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16/10/2021
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Tandil, desde los picapedreros hasta el ilusionismo de Lavand

La ciudad bonaerense con casi 200 años de vida, es un sitio ideal para conocer. Sierras y muy buena gastronomía.

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Hoy conocida por las bellezas de sus sierras, sus salames y quesos, y paisajes de ensueño que hacen la delicia de todos los que la conocen, Tandil tiene una rica historia marcada desde el impulso del general Martín Rodríguez, quien supo que estas tierras estaban destinadas a ser prósperas y pujantes.

La ciudad nació a partir de un pequeño fuerte fundado por Rodríguez, brazo derecho de Bernardino Rivadavia, el 4 de abril de 1823, pocos años después de declarada la Independencia de nuestro país. Era un eslabón más en la cadena de fortines creados para proteger a las tierras ganaderas y en el que vivían, por entonces, unas 500 personas.

Allá por 1870, los inmigrantes italianos, expertos en el arte de labrar la piedra, llegaron a Tandil. Más tarde se sumaron españoles y yugoslavos. Instalados en las inmediaciones de las canteras, vivían en casillas de madera y chapa junto a su familia. Un picapedrero llegaba a producir, por día, unos 250 adoquines. Este recurso se convirtió en la fuerza económica de la ciudad. Fueron años de pujanza hasta la aparición del hormigón y el concreto asfáltico para la pavimentación, allá por la década del 30.

Don Quijote y Sancho Panza, en el circuito del Lago.

Tras 60 años de vida llegó el tren a Fuerte Independencia (hoy Tandil), y permitió que la zona destinada únicamente al vacuno pueda volcarse de lleno a la agricultura. Fue la explosión del lugar.

A principios del siglo pasado, la ciudad empezó a crecer en construcciones públicas y privadas y en el trazado de plazas. Pero fue en 1912 cuando un estruendo la marcó a fuego. El 29 de febrero, la erosión hizo que cayera la Piedra Movediza, famosa en todo el país.

La roca de 300.000 kilos, en lo alto de un cerro, solía congregar a los mapuches que habitaban la zona. Años más tarde a  los soldados del Fuerte Independencia los intrigó que los nativos merodearan por la roca, a la que llamaban Thaún-lil, piedra que late. Con sus doce metros de largo por casi 5 de alto y 4,5 de ancho, la mole se balanceaba apenas perceptiblemente sobre una base de 80 centímetros.

Las calles tranquilas de la ciudad bonaerense. (Prensa Senado)

Con el tiempo, la piedra movediza se convirtió en atractivo turístico. Pero ese 29 de febrero, a las 17.10, la piedra cayó al vacío y se partió en tres pedazos. El golpe fue duro, pero más que nada para la ciudad que recibía a viajeros de todas partes para conocerla.  

Al cumplirse el 50 aniversario de la caída, el entonces intendente, José Emilio Lunghi, buscó resucitarla. El proyecto, sin embargo, quedó trunco hasta medio siglo más tarde. Fue cuando el actual jefe comunal, Miguel Ángel Lunghi, hijo de aquel dirigente, decidió volver tras los pasos de su padre.  El proyecto fue aprobado y finalmente la réplica de la piedra mítica fue subida a la cima en 2007.

La piedra movediza original, que cayó en 1912. (Archivo General de Nación)

Más allá de la piedra, lo cierto es que Tandil hizo del turismo una empresa perfecta. El paseo del Monte Calvario que es una de las más conmovedoras representaciones de la Pasión del Gólgota en América; el Parque Independencia, con el castillo morisco entre coníferas centenarias y la imponente estatua ecuestre del fundador; el cerro Centinela o incluso el Cristo de las Sierras, una estructura de 15 metros de altura ubicada a 360 metros sobre el nivel del mar, son solo algunos de sus ejemplos.

Y así sigue la vida en Tandil, entre los raquetazos de Juan Martín del Potro, el sello que dejó el paso por allí el escritor Osvaldo Soriano o la magia que le aportó René Lavand. Si bien el maestro del ilusionismo había nacido en Buenos Aires, se instaló entre las sierras y fue adoptado como hijo pródigo. Hoy, a media cuadra de la plaza Independencia, su recuerdo se hace aún más tangible en la sosegada atmósfera que se respira en el bar Antonino. (DIB)

 
 

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