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09/03/2021
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El caso de Cecilia Giubileo: desaparición, mil hipótesis y ninguna respuesta

La médica que trabajaba en la Colonia Open Door, cerca de Luján, desapareció en el invierno de 1985. La deficiente investigación y cierto halo de complicidad hicieron que el caso quede sin resolución.

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Por Fernando Delaiti, de la agencia DIB

-Andá tranquilo, yo voy a descansar Miguel, le dijo la doctora Cecilia Giubileo al interno y luego siguió hacia el dormitorio de la Casa Médica. Venía del Pabellón 7, donde había atendido a un paciente. Caminó esos 500 metros en medio de la noche fría y fea. En el trayecto se cruzó con un enfermero y después con la supervisora Nélida Onjuez, con quien habría tenido una discusión. Luego se fue a descansar, lo mismo que hizo Miguel Cano. Era el domingo 16 de junio de 1985. Cuando amaneció, en la Colonia Open Door, situada cerca de Luján, nada se supo de Giubileo. Ni al día de hoy, a más de 35 años, se sabe qué pasó con ella.

La desaparición de la doctora, envuelta en especulaciones e hipótesis, muchas de ellas delirantes, conformó un espeso misterio y terminó por convertirse en uno de los mayores enigmas de la historia policial argentina. Se hurgó en su vida sentimental, se investigó a los hermanos de su ex marido que habían militado en el ERP, se pensó en un secuestro, que se había fugado a Ecuador o Colombia y hasta se habló del tráfico de órganos. Aunque nada de eso llevó a descubrir su paradero, esta última línea hizo destapar una olla aterradora.

Giubileo tenía 39 años cuando desapareció. Había nacido en General Pinto, provincia de Buenos Aires, y estudiado en la Universidad Nacional de Córdoba. Allí militó en la izquierda y hasta participó del Cordobazo. Tras un breve casamiento con Pablo Chabrol y un paso por España, entró a trabajar en Open Door. Además, tenía consultorio en la pequeña localidad de Torres, pegada a Luján.   

En tiempos en que Raúl Alfonsín congelaba precios, tarifas y salarios, y apostaba a una política de “shock” para controlar la inflación, Giubileo fue a trabajar ese domingo sin saber que lo peor estaba por llegar. Ese día no funcionaba el conmutador telefónico y otros dos médicos que debían hacer turno con ella no fueron. A las 21.48, su Renault 6 pasó por la portería y luego ella firmó el libro de entrada. Su primera tarea en el neuropsiquiátrico de unas 300 hectáreas y 1500 pacientes fue firmar el acta de defunción de una interna. También trató a un paciente y luego regresó, con Miguel, caminando hacia su habitación. Vestía un jogging azul, campera celeste y zapatillas blancas.

A la mañana siguiente, empleados del lugar fueron a buscarla, pero encontraron el dormitorio vacío. No estaban su bolso ni su maletín médico. ¿Habrá salido a atender?, era la pregunta obvia. Pero su auto permanecía estacionado, con escarcha en el techo, testigo del momento. Después, además, se supo que ella había llenado el tanque antes de ir a trabajar ese día y cuando el vehículo fue analizado no tenía una gota de combustible. 

Las primeras horas, desaprovechadas

Pasaron dos días y nada se sabía de Cecilia. Unos amigos decidieron hacer la denuncia en la comisaría de Torres, donde quedó asentada como “búsqueda de paradero”. Cuando comenzaron a reconstruir los últimos movimientos, aparecieron cabos sueltos y sospechosos, como el que horas después de su desaparición, las autoridades del neuropsiquiátrico decidieron “arreglar” y pintar el dormitorio donde pasó la noche la doctora. Si existían pruebas, quedaron bajo la pintura blanca.

Miguel, uno de los que la vio con vida por última vez, dijo que mientras regresaba a su pabellón, observó cómo un auto negro avanzaba hacia donde moraba la médica. Una interna, en tanto, fue encontrada desnuda días más tarde en una casilla rural, donde había sido violada y abandonada por un grupo de personas. Ella aseguraba haber visto a la doctora atada y golpeada, pero no se encontró ninguna prueba. Nada de eso prosperó. Si bien se suele decir que los locos dicen la verdad, para la Justicia su testimonio no tiene validez.

Una de las hipótesis fueron las relaciones sentimentales que mantuvo con al menos tres hombres, dos de ellos médicos. Hasta se tejió la posibilidad de una cuestión amorosa con una compañera de trabajo. Luego se apuntó a la conexión política por los hermanos desaparecidos de su ex marido. También llegó al juzgado un anónimo indicando que el cadáver de Giubileo estaba en una ciénaga del predio de Open Door, pero no había fondos para el drenado.

Se investigó un posible secuestro, que algún paciente la hubiese matado y hasta que haya escapado. Se la había visto, se decía en aquella época, en Lobos, Tucumán y hasta Trelew. Pero nada prosperó, como tampoco su supuesto viaje al exterior. Hasta apareció una cinta de mala calidad que llegó a una comisaría de Luján. En ella, alguien se presentaba como Cecilia Giubileo y pedía que no la buscaran más porque estaba bien.

El silencio no es salud

Con sólo un mes de investigación, entre profesionales, vecinos de Torres, amigos, pacientes y allegados a la doctora, ya habían declarado 600 personas. Además, perros entrenados, policías buscando en túneles, sótanos y pabellones abandonados no pudieron dar con ninguna pista. Hasta que pasó a ganar fojas de la investigación el tráfico de órganos, córneas y sangre que operaba clandestinamente con los internos.

Cuenta la historia que a comienzos del siglo XX, un precursor de la psiquiatría argentina, el doctor Domingo Cabred, fundó un asilo para albergar y curar a enfermos mentales pobres, que se hacinaban en hospitales. El proyecto, conocido como Colonia Montes de Oca o Colonia Open Door, contaba con granjas, criaderos de aves y talleres. Un lugar rodeado de naturaleza, cerca de la “capital del catolicismo” pero que el paso del tiempo lo convirtió más en una sucursal del infierno.

Miles de pacientes habían pasado por la colonia sin que se registrara su alta o defunción. La gran mayoría no recibía visitas. Había irregularidades, corrupción, maltrato sexual y hasta apropiación de bebés de pacientes que habían quedado embarazadas. ¿Investigaba algo de eso Giubileo? Quien cayó detenido fue el doctor Florencio Eliseo Sánchez, director del instituto. Pero murió en la cárcel, sin haber revelado ningún dato. A eso se sumó el silencio atroz de los empleados del lugar.

Por falta de pruebas o desidia investigativa, la carátula de la causa de 700 fojas se mantuvo invariable por “búsqueda de paradero” y años más tarde prescribió. Ya en las últimas declaraciones públicas, María Josefa, la madre de Cecilia, admitía la desesperanza de encontrar a su hija. Aunque dejaba un dato que aportaba más misterio al caso: contaba que cada vez que ella la llamaba desde Luján hacía sonar el teléfono una vez, cortaba, y volvía a discar. Era la clave para saber quién estaba del otro lado del teléfono. Meses después de la desaparición, María Josefa siguió recibiendo ese íntimo mensaje. (DIB) FD

 
 

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