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16/04/2021
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Kicillof y las claves de su año menos pensado

El impacto de la pandemia dibujó el perfil del arranque de su gestión. Guernica y la protesta policial, dos crisis que cambiaron cosas. La deuda, cuestión clave sin resolver. Y el retiro estratégico del escenario político.

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El 11 de diciembre, cuando cumplió doce meses exactos al frente del Gobierno, Axel Kicillof estaba aislado en la residencia oficial de Chapadmalal porque su secretario privado había dado positivo de coronavirus. Era la tercera vez en el año que pasaba por ese trance, pero la coincidencia con la efeméride le dio a esa forzada estadía costeña un contenido simbólico: la lucha por evitar que el SARS-CoV-2 transformara al Conurbano en una gigantesca tumba a cielo abierto fue, a la vez, el mayor logro y la mayor limitante de su primer año en La Plata. 

Hacía fines de este año, el gobernador llevaba invertidos, solo en el sistema de salud, unos $30 mil millones adicionales, específicamente destinados a la contención de la pandemia. ¿Logró su objetivo? Es difícil saberlo. Los expertos advierten que un balance objetivo solo podrá realizarse en un año o dos. Mientras, los resultados parciales indican que se superarán ampliamente los 22 mil muertos, con una tasa de letalidad –muertos contra cantidad de infectados- del 3,32%, algo por encima del nivel nacional, que se ubica en 2,71%.

Pero más allá del mar de datos, hay un sentido profundo en el cual Kicillof cifra su balance positivo, que está contenido en una frase que rumia desde marzo y que terminó de cincelar en su versión más dramática hace una semana: “Teníamos todos los números para que fuera un desastre, pero no hubo fosas comunes”. Se refería al Conurbano, territorio dónde todos los índices sanitarios dan peor (la letalidad es casi un punto superior a la del interior) y cuya deuda social acumulada hizo temer todo tipo de desbordes.

El gobernador, dicen en su entorno, vislumbró que podía evitar la foto europea de los médicos debiendo decidir a quién salvar y a quién no cuando se superó la crisis de Villa Azul, el barrio popular en el límite entre Quilmes y Avellaneda donde se puso a prueba no solo la contención sanitaria, sino también la social. Solo un operativo conjunto y coordinado de despliegue político territorial, presencia de fuerzas de seguridad y refuerzo de ayuda económica estatal mantuvo el orden imprescindible. 

Una frustración poco conocida de Kicillof fue su intención de abrir las escuelas a la presencialidad mucho antes del tímido paso que dio en ese sentido hacia fin de año. Ya antes de julio le pidió a su ministra de Educación, Agustina Vila, extremar el trabajo para tratar de abrir las escuelas, pero la reversión del pico de contagios hacia el interior provincial limitó ese plan.

Las dos crisis

De algún modo, el modelo de Villa Azul se repitió después en el episodio de la toma de Guernica,  una de las tres crisis puntuales más importantes que debió enfrentar. En su manejo, terminó por asentarse la confianza de Kicillof en Andrés Larroque, el único ministro que no fue parte de su equipo inicial pero que ahora es uno de los que más valora. Teresa García quedó a cargo de la política de tierras y es otra que terminó alto en ese ranking. El equipo de Salud, comandado por Daniel Gollan, que en algún momento enfrentó dudas internas, también es reconocido como clave por el gobernador: mantuvo su mirada a pesar de recibir muchas críticas. 

El otro episodio agudo de estos meses, la protesta policial por salarios que llevó hombres armados a la puerta de la residencia del gobernador en una madrugada de tensión, tuvo derivaciones políticas más duraderas que la crisis de Guernica. Habilitó, por un lado, la puesta en marcha del plan para recuperar finamiento a costa de la coparticipación de CABA, y terminó con la imagen de cercanía política entre Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta que había emanado de las 16 reuniones (6 conferencias y 9 mano a mano o en equipo) que compartieron en la era a ASPO. Fue un cierre de grieta, pero solo temporal.

La imagen de los policías rodeando la Quinta de Olivos, segunda escena de la misma crisis, funcionó como un parte aguas para Sergio Berni, el ministro con más autonomía del Gabinete. Subido a un perfil altísimo al que no le hizo mella siquiera el caso de Facundo Astudillo Castro, de resolución todavía abierta, no recuperó jamás su novel de exposición mediática después de Guernica, aunque no se privó de algún cruce más a su némesis: la ministra nacional, Sabrina Frederic. Esa retracción parece complicar las ambiciones electorales de Berni, explícitamente asumidas.

El Estado de la deuda

El nivel de ejecución presupuestaria, con el que no están conformes en el Gabinete, es una de las deudas menos conocidas del primer año de gestión. Las imposibilidades y las trabas de la pandemia en el funcionamiento del Estado, están en el corazón de ese déficit. La contracara es la relativa baja conflictividad gremial, que se asentó en un incremento del 32% promedio a los docentes y del 31,9%, en promedio para el resto de los empleados del Estado. 

En el plano económico, la gran incógnita es el arreglo de la deuda privada: parecía inminente después del acuerdo que cerró Martín Guzmán en agosto, pero 10 extensiones de plazo después sigue sin resolverse. Es cierto que Mendoza fue la única provincia que logró hacerlo, pero también que el tamaño de la incertidumbre es grande: hay en danza US$7.148 millones, que podría haber que comenzar a devolver en un mes.

Retiro estratégico

Una de las particularidades de arranque de la “Era Kicillof” fue el retiro del gobernador de las discusiones más directamente políticas. Todo esa trama la asumió Máximo Kirchner: la presidencia del PJ bonaerense –podría asumir en marzo si quiebra algunas resistencias-, la definición sobre las PASO y la decisión más candente de todas: qué hacer con el límite de la reelección de los intendentes, pasaron –y siguen haciéndolo- por su oficina.

En vez de construir un sector propio, un kicillofismo que tal vez nunca nazca, Kicillof se apoyó en un doble pacto con Alberto Fernández, nivel de asistencia financiera extraordinaria récord, de $150 mil millones y no se “puenteado” en los anuncios territoriales con impacto en la provincia. De eso, la vice Cristina Kirchner funcionó como unja  garante en última instancia, que a fin de año volvió a ungirlo como a una de las dos piezas esenciales de su despliegue estratégico (la otra es su hijo). 

Una dimensión que reúne gestión y política es su relación con los intendentes. En la gobernación dicen que Kicillof mantuvo una relación bastante razonable con todos –la ayuda extraordinaria por el Covid llega a fin de año a casi $ 30 mil millones-, pero a la vez es cierto que no pudo superar la desconfianza que, paradójicamente, marcó su relación con los peronistas, sobre todo del Conurbano, es grupo que siempre ha funcionado como un contrapoder de los gobernadores.  (DIB) AL 

 
 

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