba nada”. 

En el medio, Páez se había quedado sin la cobertura médica que tienen los deportistas de alto rendimiento. “Ya lesionada, no podía acceder a ninguna obra social porque nadie me aceptaba. Y cuando se complicó todo, tuve que transitarlo sin cobertura médica. Fue un gasto enorme para mi familia, porque por ejemplo en la clínica donde me habían intervenido, solo los antibióticos eran miles y miles de pesos por día, y a eso había que sumarles la internación y los estudios. Era un montón y yo tuve que estar internada dos meses”. 

Con gastos imposibles de afrontar, comenzó un derrotero por instituciones públicas y privadas, en Rosario, Granadero Baigorria y Paraná. “Iba rotando de un lugar a otro. Y no solo era estar sufriendo lo que me estaba tocando, sino que estuve en lugares que no eran higiénicos, que no nos atendían bien, hasta con hormigas en la cama”, dice respecto de su internación en Entre Ríos. “En ese momento lo viví como: ‘Mirá por lo que tiene que pasar tanta gente’. ‘Guau loco, mirá cómo estamos’. Me daba angustia las personas que tenían que ir a atenderse en esas condiciones. Eso me llevó a tomar una conciencia social, o a crecer mucho más en ese aspecto”. 

El deporte, clave 

“Llegó un momento en que ya no sabía quién me operaba, en manos de quién estaba dejando mi cuerpo. Era entregarme completamente, cerrar los ojos y confiar en que las personas que me estaban atendiendo iban a hacer lo mejor”, le describe Páez a la Agencia DIB. “En ese momento agradecí la personalidad que me forjó el deporte, porque si no hubiese sido por el carácter, los valores, la perseverancia, la voluntad, o la resiliencia, no sé cómo hubiese quedado, ni si lo hubiese afrontado de la manera que lo afronté. Decir: ‘Me paro de nuevo y acá estoy, remándola y queriendo volver a hacer mi último salto’”, sintetiza. 

El 7 de febrero de este año está grabado a fuego como el día en que la pesadilla -operaciones e internación- empezó a quedar atrás. “Lo de la bacteria está completamente curado. Sí queda hacer una resonancia porque ya pasaron siete meses de la última intervención y hay que ver en qué condiciones quedó la articulación y ver si hay que hacer una nueva intervención”. 

Mirada hacia atrás, “la rodilla, el cuerpo en general, están muy toqueteados. No solo fueron las intervenciones, sino mucha medicación, muchas cosas que también afectan al sistema. Antibióticos, morfina… Me pasaban de todo. Mi cuerpo quedó un poco sufrido y obviamente también están las consecuencias psicológicas”. “Pero siempre resalto la importancia del acompañamiento de las personas, de la familia, nunca estamos solos. Si hay algo que aprendí es que siempre aparecen personas que nos dan una mano y que nos sacan de ahí del fondo”, cierra el capítulo. 

El mejor cierre 

En la cuenta de Instagram de Betsabé Páez casi no hay relatos de este proceso. Sí publicó algunas “historias” (son visibles durante 24 horas) y reflexiones, pero no un seguimiento de este último año y medio. Actualmente está en Rosario, donde avanza con la rehabilitación de su pierna. El objetivo es poder volver a entrenarse en el Cenard, aunque “obviamente todavía queda un proceso bastante largo de recuperación. Fue una lesión muy jodida y muchas intervenciones en mi pierna izquierda, que justamente es mi pierna de pique, la más importante para mi disciplina”, explica. 

Sin embargo, en el horizonte volvió a estar el atletismo. “Al principio el panorama era muy desalentador. Pero ahora veo que las cosas van mejorando y quién sabe, quizá, pueda volver a dar mi último salto y retirarme de mi carrera deportiva de una manera más feliz. El atletismo es mi vida y me gustaría retirarme bien”. 

Y es que la semana pasada volvió a correr, momento y emoción que sí compartió en Instagram. “Fue un momento muy lindo, y todo un desafío. Yo le brindo entrenamiento personalizado a una nena que tiene sus inseguridades, sus miedos. Entonces le conté mi historia: ‘Mirá, hace un año y medio que no puedo correr porque me pasó esto’. A ella tampoco le gusta correr, ni que la vean. Y le dije: ‘Vamos a hacerlo juntas. Si querés, probá conmigo y las dos corremos por primera vez’. Y ahí empezamos a correr. Fue pura felicidad: yo estaba corriendo de nuevo y ella había logrado un objetivo que para ella era un montón”. 

Hasta la semana pasada Páez no había corrido. “Me habían dicho: ‘No sabemos en qué condiciones va a terminar tu pierna. Agradecé que la tenés y que estás caminando’”. Y agrega: “Hasta hace un tiempo caminaba con renguera y pensaba que iba a quedar así para toda la vida. Obviamente, correr era algo extremadamente lejano”. 

En los primeros momentos de su recuperación, la pierna no respondía. “Estaba con muchísimo dolor, todo el tiempo. Tenía la rodilla como si estuviese trabada y caminaba mal. De repente eso fue mejorando pero obviamente la falta de estabilidad podía generar algún tipo de lesión. Por eso me tenían entre algodones. Hasta que ese día dije: ‘Ya fue, me mando a correr, a ver qué pasa’. Y pude”. 

Ahora Páez y los kinesiólogos armarán una planificación con vistas al regreso al atletismo. “Tiempo atrás era impensado que volviera”, dice. Y habiendo superado esa primera prueba improvisada, se fijó un objetivo: “Mi entrenador [Rodolfo Barizza] tiene 88 años, es el jefe entrenador de entrenadores de Argentina. Cuando arranqué con él en el Cenard, en 2019, me dijo: ‘Quiero que seas mi última atleta’. Y yo le prometí que nos íbamos a retirar juntos. Durante todo este tiempo nos hablamos y siempre me recuerda que voy a dar el último salto con él, como se lo había prometido. Sería hermoso poder cerrar el ciclo de los dos, cerrar con él mi carrera deportiva que para mí fue lo más hermoso de mi vida”. (DIB) GML 

 
 

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