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Tres Arroyos: muchas manos a la huerta

Por Juan Berretta / Entusiasmados, los chicos iban recolectando las hortalizas y contando qué era lo que más les había gustado del trabajo en la huerta. Algunos eligieron la siembra como el momento más entretenido; otros la cosecha; y no faltó el que mencionó la preparación de la tierra, pese a ser esa la instancia de mayor esfuerzo. En lo que coincidieron todos fue en que descubrieron que “hay un montón de verduras” y que la mayoría “son re ricas”.

Está claro entonces, que el proyecto Huertas Escolares que la Cooperativa Rural Alfa de Tres Arroyos impulsó con la ingeniera agrónoma Ana Jensen en tres instituciones públicas de la ciudad dio muy buenos frutos. Varios chicos se entusiasmaron con la actividad, cuyo objetivo era que pudieran replicar la idea en sus casas, y que en la última etapa incluyó la elaboración de alimentos con las verduras plantadas.

 

Cultivar valores

El proyecto, gestado por la ingeniera Jensen y financiado por la cooperativa, se implementó en las escuelas 4, 18 y 21. En total fueron alrededor de 60 chicos los que participaron del programa, todos ellos alumnos de sexto año de educación primaria. Las tres instituciones se encuentran en la zona urbana tresarroyense y tienen la particularidad de contar con el espacio adecuado como para realizar la huerta.

“El propósito del proyecto era incentivar a que se cultiven huertas con fin educativo en las escuelas primarias públicas de Tres Arroyos. Lo que se propuso fue un concurso de huertas escolares, con premios que motivaran al grupo de alumnos y su docente. Usando la huerta como herramienta se pueden trabajar muchos contenidos y muchos valores”, comentó Juan Ouwerkerk, presidente de la cooperativa.

Durante ocho meses, los chicos trabajaron la huerta que ellos mismos hicieron en el patio de sus escuelas, y fueron atravesando las distintas etapas: prepararon la tierra, conocieron qué insectos hay y qué función cumplen, sembraron distintas verduras y aromáticas, realizaron el necesario seguimiento, y llevaron a cabo la cosecha. Y hasta se dieron el gusto de comer lo que habían producido.

“Fuimos de a poco, incorporando las palabras y los conocimientos que ellos pudieran entender. Que en realidad son conceptos simples y son de la naturaleza, pero que son muy importantes”, contó la ingeniera Jensen.

“Pero lo más básico es que ellos entendieran que todo lo que hay en la tierra estaba ahí por algo y que tienen una función en la naturaleza, y así se logró cambiarle la forma de verlo. Entendieron de dónde salían los granos de las chauchas, por ejemplo, cuando todos creían que venían de las latas de arvejas”, agregó.

Un claro ejemplo del compromiso y el entusiasmo que tomaron los chicos con la huerta fue lo ocurrido en la Escuela N°4. “Como no tienen un invernáculo o un lugar para dejar los almácigos durante la noche, los alumnos propusieron volver a la tarde a la escuela y guardar los plantines en el salón”, indicó Esteban Batalla, encargado del área de comunicación de la cooperativa y quien realizó un seguimiento fotográfico de cómo fue evolucionando el proyecto.

 

Manos a la huerta

Durante el programa, los chicos cultivaron especies de estación otoño-invierno, y las de todo el año. Mientras que durante la primavera se enfocaron también en la preparación y distribución de plantines para replicar las huertas. Esto último con la una forma de darle continuidad al proyecto durante la época sin clases.

“Las docentes y los alumnos se engancharon con la idea. Cuando empezamos a trabajar con Ana, nos dimos cuenta que teníamos el lugar, pero la tierra no contaba con la profundidad necesaria, así que tuvimos que armar canteros”, explica Vanesa Orsili, la directora de la Escuela N°4, establecimiento que terminaría ganando el concurso simbólico propuesto dentro del proyecto.

“Lo que valoro es cómo se esforzaron los alumnos, cómo se comprometieron, cómo trabajaron en equipo, y la participación activa que tuvieron las docentes. Y hay que destacar la predisposición de Ana para enseñarles y contenerlos, y la paciencia para explicarles cada paso que daban”, completó Orsili.

Con mucha satisfacción, la directora contó que “varios alumnos han hecho una huerta en su casa. Entonces, estamos incentivando a tener nuestra propia verdura”.

Jorgelina Di Fulvio, directora de la Escuela N° 21, también se mostró muy satisfecha con la experiencia vivida. “La verdad es que fue todo positivo. Nosotros la huerta la realizamos en un terreno que está atrás de la escuela, y los alumnos lo desmalezaron y lo pusieron en valor, hicieron un trabajo espectacular”, destacó.

En cuanto a las acciones concretas explicó que “el trabajo de campo lo hicieron con la agrónoma y el de investigación con la docente. Investigaron qué semillas se pueden sembrar y en qué época, qué cuidados se requerían, qué abonos naturales utilizar, qué pesticidas naturales, entre otras cosas”.

