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16/01/2021
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Panorama bonaerense: el rebrote y la ingrata tarea de ponerle el cascabel al gato

Los entretelones, las razones y las fricciones que rodearon el nuevo paquete de medidas para intentar controlar la pandemia.

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Por Andrés Lavaselli

El peligroso rebrote de contagios de Coronavirus disparó un doble efecto político. Por un lado, encendió una  luz amarilla respecto de la posibilidad de una recuperación económica, variable central para decidir el destino del año electoral. Pero en forma más inmediata, el modo en que se tomaron decisiones tal vez inevitables y seguro antipáticas generó un cierto fastidio del gobierno de Axel Kicillof con el de Alberto Fernández, además de obligar a un trabajoso acuerdo del gobernador con los intendentes, en cierta medida la reedición de una tensión ya conocida  pero con actores nuevos.

El dato central, tan evidente que a  veces se pierde de vista, es que el sistema político –como el resto del planeta- lidia con una variable cuyo comportamiento no termina de conocer, el SARS-COV-2 y sus mutaciones. El rebrote, cuyo inicio expertos que asesoran a Kicillof fechan el 8 de diciembre (después del velorio de Maradona y antes de los traslados de las fiestas y la movilización por la votación de la IVE), agrega en ese plano una incerteza capital: puede ser el preludio de una segunda ola más intensa de lo previsto. Y si eso llega a ocurrir, al terror sanitario se sumará una parálisis económica todavía más profunda y prolongada que la actual.

Ese es el trasfondo que explica la decisión de endurecer las medidas de distanciamiento social, una mala noticia que nadie quería dar. Fernández, en principio, tomó una precaución estratégica. Al establecer criterios objetivos de riesgo de desborde de contagios y, al mismo tiempo, hacer opcional la aplicación de las medidas para evitarlo, aligeró el impacto negativo potencial sobre su imagen y transfirió a los gobernadores una presión y la amenaza de un costo político a cuenta: Si con esa sugerencia-advertencia hecha no aplican las medidas, no podrán eludir después las consecuencias de un eventual empeoramiento de la situación.

Es cierto que no todo el cálculo político: hay también una lógica regional de por medio. Pero la socialización del costo que intentó Fernández, además de la desobediencia de distritos como Córdoba o Mendoza, no cayó bien en La Plata. Porque además, estuvo  acompaña de un déficit que comienza a ser motivo frecuente de quejas internas en el oficialismo: los errores comunicacionales de la Casa Rosada. A Nación le achacan haber dejado trascender el miércoles un paquete de medidas que Kicillof había negado el martes. Y, después, no definirlas del todo hasta el viernes. Ese gap generó incertidumbre social y críticas, lo que expuso al gobierno provincial -al nacional también- al 72 horas de desgaste que hubieran podido evitarse o minimizarse.

Después, a Kicillof le quedó una tarea dura. Acordar las medidas con los intendentes, sobre todo con los de la costa, que resistieron un cierre muy estricto para no perjudicar más una economía de verano que ya de por sí viene complicada por la pandemia. Un detalle importante: En este punto no hubo “grieta”. Montenegro (Mar del Plata) o Yeza (Pinamar), dos alcaldes de PRO, pidieron lo mismo, más allá de modales y énfasis, que Cardozo (Partido de La Costa) o Barrera (Gesell), que son oficialistas. El gobernador sumó a la conversación a su ministro de Producción, Augusto Costa, que había trabajado con ellos el armado de la temporada, por lo que tenía un vínculo de confianza previamente creado. Hizo falta.  

Kicillof, desde el vamos, tuvo una mirada de preocupación sobre la devastación económica que está causando el virus, pero a la vez fue de los mandatarios provinciales más dispuesto a avanzar con medidas restrictivas para evitar una catástrofe sanitaria. Esta vez  concluyó que sin el apoyo de los alcaldes –que tendrán a cargo la fiscalización- no había posibilidad de endurecer nada. De ahí el acuerdo final: un ordenamiento que morigera lo que había sugerido Nación. De hecho, se aplica un “cierre” de actividades nocturnas que parece toda una novedad pero no difieren tanto de lo que ya se venía haciendo. Básicamente, algunos bares estarán privado de estar abiertos algunas horas.

El mismo esquema regirá en el Conurbano, un territorio que sigue preocupando a la gobernación. De hecho, en La Plata creen que en todo caso había más motivos para restringir la circulación allí que en la costa. También aquí hubo conversación con los intendentes, pero fue menos intensa. Más alejada del foco de atención pública. Quedó en manos del jefe de Gabinete, Carlos Bianco.  Teresa García, la ministra de Gobierno, también tiene injerencia.

El otro acuerdo que pasó un poco desapercibido fue con Horacio Rodríguez Larreta, el jefe de Gobierno porteño. En el Área Metropolitana volvió el “consenso epidemiológico”, un retorno que la foto de ambos con Fernández en Olivos había anticipado. El esquema es una especie de símbolo de los momentos más duros del duro 2020, lo que da cuenta de forma indirecta que, pese al avance de la vacunación, la preocupación por el poder de daño del virus está otra vez en el tope de la agenda de la dirigencia. (DIB)

 
 

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