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23/06/2021
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Un circuito para conocer las bondades de la Patagonia

Dos localidades rionegrinas y nueve chubutenses dan vida al Corredor de Los Andes, unos 300 kilómetros al pie de la cordillera y que ofrece un amplio abanico de propuestas.

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Hacia el verano, el verde del bosque patagónico y los lejanos picos nevados se abrazan con los imponentes lagos y los serpenteantes ríos montañosos en la diversa oferta de turismo aventura. Entre El Manso y El Bolsón, en el extremo suroeste de Río Negro, y Corcovado, en el centro del Chubut, hay 300 kilómetros conocidos como el Corredor de Los Andes que se transitan en unas cinco horas de viaje en auto y que son una postal tras otra. 

Cuatro accesos internacionales conectan a la Argentina con Chile y una decena de pueblos comparten ríos, lagos y bosques, con el cobijo de la cordillera de los Andes en el oeste inmenso e imponente. La mítica Ruta 40 es el canal guía, del que se desprenden otras trazas nacionales y provinciales que conectan las localidades. El paisaje hermana el aire, la tierra y el agua, confluyendo en panoramas inigualables para los gustosos de la fotografía y del paisaje majestuoso.

La propuesta de Corredor es de alguna manera heredera de la Comarca Andina y comprende a las localidades rionegrinas de El Manso y El Bolsón, y a las chubutenses de El Maitén, El Hoyo, Lago Puelo, Epuyén, Cholila, Gualjaina, Esquel, Trevelin y Corcovado. Esta iniciativa permite a los viajeros disponer de unas dos semanas para dar cuenta del inmenso manojo de postales vivas que habitan en los mencionados 300 kilómetros.

Amén de las bellezas propias que tienen en común estos destinos, las ofertas familiares son el común denominador que sorprenden a grandes y chicos. El Corredor permite recorrerles, aprovechando cada día, pasando la noche en hosterías, hoteles, cabañas, para retomar la actividad por la mañana. Sin dudas, la naturaleza patagónica, con sus variantes, es la mejor aliada para esta aventura sin igual.

Los gustosos del agua mansa se sorprenderán en los inmensos lagos cristalinos, donde la pesca con mosca y los paseos náuticos permiten disfrutar de un paisaje exultante. Y quienes buscan vivir experiencias emocionantes con la adrenalina a todo vapor, encontrarán su premio en el rafting por los rápidos ríos de montaña: una de las opciones predilectas, tanto para grupos de amigos como para familias con niños y jóvenes.

Por tierra, la flora patagónica en primavera y verano estalla en colores, con la predominancia de verdes intensos que se destacan en primer plano con el imponente fondo de la Cordillera, blanca nevada en sus picos. Cabalgatas y diversos recorridos de caminatas y cicloturismo, tanto en las zonas más altas como en los valles, son ideales para tomar dimensión cercana de la riqueza natural y las actividades productivas de la región.

También hay opciones para quienes quieren alejar sus pies de la tierra: el clásico parapente, los vuelos de “bush flyings” y el canopy o tirolesa, ofrecen tres maneras diferentes de vivir los paisajes patagónicos desde el aire.

Entre bosques de coihues, otro atractivo especial se ofrece a los visitantes amantes de tomar distancia del suelo: el canopy. Conocida también como tirolesa, esta disciplina permite cruzar distancias de hasta medio kilómetro a una altura de 100 metros sobre extensos cañadones. Suspendido con una polea por cables montados en inclinadas travesías, el visitante se cautiva ante la desprejuiciada paleta de colores de las flores autóctonas, que impactan los sentidos y celebran esta época del año. Paisajes conocidos lucen novedosos, frente a las nuevas perspectivas que se abren desde el aire.

 
 

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