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Cooperativa Rural Limitada Alfa: Los años pasan, los valores quedan

Por Juan Berretta / “Las condiciones para venir eran muy buenas y aseguraban trabajo. Entonces nos embarcamos, algunos para quedarse en la Argentina; otros como yo, por tres meses, para conocer el país y trabajar en la cosecha”, manifestó alguna vez Jacobo Groenenberg, uno de esos jóvenes holandeses que pisarían estas tierras en 1924 y se quedarían para siempre.

En el barco venía con otros muchachos de apellido Van der Horst, Van Strien, Veninga, Schering, Mulder, Verkuyl, Ouwerkerk… A todos ellos la historia los reconoce como los protagonistas de la segunda inmigración producida en la década del ‘20 y que se sumarían a los arribados de Holanda a partir de 1889, cuando muchas familias de los Países Bajos llegaron a nuestro país para probar suerte, atraídos por una campaña efectuada en Europa y para escapar de situaciones económicas difíciles, que incluían privaciones y carencias.

Fueron justamente estas familias ya instaladas, como los Ziljstra y Olthoff en el partido de San Cayetano, las que les dieron trabajo en las chacras a los jóvenes recién desembarcados. Otros consiguieron asentarse en los campos de la familia Candia en Tres Arroyos. Eran épocas duras, por el contexto internacional: el mundo era testigo de la amenaza nazi sobre Europa -que generaría luego la Segunda Guerra Mundial- y de la Guerra Civil Española. Y también por el escenario local: en Argentina, con los potenciales compradores de granos inmersos en conflictos bélicos, no sólo se presumía complicado vender la producción sino que escaseaban insumos y combustible.

Entonces, los colonos que se habían radicado en esta porción del sudeste bonaerense hicieron una suerte de mutual que motorizaba compras en conjunto, además de ayudar a miembros del grupo que lo requirieran. Iniciativa que fue la semilla de la futura institución. Así fue que el 16 de abril de 1938 surgió la Cooperativa Rural Limitada Alfa. Los socios, 16 en principio que poco después ascendieron a 24, adquirieron 305 acciones a 10 pesos cada una, y conformaron un capital social de 3.050 pesos con el que empezaron a operar.

“Fundaron la cooperativa porque era tanta la miseria y las dificultades que existían que se unieron para tratar de sobrevivir, y recién después empezaron a avanzar. Pero en aquel momento era fundamental unirse para sobrevivir a Bunge & Born, que les vendía las semillas y les compraba la producción a los valores que quería”, cuenta Juan Ouwerker, presidente de la entidad desde 2008 y nieto y bisnieto de socios fundadores.

Meses después, institucionalizaron mediante una nueva asamblea el sistema mutual contra riesgos por accidentes de trabajo (que había nacido antes que la propia cooperativa) y la cobertura por granizo, mediante la cual se indemnizaba a productores que sufrían daños en sus explotaciones por esa razón.

En tanto, cuando se formó la entidad, medio siglo después de la llegada de los primeros inmigrantes holandeses, ninguno de sus integrantes era propietario de campos. Ante esta instancia tuvo un papel protagónico el Instituto Autárquico de la Colonización bonaerense, ubicado en San Francisco de Bellocq (partido de Tres Arroyos), que un año antes de la fundación de la cooperativa creó las Colonias San Francisco y Claromecó en las 24.000 hectáreas que conformaban la estancia de Bellocq. Muchos holandeses, como los Van der Horst, Van Strien, Verkuyl, lograron hacerse así de su propio pedazo de tierra.

 

Los comienzos

Meses después de la fundación, los socios institucionalizaron mediante una nueva asamblea el sistema mutual contra riesgos por accidentes de trabajo (que había nacido antes que la propia cooperativa) y la cobertura por granizo, mediante la cual se indemnizaba a productores que sufrían daños en sus explotaciones por esa razón.

Según consta en actas, el primer acto cooperativo fue la compra de 35.000 bolsas de arpillera para repartir entre los socios y así poder levantar la cosecha de 1939. No se conseguían bolsas y existía el riesgo de que quedara la cosecha tirada en el campo.