Los alumnos cada 20 días llevaban a sus casas lo que iban cosechando y luego buscaban por Internet qué recetas se podrían hacer con esas verduras y hortalizas. “La producción incluyó lechuga, acelga, rabanitos, que se cosecharon muchísimos y fueron especiales porque muchos de los chicos no los conocían. Otra cosa que les llamaba la atención era todo lo que encontraban debajo de la tierra como gusanos gigantescos que no sabían bien qué eran, entonces Ana los hacía investigar qué clase de gusanos eran, para qué servían y les explicaba que eso mismo abonaba la tierra. Hicieron un trabajo integral”, agregó.

 

Solidaridad

Uno de los objetivos del programa era inculcar el valor del trabajo en conjunto y también el concepto de la solidaridad. Y se cumplió con creces: “En agosto hicimos plantines de tomate para que los chicos se llevaran a su casa una vez terminadas las clases. Era una manera de replicar la huerta en las casas y también de que tengan sus verduras para comer. Pero también nos sirvió como acto solidario, ya que hicimos plantines de más y los repartimos entre los otros alumnos de las escuelas. Es más, en uno de los colegios se nos secaron, y los de otra escuela aceptaron gustosos darles parte de su producción”, dijo Jensen.

El entusiasmo que mostraron los chicos también generó que otros actores de las escuelas se contagiaran. Así ocurrió en la Escuela N° 4, en la que el cocinero Néstor Fígaro propuso hacer una degustación de distintos productos elaborados con las verduras que los chicos habían cosechado para ellos y sus familias. Además, el chef les dio una charla sobre manipulación de alimentos, de modo que abarcó un aspecto que no estaba contemplado en un principio.

“Así surgió terminar el año con el producto puesto en la mesa para que se viera el ciclo completo. El cocinero puso en una mesa larga budines, masitas, pan dulce, todo hecho con las verduras. Y los chicos te lo ofrecían para probar y te insistían que era algo muy rico”, recordó Ouwerkerk.

La competencia simbólica que se había planteado como parte del proyecto como un incentivo para los chicos la ganó la Escuela N°4. “La elegimos ganadora -el jurado fueron ingenieros del Pro Huerta del INTA- por lo bien que trabajaron, pero también porque fueron solidarios con la escuela a la que se murieron los plantines y le donaron parte de los suyos, y porque pudieron darle un cierre con la degustación”, dijo el presidente de la cooperativa.

De todos modos, el premio era el mismo para las tres instituciones: un día de excursión, primero una visita a la planta de acopio de la Cooperativa Alfa, luego una parada en la Estación Forestal de Claromecó, para terminar disfrutando de una linda tarde de playa. En esta etapa también hubo una muy grata sorpresa, que fue el entusiasmo que puso el ingeniero Carlos Carabio para mostrar el trabajo que se realiza en el vivero claromequense. Y además, hizo que cada uno de los chicos plantara un eucaliptus en un sector que se está reforestando.

 

Emoción

“Yo quedé impactado con lo que vivimos el día en que fuimos a la Escuela N° 4 a decirles a los chicos que habían ganado. En realidad, al ser el mismo premio para las tres escuelas, lo que ellos valoraron es el reconocimiento que se ganaron por lo que hicieron en la huerta. Y varios chicos se largaron a llorar de la emoción”, contó Ouwerkerk.

“Como conclusión yo les dije que Alfa había hecho un pequeño aporte económico, Ana había puesto el conocimiento, ellos el trabajo y el cocinero la experiencia. Así, casi sin darnos cuenta, habíamos armado una mini cooperativa que nos permitió llegar al final feliz”, agregó.

Está todo dado, entonces, para que el proyecto se replique en 2018 y siga dando sus frutos en una mayor cantidad de escuelas.

 

Un proyecto con mucho apoyo

 Durante los casi nueve meses que duró la experiencia, la Cooperativa Rural Alfa aportó los recursos para llevar adelante las tres huertas (tierra, mangueras para riego, tablones, entre otros) y se hizo cargo de los premios que recibieron las tres escuelas participantes. Pero hubo otras instituciones que fueron convocadas y aceptaron colaborar para que el proyecto se implemente.

La Chacra Experimental Integrada Barrow -perteneciente al INTA y al Ministerio de Agroindustria bonaerense- a través del programa Pro Huerta entregó las semillas que fueron cultivadas por los chicos. Además, la ingeniera Sandra Vassolo, referente del Pro Huerta a nivel región, fue la jurado que luego de una recorrida definió la escuela que hizo mejor las cosas y la designó ganadora del concurso.

También la Escuela Técnica de Tres Arroyos tuvo participación, ya que algunas de las herramientas que se utilizaron en el trabajo de la tierra fueron hechas en el taller de metalurgia que cursan los alumnos de segundo año que concurren a esa institución. Si bien la idea madre era que todas las herramientas sean fabricadas en la Escuela Técnica, por una cuestión de plazos eso no pudo llevarse a cabo. Se resolvió con una compra que realizó la cooperativa, que cedió las mismas a las escuelas durante el año de trabajo (palas de punta, azadas punta corazón, rastrillos, regaderas, manguera, palitas de mano). En caso de que el proyecto vuelva a implementarse en 2018, las herramientas serían provistas por la Escuela Técnica.