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Envejecimiento saludable, el principal desafío de la expectativa de vida en aumento

La expectativa de vida va en aumento. Según estadísticas recientes de la Organización Mundial de la Salud (OMS), hoy en la Argentina alcanza a un promedio de 76,3 años (72,7 en los varones y 79,9 para las mujeres), lo cual hace que nos enfrentemos a nuevos desafíos: ¿cómo llevar adelante un envejecimiento saludable?

En opinión de los especialistas convocados por el 21º Congreso Internacional de Nutrición, que se llevó a cabo en Buenos Aires ese es uno de los grandes desafíos que enfrenta la medicina moderna y tanto la nutrición como la actividad física son claves para alcanzarlo.

Los cambios que constituyen e influyen en el envejecimiento son complejos. En el plano biológico, está asociado con la acumulación de una gran variedad de daños moleculares y celulares. Con el tiempo, estos daños reducen gradualmente las reservas fisiológicas, aumentan el riesgo de muchas enfermedades y disminuyen en general la capacidad del individuo. 

“En parte, muchos de los mecanismos del envejecimiento son aleatorios. Pero también a que esos cambios están fuertemente influenciados por el entorno y el comportamiento de cada persona”, afirmó Mabel Carrera, presidenta del 21° Congreso Internacional de Nutrición, reunión científica que se realizó por primera vez en la Argentina.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define al envejecimiento saludable como el “proceso de fomentar y mantener la capacidad funcional que permite el bienestar en la vejez”. Dado que la mayor carga de morbilidad en la edad avanzada se debe a enfermedades no transmisibles, los factores de riesgo de estas afecciones son blancos importantes en la promoción de la salud.

HÁBITOS SALUDABLES
Las estrategias para reducir la carga de discapacidad y mortalidad en la edad avanzada consisten en la adopción de hábitos saludables y el control de los factores de riesgo metabólicos. Por lo tanto, deben comenzar a una edad temprana y continuar a lo largo de toda la vida.

Además, cada vez existen más indicios de que algunos hábitos clave relacionados con la salud, como una nutrición adecuada, pueden tener gran influencia en la capacidad intrínseca en la vejez, con bastante independencia de su efecto reductor del riesgo de enfermedades no transmisibles.

“Generalmente, el envejecimiento viene acompañado de cambios fisiológicos que pueden afectar el estado nutricional. Las deficiencias sensoriales, tales como un menor sentido del gusto o del olfato, o ambos, en muchos casos disminuyen el apetito. Por otro lado, la mala salud bucodental o los problemas dentales pueden producir dificultad para masticar, inflamación de las encías y una dieta monótona de baja calidad, factores que aumentan el riesgo de desnutrición”, afirmó por su parte Zulema Stolarza, expresidente de la Sociedad Argentina de Nutrición y miembro del Comité Organizador del Congreso.

“Asimismo, puede que se vea afectada la secreción de ácido gástrico, lo que reduce la absorción de hierro y vitamina B12. Y la pérdida progresiva de visión y audición, así como la artrosis, en muchos casos limitan la movilidad y afectan la capacidad de las personas mayores para ir a comprar alimentos y preparar comidas”, agregó Stolarza.

Estas tendencias aumentan el riesgo de desnutrición en la vejez y, a pesar de que las necesidades calóricas disminuyen con la edad, el requerimiento de la mayoría de los nutrientes se mantiene relativamente sin cambios. La desnutrición en la edad avanzada se manifiesta en una reducción de la masa muscular y ósea y en un mayor riesgo de fragilidad. También se asocia con deterioro de la función cognitiva.

Existen varios tipos de intervenciones eficaces para corregir estos cuadros de desnutrición. Es necesario mejorar la concentración de nutrientes de los alimentos, sobre todo las vitaminas y minerales, pero también es importante tener en cuenta la ingesta calórica y proteica. Está demostrado que el asesoramiento nutricional individualizado mejora el estado nutricional de las personas mayores en 12 semanas.

Cómo debe ser la alimentación del adulto mayor

Siempre hay que atender a la situación individual de cada persona, pero en líneas generales, podría sugerirse que debe consistir en una ingesta de entre 2.000 y 2.400 calorías diarias, distribuidas entre hidratos de carbono (55-60%), proteínas (15-25%) y grasas (20-25%).

La alimentación del adulto mayor debe ser baja en sodio (sin sal agregada, prefiriendo otras especias para condimentar), abundante en fibras y vitaminas (frutas, verduras y granos enteros), rica en calcio (lácteos) y hierro (carnes magras y legumbres).

“El adulto va perdiendo progresivamente masa muscular y fuerza muscular, es lo que se conoce como ‘sarcopenia’. Esto impacta en su capacidad de hacer actividad física y aumenta la fatiga. Todos estos elementos incrementan el riesgo de caídas, con las potenciales fracturas de cadera o muñeca y toda la morbilidad asociada a esa situación en esta etapa de la vida”, insistió Carrera.

Estar polimedicado puede favorecer la desnutrición, hipoglucemias y alteraciones en el gusto y el apetito. Con el paso del tiempo, además, pueden aparecer determinadas alteraciones en el aparato digestivo, como problemas de masticación por pérdida de piezas dentarias, dificultades en la deglución, disminución de la motilidad esofágica, retraso en el vaciamiento gástrico y estreñimiento por falta de ejercicio físico y escasa ingesta de líquido.