La entidad comenzó a caminar con paso firme pese a las dificultades de la época y a tomar decisiones que la marcarían para el futuro. Como su pertenencia gremial a partir de su afiliación a la Asociación de Cooperativas Argentinas (ACA), hecho consumado en 1943 luego de la puja con el Gobierno por los precios fijados para la nueva cosecha a fines de 1942 -similares a la campaña anterior pese a la suba de los costos y de los insumos-.

Fue en ese mismo 1943 que el Consejo de Administración decidió incorporar a los servicios de la entidad la sección Consumo, con venta de artículos de diversos tipos sólo para los socios, y a valores apenas un 10% por encima de su costo.

Tres años después, con un empréstito de los propios asociados, se comenzó con la construcción de la sede en la esquina de las calles Saavedra y Maipú, donde sigue funcionando la Alfa, que fue inaugurada el 4 de octubre de 1947. Ese mismo año, además, comenzaron a incorporarse los servicios técnicos, que tenían por objetivo favorecer el acceso de los productores a mayores conocimientos sobre la producción, a la compra de insumos y maquinarias, alentar nuevos cultivos e introducir técnicas que mejoraran la rentabilidad de sus explotaciones.

En 1967 se puso en marcha la obra que a la larga se convertiría en uno de los mayores orgullos de los asociados: la planta de almacenaje ubicada en el kilómetro 130 de la ruta 228.

 

Tenemos un plan

Hace siete años, el consejo de administración entendió que a la cooperativa le faltaba dar un salto de calidad para seguir evolucionando. Entonces, se vinculó con la Cátedra de Agronegocios de la UBA para confeccionar un plan estratégico. El primer paso de ese plan consistió en tornar más eficientes los servicios que ya prestaba, como paso necesario y previo a la incorporación de nuevas propuestas. “Nos propusimos entonces hacer bien lo que ya sabíamos, por supuesto el tema del acopio y el resto de los servicios habituales. Y también una apertura al medio para captar nuevos productores que quisieran trabajar con nosotros”, cuenta el titular de la institución.

En líneas generales, la cooperativa ha podido ir cumplimentando los objetivos trazados. “El número de socios se mantiene, son alrededor de 300, y más o menos hay unas 60 explotaciones agropecuarias activas, y unas 20 explotaciones de terceros, que se están acercando a trabajar con la cooperativa. Estamos contentos porque sin armar una política agresiva de salir a captar clientes, ellos se vienen sumando fundamentalmente por el boca a boca”, explica.

“Creo que somos especialistas en logística y prestación de servicios. Y eso es lo que atrae. Además, los que trabajan con nosotros destacan la prolijidad y la transparencia en el manejo”, agrega.

A la hora de caracterizar a los socios y terceros que hoy le dan vida a la cooperativa, Ouwerkerk asegura: “Hablamos de productores de establecimientos muy diversos, los hay de 4.000 hectáreas y también de 50. Eso sí, todos reciben el mismo servicio y a todos se les cobra por igual. En ese sentido los valores cooperativos se cumplen a rajatabla. El de 4.000 hectáreas paga lo mismo que el de 50, por más que uno compre 1.000 toneladas de fertilizante y el otro medio chasis”.

Mientras que luego de contar que lo llena de satisfacción estar como presidente de la entidad en este 80º aniversario, aclara: “Nuestra generación encontró todo hecho. Lo que es hoy la cooperativa lo hicieron nuestros abuelos, que pusieron el lomo y la fundaron, y nuestros padres que la continuaron y agrandaron. A nosotros nos toca administrar lo realizado y tratar de llevar todo lo mejor posible hacia adelante. Ese es nuestro gran desafío”.

  

“Fundaron la cooperativa porque era tanta la miseria y las dificultades que existían que se unieron para tratar de sobrevivir”.

 

Impulsora de cambios

Consecuencia directa de la impronta de sus integrantes, la Cooperativa Rural Alfa se transformó a lo largo de su rica trayectoria en impulsora de novedosas acciones que generaron importantes cambios en la producción de su zona de influencia. Entre ellas se puede mencionar que en 1941 se concretó la instalación de un molino forrajero que satisfizo rápidamente las necesidades de los socios tamberos que se habían incorporado poco antes y requerían alimento para sus animales. El gerente de la cooperativa, Gerardo Kraan, era el encargado de ponerlo en funcionamiento.

