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Martín Raggio

Periodista, fotógrafo, melómano incansable y casi experto en rock.




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Nuevos paradigmas sobre la música
23/11/2017

Más espacio, menos tiempo: caída de la obra musical

Fin de la obra musical. Cuando era chico y pasaba por las disquerías me detenía a ver las tapas de Judas Priest  con su imponente ave metálica llamada de “The Hellion” en el disco “Clamando por venganza” (1982) o más tarde la máquina metálica defensora del heavy metal llamada “The Metallian” del disco “Defensores de la fe” (1984), aquellas obras creadas por el artista Doug Johnson, y ni hablar de las poderosas tapas de Eddie, el ícono de la banda británica de heavy metal Iron Maiden. Un personaje antropomórfico que aparece en todas las portadas de los diferentes álbumes de la banda. Derek Riggs, su creador, se basó en una propaganda de guerra publicada durante la Guerra de Vietnam. No puedo dejar de expresar cuanto quería tener el vinilo de Killers de Maiden (1981) en mis manos.

 

El vinilo de “Defensores de la fe” tenía cuatro tema del lado A y 6 temas del lado B. y tuve que ir a Wikipedia para definir un disco de vinilo o disco gramofónico. “Trata de un medio de almacenamiento de sonido analógico en forma de disco de policloruro de vinilo el cual se estría en una forma espiral modulada. Normalmente se empieza el surco cerca de la periferia del disco y termina cerca de centro. Los discos fonográficos son clasificados según su diámetro en pulgadas ya sea 12", 10" y 7", su velocidad angular en RPM 162⁄3, 331⁄3, 45 y 78, (siendo los formatos de 33 y 45 RPM los más utilizados). Graban sonido monoaural y estereofónico, aunque se hicieron experimentos para grabar en sistemas cuadrafónicos e inclusive vídeo.”

 

El punto era que “Defensores de la fe” duraba 39 minutos y era un disco denominado de los largos, en general un vinilo tenía (cuando hablo en pasado es porque me refiero a los vinilos de los ochentas) la capacidad de almacenar hasta 40 minutos aproximadamente, pero en general mientras menos duraban, los surcos eran mas anchos y esto ganaba en graves y agudos. Por eso Fito Páez para su segundo disco “Giros” de 1985 eligió solo colocar solo 9 temas en 29 minutos y 50 segundos.

 

Sin embargo la practicidad de escuchar la música todo el tiempo que pudiera (en esa época iba al ENET N° 1, el industrial “Albert Thomas” de La Plata), me volqué definitivamente al cassette. Y volviendo a recurrir a Wiki, (yo le creo) dice que: “El casete,​ también conocido como cassette compacto o cassette (cajita en francés), es un formato de grabación de sonido o vídeo en cinta magnética que fue ampliamente utilizado entre los años 70 y los 90. Es también mencionado a menudo como casete de audio o cinta casete. Aunque estuvieron previstos originalmente como medio para el dictado, las mejoras en la fidelidad del sonido condujeron a que el casete suplantara la grabación en magnetófono de bobina abierta”

 


Por esa cuestión de escuchar mientras viajaba de mi hogar a la secundaria decidí comprar cassettes, de difícil rebobinado porque consumía pilas del walkman, como todos implementé el girarlo por con una lapicera Bic hasta llegar al punto cero, principio de la cinta. Algunos para grabar tenían una duración de hasta ¡180 minutos! , aunque los editados no llegaban a una hora.

 

Luego de la primera desaparición del vinilo en 1992, aparece en simultaneo el Compact Disc (CD), el cariñosamente bautizado Cidi o Cede. El arte de tapa era tangible y aunque era más pequeño que un vinilo, era más completo que el del cassette. La capacidad de almacenamiento subió hasta 80 minutos. Las obras viejas reeditadas podían agregar bonus track y las nuevas podían hacer discos de 14 o 15 temas dependiendo de la duración de cada tema.

 

Hasta acá todo matemáticamente perfecto. El artista tenía una idea musical y un soporte para colocar su obra y así poder difundirla y comercializarla. Pasaron 25 años, más o menos y todo se mantuvo inalterable (sin contar que el medio apareció el DVD, láser disc, bluray, etc), pero para la obra de un músico el soporte principal fue el CD.

 

La industria discográfica comenzó a verse en problemas a nivel mundial y hace un par de años reflotó la fetichería del vinilo. No alcanzó.

 

En un mundo atravesado por las redes sociales, las nubes, la información, las plataformas de música juegan un rol determinante para el cambio de paradigma, aún no tratado como la caída de la obra musical como se la conoce hasta ahora.

 

Pero para tratar de armar mi idea,  les dejo un informe que realizó mi compañera y colega Daniela Giannatasio  para la revista Noticias sobre un balance musical al que bautizó el “Año del streaming” (http://noticias.perfil.com/2017/11/12/balance-musical-2017-el-ano-del-streaming/ ) , en donde explica con lujo de detalle el mundo de la música virtual.

 

Yo me resisto a creer que el arte de tapa esté visible solo en mapa de bits en algún celular, tablet o smart tv.

 

Pero el cambio de paradigma del que hablo y recae directamente a la industria discográfica no se circunscribe solo al arte de tapa. Cuando no exista más un soporte físico contenedor de una obra musical ¿qué pasará? ¿Cuánto debe durar ahora una obra? ¿El músico puede editar un tema de 10 horas? ¿Pueden crearse obras de diez días? ¿Tres temas o cuatro son una obra?, ¿Diez temas de 10 segundos son una obra?, ¿Cómo me entero cuando sale un nuevo disco? Y puedo hacerme mil preguntas más.

 

Sebastián Carreras de la banda de pop electrónico Entre Ríos https://es-la.facebook.com/eraentrerios/ me dijo en una entrevista: “Y esto hace reflexionar… en la era del streaming que el concepto del obra ya no necesite tener 8 temas. Hay infinitas posibilidades de información, pero cada vez hay menos tiempo para escuchar.”

 

Ahora el espacio (esa maldita y sensual nube) no es inconveniente y el gran problema es el tiempo. Y no sé como disociar una obra musical con los conceptos físicos de la teoría de la relatividad que me determinaron toda mi vida el escuchar música. MR