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Fernando Delaiti

Periodista; docente de la UNLP; ex centroforward, de los de antes. De Pehuajó, de Boca, de Maradona.




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Breve apunte del interior
17/07/2017

El gran cabeceador de la Mesopotamia

Tenía que escribir algo para el blog. La excusa del tiempo siempre es un buen recurso del periodista. Pero más allá de eso, la verdad es que ando escaso de ideas más que de tiempo.  Pensé en escribir sobre la muerte del periodismo (ya lo haré más adelante) o sobre algunas cositas de la campaña que siempre llaman la atención. Pero nada, no salió nada. Entonces por qué no recurrir a esa gran herramienta que tenemos los comunicadores: el copie y pegue. Un paraíso que me vuelve a salvar. Aunque el texto que pongo a continuación es mío, lo escribí hace años, cuando escribía algunos relatos tan mal como ahora pero con mucho, pero mucho más tiempo. Aclaro algo, para mí es ficción, pero los que lo vieron cabecear dicen que no habrá nunca uno igual.

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El más excelso cabeceador nacido por estas latitudes, dice la historia pueblerina, jugó en una excluida región de la Mesopotamia. Más de trescientos goles de cabeza avalan esos dichos. Aquellos que lo vieron jugar coinciden en definirlo como tosco, carente de ideas y habilidad, malhumorado y con muy mal aliento. Sin embargo, sus cabezazos eran prácticamente inatajables para los arqueros, que pese a estudiarlo año a año, no podían descubrir su atesorado secreto.

Cabecear, cabeceaba bien, eso nadie lo ponía en discusión. Pero había allí un plus, algo que lo hacía el mejor. Cuando los arqueros estiraban sus brazos para atrapar esos esquinados remates, llegaban a rozar la pelota. Algunos hasta parecía que la tomaban entre sus manos, pero el balón siempre tenía destino de red. En parte gracias a la potencia, y en parte no se sabe a qué…

A ciencia cierta hay una teoría, pero de científica no tiene mucho. Según unos viejos amigos del vino y seguidores del “temible cabeceador de la Mesopotamia”, el secreto estaba en el peinado. El abuso indiscriminado de la gomina hacía que la pelota salga de su cabeza algo “resbalosa”. Por eso, muchas veces lo que parecía una atajada segura terminaba en un inesperado gol. La descabellada teoría, valga la terminología, se sustentaba, siempre según este minúsculo pero apasionado grupo de hinchas, en que la mayoría de los goles se producían en los primeros quince minutos de cada tiempo. Esto era, según los expertos, porque la gomina todavía estaba fresca y su larga cabellera no se había endurecido.

Todo esto podría ser caratulado de absurdo, salvo por un detalle, que no es menor. “El gran cabeceador de la Mesopotamia” fue un terrible goleador hasta sus 29 años, cuando el paso ingobernable del tiempo pero sobre todos de los genes de su padre le jugaron una mala pasada a su cabeza. La caída del pelo fue contundente. En el término de dos años ya fue imposible disimularlo. Y allí, a partir de sus 31 años, las exiguas cualidades del por entonces ex goleador quedaron al desnudo, al igual que su cabeza. Jugó hasta los 34 años, pero alternando más banco y platea. En esos últimos años, siempre según estos hinchas que llegaron a ver su esplendor, “el gran cabeceador de la Mesopotamia” hizo un solo gol. Fue de cabeza, obviamente. Con el parietal izquierdo. Allí, rodeando a la oreja, quedaba algo de esa cabellera que alguna vez enamoró a las chicas del pueblo y asustó a los arqueros rivales.