En ese mismo año, se hicieron los primeros ensayos con soja, mediante la importación de 500 kilos de semilla desde Estados Unidos. Cada socio recibió 20 kilos para sembrar media hectárea. Las pruebas en la región no tuvieron resultados satisfactorios.

En el ejercicio 1941/42 se concretó la primera operación comercial con girasol, unos 294 kilos, y si bien por varios años no se realizaron transacciones con este oleaginoso, con el tiempo fue convirtiéndose en uno de los cultivos más importantes de la zona.

La Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias afectaban el normal desenvolvimiento de las actividades agropecuarias. Entre las dificultades que se presentaron por esos años estuvieron la escasez de bolsas para los granos y la necesidad de almacenaje, que llevaron a los consejeros a gestionar la construcción de silos-graneros en las chacras. Previa tramitación crediticia en el Banco Nación, la Alfa emprendió la construcción de 25 silos de lapacho (antecesores directos de los metálicos) en los campos de varios de sus asociados.

La determinación, en principio, trajo inconvenientes en un principio porque la Junta Reguladora de Granos pagaba menos el cereal a granel que embolsado. Finalmente fue zanjada esa merma en el precio de los granos y los silos de lapacho se convirtieron en un hito importante en la vida de la institución y de la agricultura de la región.

En 1947, en tanto, se importaron de Holanda 100 cajones de papa para semilla, cultivo en el que incursionaron varios socios fundadores de la cooperativa, entre ellos Pedro Verkuyl, Gerardo Kraan, Jacobo Groenenberg y Juan Ouwerkerk. Un año después, la entidad compró su primer camión, un Studebaker modelo 1947. El primer conductor fue Raúl Cañada.

En 1950, un grupo de socios de la cooperativa viajó a Comodoro Rivadavia y compró 4.000 ovejas con el objetivo de comenzar con la ganadería ovina en la zona.

En 1961, la entidad se constituyó en socia fundadora del primer organismo de segundo grado conformado en esta zona: Cooperativas Unidas del Sur, creada alrededor del objetivo de explotar la fábrica de aceites de ACA industrializando el lino que se cultivaba en la zona.

 

“ALFAbono”

La Alfa fue además la primera cooperativa del país que importó fertilizante de Europa. Fue en 1963 que trajo de Holanda 150 toneladas de 18-46-0, y a nivel local lo comercializaba con la marca de la entidad, “ALFAbono”. Junto al fertilizante se importaron también las máquinas esparcidoras, implemento que hasta ese momento no existía en el país debido a que los cultivos no se fertilizaban.

“Por una cuestión de logística y de cantidad, la importación se empezó a realizar a través de la Asociación de Cooperativas Argentinas. Cuando se empezó a usar fertilizante en el campo de mi padre, los vecinos venían y nos decían ‘ustedes están locos. ¿Qué están echando?’”, recuerda con una sonrisa Juan Ouwerkerk. “La agricultura de hoy se hace 100% con fertilizantes… Sin dudas que nuestros abuelos fueron realmente pioneros”, agrega.

En 1967 la cooperativa puso en marcha Treláctea, emprendimiento de usina láctea que funcionó durante unos 15 años y luego debió discontinuarse por no poder competir con las grandes compañías nacionales.

Otro año fundamental en la historia de Alfa fue 1968, cuando comenzó la construcción de la primera etapa de la planta de almacenaje en el kilómetro 130 de la ruta 228. Fueron cuatro tubos y un entresilo con capacidad para 1.250 toneladas. En 1969 se agregaron 700 toneladas.

En 1998 la planta de acopio volvió a ser noticia ya que se alcanzaron las 125.000 toneladas de capacidad de almacenaje que ostenta en la actualidad. En estos días está en carpeta y con muchas posibilidades de concretarse en el segundo semestre de este año, una ampliación de 15.000 toneladas a partir de la construcción de dos silos de 7500 toneladas.